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Posts Tagged ‘gallinas’

XV
Hostigados por negros deseos de venganza,
por ver su rostro envuelto en lágrimas amargas,
por escuchar su voz implorándonos gracia.

La tarde ya caía.
Que de allí la sacáramos, llorando balbucía.
Pasar allí encerrada la noche no quería,
tras la tela metálica, junto con las gallinas,
impasibles testigos, en sus palos subidas.

Cuando miro hacia dentro,
cuando miro hacia arriba
una luz aparece
parpadeante, indecisa.

Sentados en la barda
contemplamos la estrella
que por el horizonte
despunta la primera.

 

 

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                                  I
Manolo, el marido de su prima Rafaela, insistió en enseñar a Isabelita sus gallinas ponedoras de las que tan orgulloso estaba. Rafaela también la animó haciéndole notar el cacareo de las aves. “Todo el día se llevan así”. Isabelita no pudo negarse a pesar de su escaso interés. “Vamos a ver esas gallinas”.
Lo primero que se le vino a los ojos fue el gallo que se paseaba jactanciosamente por el corral, un hermoso ejemplar sin duda. Manolo, dándose cuenta de que el animal había llamado la atención de la visitante, exclamó: “¡La gente lo confunde con un faisán!”.
Isabelita calló lo que pensaba porque, conociendo la habilidad de Manolo para hilvanar sandeces a remo y vela, prefería no dar pie y exponerse a una andanada.
Aunque hacía dos o tres horas que habían recogido los huevos, el dueño propuso entrar para que Isabelita comprobase in situ la eficiencia de sus gallinas. Rafaela apoyó a su marido y éste, entreabriendo el portillo, cedió el paso a las dos mujeres.
Isabelita estaba pendiente del gallo. Su pico fuerte y sus espolones puntiagudos le daban aires de matón. En la tienda de Hortensia, relatando el lamentable episodio, confesó que el bicho despertó su recelo desde el principio.
El engreído gallo se paseaba a cámara lenta creyendo suscitar la admiración a su alrededor, pero con ella se equivocaba. Tanto las personas como los animales arrogantes la repateaban.
Éste en concreto, con su librea de plumas doradas que brillaban al sol con reflejos metálicos, con su cresta inyectada en sangre y sus andares altaneros de jayán, se creía el mayordomo de un lord inglés o el mismo lord.
¿Por qué la tomó con ella? ¿Leyó acaso en su cara la nula simpatía que le inspiraba? Pero este desafecto no era motivo suficiente, pensaba Isabelita, para lanzar un feroz ataque.
A lo mejor, sin querer, hizo un mohín de fastidio que hirió la sensibilidad del gallo, el cual reaccionó en el acto y se dirigió hacia ella como una flecha con el inequívoco propósito de darle una buena lección.

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Miraba a través de la ventanilla del Land Rover distraídamente. Había perdido el gusto por las salidas al campo. Mi padre no sabía esto y seguía pidiéndome que lo acompañara a la granja.
Cuando bajaba a desayunar, mi madre me transmitía su mensaje. Había dejado dicho que lo esperase. Él regresaría en cuanto acabara de resolver un asunto en el banco o en cualquier otro sitio.
Me daba rabia que dispusiesen de mí sin consultarme. No es que yo tuviese nada que hacer, salvo salir a comprar un paquete de cigarrillos y encerrarme en mi habitación donde pasaría el tiempo fumando y leyendo hasta la hora del almuerzo.
Ponía mala cara al enterarme del recado paterno, pero me resignaba pronto. Una negativa habría enconado los ánimos.
Era preferible ceder a escuchar los consabidos argumentos. Podía suceder también que mi padre se enfadase y dijese cosas desagradables.
Por el camino los dos guardábamos silencio. Al parecer a ninguno se le ocurría nada.
En honor a la verdad hay que decir que de tarde en tarde él hacía un comentario, del que yo acusaba recibo emitiendo un sonido gutural.
Por lo general él iba pendiente de la carretera y yo de los árboles que desfilaban a mi derecha.
Al llegar a la granja mi padre llamaba a Rosendo que andaba siempre perdido.
Yo bajaba del coche y observaba sus idas y venidas. Si no localizaba al guarda, me gritaba que, en lugar de quedarme como un pasmarote, me pusiese a buscarlo yo también, pues ni siquiera su mujer sabía dónde estaba.
Rosendo aparecía en el momento en que mi padre empezaba a lanzar maldiciones. Mientras ambos conversaban, yo me acercaba al gallinero.
Las aves, a las que se veía tan felices, paseaban o picoteaban en los comederos cacareando de vez en cuando.
Sin demasiado éxito trataba de llamar su atención golpeando la tela metálica que cubría la ventana corrida. Algunas miraban a su alrededor con el cuello estirado pero, encogiéndolo pronto, volvían a lo suyo olvidadas de ese arrebato de curiosidad.
Si mi padre no me mandaba nada, pasaba el rato vagando por la finca.
Esa mañana lucía un sol espléndido en un cielo sin rastro de nubes. En vez de a principio de marzo parecía que estábamos en plena primavera. La luz encandilaba. Con un verso revoloteando en mi cabeza, posándose en mis labios, clavando sus menudas garras en mi corazón, tomé la vereda que llevaba al río.
Remonté la corriente hasta un paraje poblado de adelfas. El río se anchaba y describía una suave curva con una playa de cantos rodados, blancos y grises. El agua, en la que flotaban hojas inmóviles, estaba en perfecta quietud.
Esperaba encontrar la paz en ese sitio. Esperaba olvidarme de mí mismo. Esperaba descargarme del peso que gravitaba sobre mis hombros.
Me senté en una piedra redonda y pulida y contemplé el paisaje. Los cerros coronados de encinas. Los cañaverales en la margen izquierda del río. Más allá las huertas con sus frondosos naranjos y sus canteros de verduras. Y el molino abandonado.
Cerca de mí había un espino albar que no había florecido todavía. Y dentro de mí la cadencia de un verso alejandrino. El eco de una música que, desde los confines de mi mente, resonaba en mis oídos.

 

 

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