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Posts Tagged ‘tienda de Hortensia’

                                II
En el colmado de Hortensia, ante su auditorio de comadres, a Isabelita le gustaba filosofar, siendo escuchada con atención, pues los temas que abordaba concernían a todos los seres humanos, cualesquiera que fuesen su edad y condición.
“Lo más importante es aceptar el propio destino”. Y recalcaba: “La grandeza consiste en aceptar el propio destino”.
De la vida afirmaba que era un don. “¿Y quién nos ha hecho ese regalito?” preguntó una cliente socarrona.
Isabelita, que era una entusiasta de Platón, a cuyo estudio dedicaba una gran parte de su tiempo, en compensación, diríase, por su tardío descubrimiento, y que estaba enfrascada en ese momento en la lectura del Fedón, respondió al punto: “Los dioses, a quienes pertenecemos”.
Y tras una pausa teatral añadió: “Ellos son nuestros amos”.
Esta conclusión originó una acalorada polémica. Algunas comadres opinaban que la vida era suya en exclusiva y podían disponer de ella a su antojo. Para otras, que la consideraban fruto del azar, no era de nadie. Pocas admitieron el planteamiento de Isabelita.
“Entonces” arguyó una de las vecinas “son los dioses quienes deciden cuándo debemos emprender el último viaje” “Está claro” confirmó Isabelita “que esa cuestión es de su competencia”.
A la mayoría esta afirmación le pareció un disparate. Hortensia se vio obligada a llamar al orden, pues en la tienda se produjo un gran alboroto.
“¿Y después de la muerte hay vida?” preguntó una mujer gorda con una mano en el cuadril creyendo poner en un brete a Isabelita.
“Con esa dulce esperanza vivo. Tras esta vida hay otra, de la que la muerte es la puerta.
“Albergo la esperanza de llegar a un mundo mejor, a un mundo más justo, donde este rompecabezas que es nuestro paso por la tierra encontrará una explicación, donde se desvelarán todos los misterios y saldrán a la luz todos los secretos, donde nada quedará oculto, donde resplandecerá la verdad.
“Esa esperanza me hace esta vida más llevadera, pues mis sufrimientos aquí son monedas que canjearé allí por bienes de incalculable valor.
“¿Y cómo demuestras eso?” la interpelaron.
“No tengo que demostrar nada puesto que no se trata de un teorema ni de una especulación científica, sino de un profundo deseo compartido con otros seres humanos”.
“¡Una pobre ilusión!” exclamaron burlonas.
“Una ilusión, si así lo queréis, que nos ayuda a ser mejores o a intentarlo al menos”.
“A ver, síguenos contando. ¿Qué sucederá luego?”
“Cuando muramos, deberemos presentarnos ante un tribunal donde seremos juzgados. Después, según la naturaleza de nuestras acciones, seremos conducidos al lugar que nos corresponde.
“Los sacrificios, las penalidades, todas y cada una de las decisiones que hemos tomado en cada bifurcación o encrucijada de nuestra vida serán pesados y medidos. No os quepa duda de que nadie se irá de rositas.
“Todos los ríos de mucho o escaso caudal, impetuosos o somnolientos, que hemos tenido que atravesar, a veces jugándonos la piel, todas las montañas, desiertos o cualquier otro obstáculo en nuestro peregrinaje han sido las piedras de toque en las que nos hemos forjado si hemos tenido la valentía de aceptar el reto. Y ese coraje no caerá en saco roto.
“¿No vale la pena creer en esto? ¿No es esperanzador saber que un día llegaremos a nuestra verdadera patria, a una tierra de colores puros y formas armoniosas?”
“¿Y cómo se llama ese fantástico país?” le preguntaron con retintín.
“Recibe varios nombres. Isla de los Bienaventurados es uno de ellos”.

 

 

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                                  I
Manolo, el marido de su prima Rafaela, insistió en enseñar a Isabelita sus gallinas ponedoras de las que tan orgulloso estaba. Rafaela también la animó haciéndole notar el cacareo de las aves. “Todo el día se llevan así”. Isabelita no pudo negarse a pesar de su escaso interés. “Vamos a ver esas gallinas”.
Lo primero que se le vino a los ojos fue el gallo que se paseaba jactanciosamente por el corral, un hermoso ejemplar sin duda. Manolo, dándose cuenta de que el animal había llamado la atención de la visitante, exclamó: “¡La gente lo confunde con un faisán!”.
Isabelita calló lo que pensaba porque, conociendo la habilidad de Manolo para hilvanar sandeces a remo y vela, prefería no dar pie y exponerse a una andanada.
Aunque hacía dos o tres horas que habían recogido los huevos, el dueño propuso entrar para que Isabelita comprobase in situ la eficiencia de sus gallinas. Rafaela apoyó a su marido y éste, entreabriendo el portillo, cedió el paso a las dos mujeres.
Isabelita estaba pendiente del gallo. Su pico fuerte y sus espolones puntiagudos le daban aires de matón. En la tienda de Hortensia, relatando el lamentable episodio, confesó que el bicho despertó su recelo desde el principio.
El engreído gallo se paseaba a cámara lenta creyendo suscitar la admiración a su alrededor, pero con ella se equivocaba. Tanto las personas como los animales arrogantes la repateaban.
Éste en concreto, con su librea de plumas doradas que brillaban al sol con reflejos metálicos, con su cresta inyectada en sangre y sus andares altaneros de jayán, se creía el mayordomo de un lord inglés o el mismo lord.
¿Por qué la tomó con ella? ¿Leyó acaso en su cara la nula simpatía que le inspiraba? Pero este desafecto no era motivo suficiente, pensaba Isabelita, para lanzar un feroz ataque.
A lo mejor, sin querer, hizo un mohín de fastidio que hirió la sensibilidad del gallo, el cual reaccionó en el acto y se dirigió hacia ella como una flecha con el inequívoco propósito de darle una buena lección.

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