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Posts Tagged ‘comadres’

XLVII

“¿Putona yo?” dijo depositando en el pavimento las dos cestas que llevaba, una en cada mano, y poniéndose en jarra.

A esa hora la plaza estaba concurrida. En su mayoría se trataba de mujeres que iban al mercado o a una de las tiendas sitas en las calles aledañas.

Como un trallazo innoble que le cruzase la cara a la calma matinal donde sólo flotaba un murmullo persistente que tenía su origen en los corros de comadres, los cuales se hacían y deshacían por arte de birlibirloque, componiendo en el área rectangular de esa superficie encementada y con naranjos agrios las caprichosas figuras de un caleidoscopio, como un trallazo o un escopetazo infame esas dos palabras impusieron un silencio sacramental.

“¿Putona yo?” repitió, por si alguien no se había enterado, en un crescendo furibundo.

Nadie reaccionó. Tras dejar transcurrir unos segundos de forma que las presentes tuviesen margen para considerar la magnitud del agravio, y ella para congestionarse adecuadamente, empezó a aullar como un lobo.

Sus carnes blandengues ondeaban como los pendones que coronan los pináculos de los castillos, con la diferencia de que no era el viento sino la cólera la que las agitaba.

Por lo demás, por más empeño e imaginación que se pusiese en continuar con el símil, imposible sería afirmar, pese a que permanecía clavada en el suelo, que la mujer semejaba una torre por lo que de esbeltez conlleva tal imagen, siendo la de un tonel la primera que venía a la mente.

Ora con los brazos en alto, ora con los puños en el cuadril, la barbiana moduló su voz penetrante desde el tono increpatorio al apocalíptico. Desde luego, estaba en posesión de un excelente registro de agudos.

Las involuntarias oyentes, quizá temiendo por sus tímpanos, empezaron a moverse. Cada cual tenía sus obligaciones y esa grotesca situación se alargaba demasiado.

Por otro lado, resultaba difícil seguir la enrevesada argumentación tachonada de groserías de ese espantajo con faldas.

La destinataria de las estocadas verbales se mantenía en la sombra del anonimato. En ningún momento dijo esta boca es mía, siendo objeto de cábalas en los corros, donde las vecinas contraían los músculos faciales mientras susurraban la pregunta para la que nadie tenía respuesta.

Dicho misterio contribuyó a que todas permaneciesen en su puesto, aguantando mecha. Querían averiguar la identidad de la desconocida.

Su mérito tenía esa actitud que podía ser calificada de heroica. La verborrea de la mujer generaba agresividad, que sólo la refrenaba la certidumbre de que su chillidos se multiplicarían si uno se dejaba arrastrar por ese impulso.

La retaca cogió las cestas y se irguió con dignidad, echando la cabeza y los hombros hacia atrás, sacando pecho.

En esa gallarda pose que comparten las comadres y los gallos de pelea, desgranó su última filípica que remató con las mismas palabras con que iniciara su farragoso discurso. Su voz no traslucía ni asombro ni rabia sino desprecio y una convicción absoluta de la falsedad de esa cláusula venenosa.

No era ella quien merecía ese insulto como lo demostraba la entonación que había variado de interrogativa a exclamativa.

Una vez que hubo desfogado, dio media vuelta y se fue. “¡Qué vergüenza!” dijiste.

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                                II
En el colmado de Hortensia, ante su auditorio de comadres, a Isabelita le gustaba filosofar, siendo escuchada con atención, pues los temas que abordaba concernían a todos los seres humanos, cualesquiera que fuesen su edad y condición.
“Lo más importante es aceptar el propio destino”. Y recalcaba: “La grandeza consiste en aceptar el propio destino”.
De la vida afirmaba que era un don. “¿Y quién nos ha hecho ese regalito?” preguntó una cliente socarrona.
Isabelita, que era una entusiasta de Platón, a cuyo estudio dedicaba una gran parte de su tiempo, en compensación, diríase, por su tardío descubrimiento, y que estaba enfrascada en ese momento en la lectura del Fedón, respondió al punto: “Los dioses, a quienes pertenecemos”.
Y tras una pausa teatral añadió: “Ellos son nuestros amos”.
Esta conclusión originó una acalorada polémica. Algunas comadres opinaban que la vida era suya en exclusiva y podían disponer de ella a su antojo. Para otras, que la consideraban fruto del azar, no era de nadie. Pocas admitieron el planteamiento de Isabelita.
“Entonces” arguyó una de las vecinas “son los dioses quienes deciden cuándo debemos emprender el último viaje” “Está claro” confirmó Isabelita “que esa cuestión es de su competencia”.
A la mayoría esta afirmación le pareció un disparate. Hortensia se vio obligada a llamar al orden, pues en la tienda se produjo un gran alboroto.
“¿Y después de la muerte hay vida?” preguntó una mujer gorda con una mano en el cuadril creyendo poner en un brete a Isabelita.
“Con esa dulce esperanza vivo. Tras esta vida hay otra, de la que la muerte es la puerta.
“Albergo la esperanza de llegar a un mundo mejor, a un mundo más justo, donde este rompecabezas que es nuestro paso por la tierra encontrará una explicación, donde se desvelarán todos los misterios y saldrán a la luz todos los secretos, donde nada quedará oculto, donde resplandecerá la verdad.
“Esa esperanza me hace esta vida más llevadera, pues mis sufrimientos aquí son monedas que canjearé allí por bienes de incalculable valor.
“¿Y cómo demuestras eso?” la interpelaron.
“No tengo que demostrar nada puesto que no se trata de un teorema ni de una especulación científica, sino de un profundo deseo compartido con otros seres humanos”.
“¡Una pobre ilusión!” exclamaron burlonas.
“Una ilusión, si así lo queréis, que nos ayuda a ser mejores o a intentarlo al menos”.
“A ver, síguenos contando. ¿Qué sucederá luego?”
“Cuando muramos, deberemos presentarnos ante un tribunal donde seremos juzgados. Después, según la naturaleza de nuestras acciones, seremos conducidos al lugar que nos corresponde.
“Los sacrificios, las penalidades, todas y cada una de las decisiones que hemos tomado en cada bifurcación o encrucijada de nuestra vida serán pesados y medidos. No os quepa duda de que nadie se irá de rositas.
“Todos los ríos de mucho o escaso caudal, impetuosos o somnolientos, que hemos tenido que atravesar, a veces jugándonos la piel, todas las montañas, desiertos o cualquier otro obstáculo en nuestro peregrinaje han sido las piedras de toque en las que nos hemos forjado si hemos tenido la valentía de aceptar el reto. Y ese coraje no caerá en saco roto.
“¿No vale la pena creer en esto? ¿No es esperanzador saber que un día llegaremos a nuestra verdadera patria, a una tierra de colores puros y formas armoniosas?”
“¿Y cómo se llama ese fantástico país?” le preguntaron con retintín.
“Recibe varios nombres. Isla de los Bienaventurados es uno de ellos”.

 

 

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