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Posts Tagged ‘Fedón’

8

Recogió las monedas que había en la caja y las echó en un deteriorado bolso étnico con un diseño de elefantes. Sus gestos eran naturales, ni lentos ni precipitados. Como si lo que estaba haciendo fuese lo más normal del mundo.

En ese momento se encendió una lucecita en mi cabeza. No era la primera vez que un alma caritativa la invitaba a un café o a un desayuno completo.

La caja, una vez vacía, la guardó dentro del edificio, en un rincón.

Sus movimientos precisos me impresionaban. Ella, ciega tenía que haber sido para no percatarse de mi perplejidad, me preguntó con retintín: “¿Se encuentra bien?”.

“Muy bien. ¿Tomamos ese café?”.

9

Retiramos nuestras consumiciones del mostrador y no sentamos a una mesa, junto a la cristalera. Era un establecimiento concurrido. Los clientes no paraban de entrar y salir. Me hubiese gustado un lugar más tranquilo.

Además hacía frío. La gente me distraía, la de dentro y la de fuera. Lo anterior impedía que me concentrase. Tampoco ayudaba el hecho de que, sin ningún motivo, máxime cuando era yo quien había tenido la iniciativa, estuviese nervioso.

No era ese el caso de la chica que había cogido el vaso de café con leche y lo apretaba entre sus manos.

Mi compañera de mesa estaba feliz. Eso me irritó. Tomar un café con leche no justificaba ese regocijo, ni siquiera en una desabrida mañana invernal.

Era un día gris. La chica no hablaba. Se limitaba a calentarse las manos con el vaso y a dar sorbitos de su contenido.

10

No era de recibo que no hiciese nada por agradar. Sin saber por qué me sentí estafado. Incluso pensé que se había olvidado de mí, a pesar de tenerme en frente.

Dije lo primero que se me pasó por la cabeza. Me había acordado de que tanto ella como los otros dos mendigos leían un libro. Lo cual, aunque no pudiera calificarse de extraño, fue un detalle que me chocó.

“¿Qué lee?”. Ella dejó el vaso en la mesa y sacó del bolso con dibujos de elefantes un ejemplar de los diálogos platónicos. Orientó la portada en mi dirección. La selección incluía Fedón, El Banquete y Gorgias.

“¿Usted cree en la inmortalidad del alma?”.

Estuve tentado de darle una respuesta académica, de relacionar el pensamiento griego, el cristianismo y el taoísmo. De demostrar que era un hombre culto. De irme por los cerros de Úbeda.

Pero en un rapto de inspiración, o quizá porque la figura de Brioso emergió en mi mente, procedí a la gallega.

“¿Usted pertenece a la Orden, verdad?”. Los ojos de la joven destellaron. Estrujó el bolso que tenía sobre los muslos. Sonriendo ladinamente me devolvió la pelota: “¿Qué Orden?”.

 

 

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                                II
En el colmado de Hortensia, ante su auditorio de comadres, a Isabelita le gustaba filosofar, siendo escuchada con atención, pues los temas que abordaba concernían a todos los seres humanos, cualesquiera que fuesen su edad y condición.
“Lo más importante es aceptar el propio destino”. Y recalcaba: “La grandeza consiste en aceptar el propio destino”.
De la vida afirmaba que era un don. “¿Y quién nos ha hecho ese regalito?” preguntó una cliente socarrona.
Isabelita, que era una entusiasta de Platón, a cuyo estudio dedicaba una gran parte de su tiempo, en compensación, diríase, por su tardío descubrimiento, y que estaba enfrascada en ese momento en la lectura del Fedón, respondió al punto: “Los dioses, a quienes pertenecemos”.
Y tras una pausa teatral añadió: “Ellos son nuestros amos”.
Esta conclusión originó una acalorada polémica. Algunas comadres opinaban que la vida era suya en exclusiva y podían disponer de ella a su antojo. Para otras, que la consideraban fruto del azar, no era de nadie. Pocas admitieron el planteamiento de Isabelita.
“Entonces” arguyó una de las vecinas “son los dioses quienes deciden cuándo debemos emprender el último viaje” “Está claro” confirmó Isabelita “que esa cuestión es de su competencia”.
A la mayoría esta afirmación le pareció un disparate. Hortensia se vio obligada a llamar al orden, pues en la tienda se produjo un gran alboroto.
“¿Y después de la muerte hay vida?” preguntó una mujer gorda con una mano en el cuadril creyendo poner en un brete a Isabelita.
“Con esa dulce esperanza vivo. Tras esta vida hay otra, de la que la muerte es la puerta.
“Albergo la esperanza de llegar a un mundo mejor, a un mundo más justo, donde este rompecabezas que es nuestro paso por la tierra encontrará una explicación, donde se desvelarán todos los misterios y saldrán a la luz todos los secretos, donde nada quedará oculto, donde resplandecerá la verdad.
“Esa esperanza me hace esta vida más llevadera, pues mis sufrimientos aquí son monedas que canjearé allí por bienes de incalculable valor.
“¿Y cómo demuestras eso?” la interpelaron.
“No tengo que demostrar nada puesto que no se trata de un teorema ni de una especulación científica, sino de un profundo deseo compartido con otros seres humanos”.
“¡Una pobre ilusión!” exclamaron burlonas.
“Una ilusión, si así lo queréis, que nos ayuda a ser mejores o a intentarlo al menos”.
“A ver, síguenos contando. ¿Qué sucederá luego?”
“Cuando muramos, deberemos presentarnos ante un tribunal donde seremos juzgados. Después, según la naturaleza de nuestras acciones, seremos conducidos al lugar que nos corresponde.
“Los sacrificios, las penalidades, todas y cada una de las decisiones que hemos tomado en cada bifurcación o encrucijada de nuestra vida serán pesados y medidos. No os quepa duda de que nadie se irá de rositas.
“Todos los ríos de mucho o escaso caudal, impetuosos o somnolientos, que hemos tenido que atravesar, a veces jugándonos la piel, todas las montañas, desiertos o cualquier otro obstáculo en nuestro peregrinaje han sido las piedras de toque en las que nos hemos forjado si hemos tenido la valentía de aceptar el reto. Y ese coraje no caerá en saco roto.
“¿No vale la pena creer en esto? ¿No es esperanzador saber que un día llegaremos a nuestra verdadera patria, a una tierra de colores puros y formas armoniosas?”
“¿Y cómo se llama ese fantástico país?” le preguntaron con retintín.
“Recibe varios nombres. Isla de los Bienaventurados es uno de ellos”.

 

 

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