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XXXVI

Como un huevo amorosamente incubado, acogiste en tu seno a una angustia retozona que te sometía a inesperados asaltos.

Al principio apareció bajo el disfraz de una desmedida compasión por ti misma, de un sentimentalismo lacrimógeno, de una timidez que unas veces te impulsaba a hablar por los codos y otras veces a guardar un silencio inaccesible.

Esa congoja es anterior al episodio del perro. Su presencia se puede detectar en las migas a las que fuiste invitada.

Un sábado dos amigas fueron a tu casa. Tú estabas de limpieza. Se detuvieron en el umbral porque tú, fregona en mano, sacabas brillo a las baldosas del comedor, al fondo. Como no querían pisar, te llamaron.

Tú te acercaste de puntillas, pegada a la pared. Te hablaron del paseo y de la comida prevista para el domingo. Te dejaste seducir por su parloteo.

Al final acordasteis que ellas pasarían a buscarte.

Al coger de nuevo la fregona te preguntaste si habías hecho bien accediendo. Llevabas alicaída unos cuantos días, tan sensible que un gesto distraído podía desencadenar una tormenta interior.

El punto de encuentro era el bar del padre de uno de los muchachos. Allí compraríais las cervezas, el vino y los refrescos. De allí partiríais para el campo.

Cuando llegasteis, los excursionistas estaban ya en el espacioso local.

Tu apocamiento te trabó la lengua y te hizo aparecer desmañada. Para compensar tu falta de seguridad te mostrabas solícita hasta el servilismo. Con la sonrisa esculpida en los labios, tratabas de caer simpática.

Tú creías estar realizando un trabajo si no digno de recompensa, al menos merecedor de respeto.

Ibas de un lado a otro festejando los chistes. La mujer del dueño andaba mezclada con los jóvenes. Con ella estuviste de charla un buen rato, asintiendo, informando, identificando a este o aquel.

Las bolsas y las cestas con los alimentos y las bebidas estaban en un rincón. Esperabais al encargado del perol.

“Vamos a comer tostadas” dijo uno. Otro rasgueó una guitarra. Un tercero abrió una botella de vino.

“¡Unas sevillanas!” “¡Unas sevillanas!”. Inmediatamente se formó un círculo y empezaron a tocar las palmas.

Cuando te llegó el turno de echar un trago, pasaste la botella a la madre de tu amigo que, haciendo otro tanto, dijo: “No sé cómo podéis beber tan temprano” “Yo no bebo ni temprano ni tarde. El vino no me gusta” “A mí sí, pero a otras horas”.

Quien se remojó el gaznate fue la hija de la tendera de lengua viperina, que ha heredado de su madre la agilidad mental y la facilidad de palabras, y de su padre un carácter llano y dicharachero.

Al contrario que tú, ella se hacía notar en las reuniones. Más aún, se la veía como pez en el agua.

Tras el generoso trago empezó a cantar. A lo que no se atrevía nadie era a bailar. Durante la segunda tanda de sevillanas un muchacho lacio fue arrastrado a viva fuerza a mitad del ruedo. Las chicas gritaban: “¡Que baile! ¡Que baile!”.

El mozo, que se había puesto como un tomate, ante la abrumadora insistencia, repetía: “Necesito una pareja” “¡Que baile! ¡Que baile!”.

La hija de la tendera vino en su ayuda. Le dijo: “Saca a quien tú quieras” “Tú misma” “Yo estoy cantando”.

Asistías impávida al desarrollo de este lance, como si estuviera ocurriendo en otro planeta. Cuando el muchacho te eligió, te quedaste de una pieza.

Sin tener en cuenta su aprieto te negaste en redondo alegando que no sabías bailar, lo cual era falso.

Es seguro que a ti también te hubiesen dado la vara si no llega a ser porque una chica se adelantó y, moviendo con garbo brazos y piernas, zanjó esta cuestión.

Te volviste a la mujer del dueño y te justificaste sin que ella te lo pidiera. Atenta al cuadro flamenco ni siquiera te escuchó.

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8

Recogió las monedas que había en la caja y las echó en un deteriorado bolso étnico con un diseño de elefantes. Sus gestos eran naturales, ni lentos ni precipitados. Como si lo que estaba haciendo fuese lo más normal del mundo.

En ese momento se encendió una lucecita en mi cabeza. No era la primera vez que un alma caritativa la invitaba a un café o a un desayuno completo.

La caja, una vez vacía, la guardó dentro del edificio, en un rincón.

Sus movimientos precisos me impresionaban. Ella, ciega tenía que haber sido para no percatarse de mi perplejidad, me preguntó con retintín: “¿Se encuentra bien?”.

“Muy bien. ¿Tomamos ese café?”.

9

Retiramos nuestras consumiciones del mostrador y no sentamos a una mesa, junto a la cristalera. Era un establecimiento concurrido. Los clientes no paraban de entrar y salir. Me hubiese gustado un lugar más tranquilo.

Además hacía frío. La gente me distraía, la de dentro y la de fuera. Lo anterior impedía que me concentrase. Tampoco ayudaba el hecho de que, sin ningún motivo, máxime cuando era yo quien había tenido la iniciativa, estuviese nervioso.

No era ese el caso de la chica que había cogido el vaso de café con leche y lo apretaba entre sus manos.

Mi compañera de mesa estaba feliz. Eso me irritó. Tomar un café con leche no justificaba ese regocijo, ni siquiera en una desabrida mañana invernal.

Era un día gris. La chica no hablaba. Se limitaba a calentarse las manos con el vaso y a dar sorbitos de su contenido.

10

No era de recibo que no hiciese nada por agradar. Sin saber por qué me sentí estafado. Incluso pensé que se había olvidado de mí, a pesar de tenerme en frente.

Dije lo primero que se me pasó por la cabeza. Me había acordado de que tanto ella como los otros dos mendigos leían un libro. Lo cual, aunque no pudiera calificarse de extraño, fue un detalle que me chocó.

“¿Qué lee?”. Ella dejó el vaso en la mesa y sacó del bolso con dibujos de elefantes un ejemplar de los diálogos platónicos. Orientó la portada en mi dirección. La selección incluía Fedón, El Banquete y Gorgias.

“¿Usted cree en la inmortalidad del alma?”.

Estuve tentado de darle una respuesta académica, de relacionar el pensamiento griego, el cristianismo y el taoísmo. De demostrar que era un hombre culto. De irme por los cerros de Úbeda.

Pero en un rapto de inspiración, o quizá porque la figura de Brioso emergió en mi mente, procedí a la gallega.

“¿Usted pertenece a la Orden, verdad?”. Los ojos de la joven destellaron. Estrujó el bolso que tenía sobre los muslos. Sonriendo ladinamente me devolvió la pelota: “¿Qué Orden?”.

 

 

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4

No doy dinero a la gente que encuentro en la calle. Ni a los mendigos ni a las señoras de la Cruz Roja. Si alguien hace sonar la hucha impúdicamente, acelero el paso. Reconozco, no obstante, que con el cuento de la filantropía a veces me sacan los cuartos.

Por voluntad propia no suelto un céntimo. No porque me cueste trabajo ganarlo. Supongo que el mismo que a cualquiera. No por cicatería. O porque me atenga a unos principios estrictos. Procedo así por comodidad. Para evitar familiaridades indeseadas.

5

“¿Pasa algo?” dijo la chica entornando los ojos y ladeando un poco la cabeza.

No detecté en sus palabras ni en su actitud señales de que se sintiera molesta. Su pregunta era lógica. Quería saber qué hacía allí clavado, frente a ella.

Cogí el monedero y eché un euro en la caja de cartón.

La chica me estudiaba. Pensaría que yo era un bicho raro. O alguien con intenciones deshonestas.

Ella era la más joven de los tres, de rasgos finos, delgada, bien parecida.

En mi curiosidad no había nada de indecoroso. Probablemente ella lo intuía.

Esa situación era ridícula. Mejor dicho, yo era quien estaba haciendo el ridículo.

6

“No tengo suelto” dije la próxima vez.

Mis palabras sonaban a indigna justificación. La chica no me había pedido nada. Estaba en la vía pública, con la caja de cartón a sus pies. Pero no había tendido la mano ni había hablado.

En realidad, se tomó su tiempo para levantar la vista del libro que leía. Durante un par de minutos ignoró mi presencia.

Me observó pero no críticamente. No como a un burgués arrebujado en su buen chaquetón de lana comprado en Cortefiel. No como a alguien que pretende hacer una buena obra. O rescatar a jóvenes descarriados.

La bribonería se reflejó en su cara. Me acordé de un amigo del pueblo que es un pillo redomado. Brioso, por mal nombre Perindola, reconoce que domina el arte de vivir del cuento. Su objetivo en la vida es ser feliz.

A quien cuestiona ese principio, lo tilda de hipócrita. No discuto con él sobre esto ni sobre nada, pues está dotado de una lengua viperina.

La semejanza con la chica acababa en ese aire de desafío, entreverado de insolencia en el caso de mi amigo hilandario.

7

Acabé sacando mi monedero que sólo contenía calderilla. Me daba vergüenza arrojar unos pocos céntimos en la caja de cartón. Y no estaba dispuesto a coger un billete de mi cartera. Mi esplendidez limosnera no llegaba a tanto.

Mi confusión incrementó la picardía de sus facciones. No dijo nada, manteniéndose a la espera, como una espectadora segura de que la función no la va a defraudar.

Miré en dirección al bar que hay en la esquina de la calle Condes de Bustillo. “¿Le apetece tomar un café?”.

 

 

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Pequeños poemas (IV)

10
De vuelta a casa
Por las calles vacías
Con tu recuerdo
Con mi agonía

11
El bar lleno de gente
Cristales empañados
Llovizna persistente

12
Te lo diré con el agua
Te lo diré con el viento
Pero no con las palabras

 

 

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Probaría una vez más. Era la última moneda que le quedaba. Aunque quisiera, ya no podría seguir jugando. De todas formas, ya se había quedado sin dinero para el bocadillo. Podía pedir prestado, pero desechó esa idea, pues no tenía suficiente confianza con sus compañeros de clase, y con su paisano no quería negocios.
Introdujo el duro en la ranura y la máquina, a juzgar por la musiquilla que emitió, se puso la mar de contenta. Apareció automáticamente la primera bola que, tras coger y soltar el muelle, salió disparada por el canal. El juego empezaba.
Con el dedo índice sobre los botones que accionaban los flippers, observó la entrada de la bola en el tablero inclinado para prever su recorrido. Fruto de su experiencia, tenía buen ojo clínico. Había tres o cuatro itinerarios posibles, si cogía el peor la bola se iría de rositas.
Tuvo suerte relativamente porque la condenada tampoco optó por el mejor camino, sino por uno intermedio con agujeros de donde era expulsada en diversas direcciones.
Estaba tan absorbido en las idas y venidas de las bolas por el tablero que no se dio cuenta de que sus compañeros se habían ido, el cicatero que estudiaba en el mismo instituto que él, y los que iban a otros centros.
Se había quedado solo en el bar, ante la máquina que no sabía siquiera cómo se llamaba exactamente.
Tampoco se percató de las miradas críticas que le lanzaba el dueño del establecimiento.
Resultaba que la puntuación obtenida era cada vez más alta y él ganaba partidas gratis una tras otra. Estaba en vena. En su vida había tenido tanta suerte. No iba a abandonar ahora y dejar que otro disfrutase de su buena racha. O que nadie se beneficiase de ella.
Las bolas chocaban contra los obstáculos hechizando al jugador, que no pestañeaba. Le encantaba el ruido metálico que hacían cuando eran golpeados. Había clavos, arcos, estrechos pasillos oblicuos y esas especies de setas luminosas y cantarinas que eran las que proporcionaban los puntos, y contra las que lanzaba las bolas con toda la fuerza de los flippers.
A veces la bola se volvía loca y en lugar de bajar por el plano inclinado, se ponía a rebotar en las gomas y las setas haciendo que el marcador ascendiera velozmente. No estaba claro si era la máquina o el jugador quien había perdido la cabeza.
En cualquier caso, él experimentaba la misma excitación. Tenía motivos para creerse un as de los billares electrónicos. Los resultados obtenidos, las partidas ganadas lo acreditaban.
El muchacho no era consciente de su estado de nervios. Pulsaba los botones con rabia, lanzaba la nueva bola con un golpe fuerte de la palma de la mano, profería exclamaciones de júbilo o de decepción. Estaba ajeno al mundo que le rodeaba.
Para jugar las partidas acumuladas habría necesitado toda la mañana. La primera hora de clase ya había pasado, la segunda corría. A lo sumo podía incorporarse en el recreo. Pero este pensamiento se disolvió sin dejar rastro. Había decidido hacer novillos. Hoy era su día de suerte. Cuándo se vería en otra.
Pero en esto la maquina dejó de funcionar, sus luces se apagaron, sus dispositivos enmudecieron. La bola en juego, chocando aquí y allá, descendió hasta ser engullida por la abertura situada en la base sin que él pudiera impedirlo.
Se dio media vuelta y vio al dueño del bar y a otros parroquianos que lo estaban observando. Al principio no comprendió lo que ocurría. Fue necesario que, en un tono desabrido, el dueño le dijera: “¿No te parece que ya está bien?”.
El muchacho no se atrevió a replicar nada. Cogió sus libros que había dejado en una silla cercana, y se fue.

 

 

 

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