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Al salir de una curva divisamos un pueblo, al que nos fuimos acercando a la velocidad adoptada por el vehículo. Varias veces perdimos de vista la población, que aparecía de repente y se ocultaba con la misma brusquedad. Las vueltas y revueltas de la carretera convirtieron nuestra llegada en un juego.

“¡Ahí está!” exclamaba Pedrote. “¿Dónde?” preguntábamos a la vez Luisa y yo. “A la derecha”.

Con un poco de suerte vislumbrábamos los tejados o una chimenea. Luego permanecíamos a la expectativa. Tan pronto como uno de nosotros atisbaba un indicio, lo pregonaba y, de confirmarse, se apuntaba un tanto. Si era una equivocación, tenía que restárselo a los ya acumulados. Si el marcador estaba a cero, se convertía en un negativo.

Por supuesto, se suscitaron discusiones a propósito de quién había sido el primero en distinguir una señal. Si Luisa se desgañitaba afirmando que había sido ella, Pedrote y yo la contradecíamos. Si era yo el que pretendía llevarse el gato al agua, Luisa y Pedrote hacían frente común.

“¿Acaso crees que somos idiotas?” “Imaginad una carrera de caballos…” “No me hagas reír. Para empezar tú no eres uno ni yo soy una yegua” “Lo enredas todo” “Lo que me faltaba por oír” “Déjame acabar porque no has comprendido”.

“No hay nada que comprender” terció Pedrote. “Así que no te molestes en hacernos comulgar con ruedas de molino”.

“¿Te das cuentas?” dijo Luisa a Carmelina que, aunque se encontraba mejor, no participaba en el juego. “Hace un momento se puso hecho una fiera porque yo no podía haber visto nada. Él, sin embargo, puede verlo todo el primero” “Ya lo tenemos calado”.

“Así no arreglamos este asunto” sentencié. Finalmente llegamos a un acuerdo: en los casos conflictivos todos nos apuntaríamos un tanto.

“¿Qué pueblo es ese?” preguntó Pedrote. “Debe de ser El Garrobo” respondió Luisa. “No” repliqué, “El Garrobo lo hemos dejado atrás. Ni siquiera hemos pasado por él. Quedó a la izquierda”.

“¿Estás seguro?” “Lo vamos a comprobar en seguida”. Pero a la entrada no había ningún rótulo con el nombre.

“Vaya, hombre” dijo Pedrote, “seguimos con la duda” “Habría que parar y tomar algo” sugirió Luisa. “Lo digo sobre todo por Carmelina. Un vaso de leche caliente le vendría bien” “Y una copita de coñac” añadió Pedrote. “No, nada de alcohol” “Primero tendremos que encontrar un bar abierto” dije.

Carmelina no intervino en ningún momento. Parecía dormida pero no lo estaba. De vez en cuando levantaba una mano y se echaba el pelo hacia atrás.

Las casas, de una sola planta, tenían dos ventanas enrejadas, una a cada lado de la puerta. Las paredes encaladas relucían.

El ruido del seíta adquirió proporciones sacrílegas en ese silencio de durmientes. Para colmo, el irregular adoquinado lo hacía saltar y estremecerse como si tuviera el mal de San Vito.

“Reduce” me indicó Pedrote. Metí la segunda, pero el coche mantuvo la misma velocidad.

Luisa, con la punta de los dedos en los labios, esperaba lo peor. Pedrote se había llevado también la mano a la boca, pero para contener la risa. “Verás tú” masculló.

Mirábamos con recelo hacia las puertas de las casas, por donde temíamos que, en cualquier momento, saliese un vecino airado o una comadre desgreñada. Por fortuna, atravesamos el pueblo y no ocurrió nada.

 

 

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III
Pretendo decir cosas
cuando lo que debiera es dejar que tú hablaras,
cederte la palabra.

Pretendo decir cosas,
mas me basta sentir tu profunda mirada
—eso tengo de bueno—
para tragar saliva y comprender mi juego.

 

 

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Probaría una vez más. Era la última moneda que le quedaba. Aunque quisiera, ya no podría seguir jugando. De todas formas, ya se había quedado sin dinero para el bocadillo. Podía pedir prestado, pero desechó esa idea, pues no tenía suficiente confianza con sus compañeros de clase, y con su paisano no quería negocios.
Introdujo el duro en la ranura y la máquina, a juzgar por la musiquilla que emitió, se puso la mar de contenta. Apareció automáticamente la primera bola que, tras coger y soltar el muelle, salió disparada por el canal. El juego empezaba.
Con el dedo índice sobre los botones que accionaban los flippers, observó la entrada de la bola en el tablero inclinado para prever su recorrido. Fruto de su experiencia, tenía buen ojo clínico. Había tres o cuatro itinerarios posibles, si cogía el peor la bola se iría de rositas.
Tuvo suerte relativamente porque la condenada tampoco optó por el mejor camino, sino por uno intermedio con agujeros de donde era expulsada en diversas direcciones.
Estaba tan absorbido en las idas y venidas de las bolas por el tablero que no se dio cuenta de que sus compañeros se habían ido, el cicatero que estudiaba en el mismo instituto que él, y los que iban a otros centros.
Se había quedado solo en el bar, ante la máquina que no sabía siquiera cómo se llamaba exactamente.
Tampoco se percató de las miradas críticas que le lanzaba el dueño del establecimiento.
Resultaba que la puntuación obtenida era cada vez más alta y él ganaba partidas gratis una tras otra. Estaba en vena. En su vida había tenido tanta suerte. No iba a abandonar ahora y dejar que otro disfrutase de su buena racha. O que nadie se beneficiase de ella.
Las bolas chocaban contra los obstáculos hechizando al jugador, que no pestañeaba. Le encantaba el ruido metálico que hacían cuando eran golpeados. Había clavos, arcos, estrechos pasillos oblicuos y esas especies de setas luminosas y cantarinas que eran las que proporcionaban los puntos, y contra las que lanzaba las bolas con toda la fuerza de los flippers.
A veces la bola se volvía loca y en lugar de bajar por el plano inclinado, se ponía a rebotar en las gomas y las setas haciendo que el marcador ascendiera velozmente. No estaba claro si era la máquina o el jugador quien había perdido la cabeza.
En cualquier caso, él experimentaba la misma excitación. Tenía motivos para creerse un as de los billares electrónicos. Los resultados obtenidos, las partidas ganadas lo acreditaban.
El muchacho no era consciente de su estado de nervios. Pulsaba los botones con rabia, lanzaba la nueva bola con un golpe fuerte de la palma de la mano, profería exclamaciones de júbilo o de decepción. Estaba ajeno al mundo que le rodeaba.
Para jugar las partidas acumuladas habría necesitado toda la mañana. La primera hora de clase ya había pasado, la segunda corría. A lo sumo podía incorporarse en el recreo. Pero este pensamiento se disolvió sin dejar rastro. Había decidido hacer novillos. Hoy era su día de suerte. Cuándo se vería en otra.
Pero en esto la maquina dejó de funcionar, sus luces se apagaron, sus dispositivos enmudecieron. La bola en juego, chocando aquí y allá, descendió hasta ser engullida por la abertura situada en la base sin que él pudiera impedirlo.
Se dio media vuelta y vio al dueño del bar y a otros parroquianos que lo estaban observando. Al principio no comprendió lo que ocurría. Fue necesario que, en un tono desabrido, el dueño le dijera: “¿No te parece que ya está bien?”.
El muchacho no se atrevió a replicar nada. Cogió sus libros que había dejado en una silla cercana, y se fue.

 

 

 

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Profunda, hermosamente doloroso:
un océano púrpura, un tormento
sin nombre, sin sentido, sin contento,
vergonzante rubor, amargo poso.

Dolorosa, profundamente hermoso:
un tronar de alazanes contra el viento,
un borrachín sonado y harapiento,
un estridor, un fondo cenagoso.

Y caes de rodillas con tu fuego,
con la herrumbre del paso de los años,
dando un ultimátum, haciendo un ruego.

¿Por qué conductos fortuitos y extraños,
tras renunciar solemnemente al juego,
retornas a los antiguos apaños?

 

 

 

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En el cuarto de baño
lavándome la boca
mirándome al espejo
me dedico a pensar

pienso en cosas sencillas
agradables inocuas
pienso en esto en lo otro
en lo de más allá

por supuesto es un juego
porque nunca me acuerdo
con certeza después
de en qué he estado pensando

porque me siento bien
porque todo consiste
en llevar el compás

en seguir dócilmente
el mandato del ritmo

de mi ritmo interior

 

 

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