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Posts Tagged ‘Carmelina’

11

Al cabo de varios minutos estábamos fuera del pueblo. “¿Cómo lo has conseguido?” preguntó Luisa. “El mérito no es mío sino del coche” respondí.

Este resollaba más de lo habitual, como si la proeza realizada lo hubiese agotado.

“Entonces habrá que felicitarlo” dijo Pedrote. “Es lo menos que podemos hacer”.

La alegría fue efímera. ¿Nuestro destino no era Aracena? ¿Adónde nos dirigíamos ahora? Por último, la carretera que enfilaba el seíta tenía visos de ser bastante peligrosa.

“Esto ya no tiene gracia” declaró Carmelina. “¿Alguien podría explicar por qué seguimos viajando si ya hemos llegado? ¿O es que alguien nos está gastando una broma?

“Creo” respondí a la defensiva “que ese pueblo no es Aracena” “¡Cómo!” “Aracena está más lejos” “Entonces ¿qué pueblo es ese?” “No lo sé. Puede ser cualquiera” “A lo mejor estamos en Portugal y no nos hemos enterado” “Todo es posible” apuntó Pedrote con regocijo. Carmelina lo miró de reojo, pero no replicó nada.

Si no volvió a la carga, fue porque era consciente del riesgo que corríamos. Las curvas se habían multiplicado y la carretera se estrechaba cada vez más. Había que reunir las cualidades del conductor y del equilibrista para no tener un tropiezo de fatales consecuencias. De momento, era de vital importancia no distraerme.

El zigzagueante asfaltado me obligaba a dar bruscos golpes de volante para no salirme de él. Dos o tres veces derrapó el coche, no despeñándonos de milagro.

Luisa lanzaba discretos ayes cuando circulábamos por el borde de un barranco. Y gemía cuando el seíta se precipitaba cuesta abajo.

Había tramos que semejaban un tobogán gigantesco. El vacío que sentíamos en el estómago nos paralizaba. Aunque yo permanecía agarrado al volante y mis compañeros a los espaldares delanteros, nos despegábamos de los asientos en esas vertiginosas caídas.

Las manos me temblaban y, como si hubiese tomado unas copas de más, mis reflejos se ralentizaron.

A pesar de esa ebriedad me daba cuenta de todo, en particular, del progresivo angostamiento de la carretera que se afiló hasta el punto de que el coche ocupaba toda su anchura.

Dando botes el seíta seguía avanzando. Poco después las sacudidas se intensificaron. El asfalto había adelgazado tanto que las ruedas se apoyaban en los matorrales y las piedras de las márgenes.

En varias ocasiones el coche hizo amago de volcar pero, por fortuna, siempre conseguía mantener la estabilidad. Haciendo eses atravesamos un alcornocal cuyos troncos descortezados parecían colosales balizas.

Una enjuta cinta gris nos indicaba todavía el camino. El seíta rebotaba aquí y allá sin perder el rumbo.

La cinta se convirtió en un hilo plateado que discurría por encima de la maleza. El coche cabeceó. Luego se equilibró, aunque escorado a la derecha. Los cuatro, instintivamente, nos inclinamos en la dirección opuesta y el vehículo se niveló.

A nuestros pies se extendía el monte como una masa compacta y oscura de la que emergían los árboles. El terreno se abrió en una quebrada en cuyo fondo relampaguearon las aguas de un arroyo.

De tarde en tarde, en la cima de un cerro aparecía un calvero en el que se demoraba la mirada.

Observamos un bosque de castaños de copas muy ramificadas y asimétricas. Distinguimos también algunos tocones que habían retoñado con el buen tiempo, cubriéndose de vástagos.

Más allá había unas casitas a la orilla de un río que sobrevolamos a contracorriente.

Contigua a un puente se desplegaba una chopera en perfecto orden de alineación. Tras este escuadrón de árboles la naturaleza se volvía más agreste. El río corría encajonado entre dos taludes pétreos. Aguas arriba los breñales se henchían en frondosas cascadas de brezo.

A medida que remontábamos el curso del río, nos íbamos elevando. Abajo todo se confundía en una maraña impenetrable. Indistinguibles eran ya los fresnos de los alisos, borrosas las encinas, invisibles las madroñeras.

Cuanto más ascendíamos, más se debilitaba nuestra visión del mundo sublunar.

De pronto el seíta se inundó de luz. Cerré los ojos, deslumbrado, y, al abrirlos de nuevo, descubrí las formaciones nubosas a las que nos acercábamos velozmente.

El disco solar, medio oculto tras ellas, las nimbaba con su resplandor. Hacia esos cúmulos que simulaban cadenas montañosas desgastadas por la erosión y aludes de rocas de una blancura inmaculada, nos encaminábamos en línea recta.

El coche se introdujo como una bala de cañón en esa masa inconsistente y nívea, atravesándola en un santiamén. Del otro lado las nubes se sucedían en franjas paralelas hasta perderse en el horizonte. Y nosotros planeábamos por encima de ese oleaje inmóvil en dirección al astro rey.

 

 

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9

Me preguntaba si sólo yo estaba atrapado en ese segmento espacio-temporal. Y también cuánto duraría la broma. Ese grotesco disfraz de la eternidad, ese vislumbre del infinito consistente en repetir una y otra vez los mismos gestos en un decorado inmutable amenazaban con desequilibrarme.

Me entraron ganas de reír. Primero disimuladamente y luego a carcajadas, di rienda suelta a mi hilaridad.

Me volví hacia mis amigos con los ojos llorosos por ese estallido de risa maligna y, al ver sus caras de circunstancias, se redobló mi jolgorio. Parecían estatuas. Ni el más leve tic los traicionaba.

En un arranque de rabia me puse a zamarrearlos. “¡Despertad! ¡Decid algo!”.

En cuestión de segundos conseguí revolucionarlos. Luisa empezó a gritar asustada. Carmelina no tardó en unírsele. Pedrote, desorientado, preguntaba: “¿Qué pasa? ¿Qué pasa?”.

Como se limitaban a defenderse, me apliqué a repartir mamporros. “¡Despertad! ¡Despertad!”.

“Que se esté quieto” decía Luisa sin hacer nada por evitar mis embestidas. “Pedrote, tú que tienes más fuerza, agárralo”.

Pero cuando este intentaba atraparme, la emprendía a tortazos con él.

“Yo solo no puedo. Tenéis que ayudarme” “Si lo llego a saber…” se lamentaba Carmelina.

“Tiene que ser entre los tres” insistió Pedrote. “¿Qué mosca le ha picado? ¿Por qué nos pega? ¿Qué le hemos hecho?” decía Luisa.

Mis golpes se fueron espaciando a causa del cansancio y ellos aprovecharon la ocasión para inmovilizarme.

“¿Por qué eres tan malo?” preguntó Luisa. “¿Y si ahora te sacudiésemos el polvo?” apuntó Carmelina. “Soltadme. No puedo respirar” “¿Para que empieces de nuevo?”

“No puedo respirar” repetí acezante. “¿Tuviste tú compasión de nosotros?” replicó Carmelina. “Hasta ahora nadie se había atrevido a levantarme la mano y tú te has ensañado”.

Al cabo de un rato Pedrote dijo: “No podemos seguir así todo el viaje. A ver si el remedio va a ser peor que la enfermedad”.

Carmelina y Luisa lo miraron extrañadas. “Si no lo dejamos conducir, acabaremos estrellándonos”.

Las dos mujeres vacilaron. La presión de sus manos disminuyó un poco.

“Pero si este coche sabe el camino. ¿No ves que va solo y no pasa nada?” repuso Carmelina. “Que estemos teniendo suerte, no significa que la vayamos a seguir teniendo” dijo Pedrote.

“¿Y tú qué piensas?” preguntó Carmelina a Luisa. “No sé qué pensar”.

Con la cabeza agachada, escuchaba estos dimes y diretes y recapacitaba sobre lo ocurrido. Por fin, me decidí a intervenir y les conté mi pasada experiencia, que me afectó hasta el punto de perder los estribos. Yo mismo estaba asombrado y ahora, en frío, no me explicaba esa reacción.

“Pues yo” dijo Pedrote “sigo notando esa sensación de la que tú has hablado” “Sí” confirmó Luisa, “estamos recorriendo una y otra vez el mismo tramo” “Eso es imposible” replicó Carmelina.

“Soltadme y vamos a aclarar este asunto” “¿Prometes no volver a las andadas?” “Lo prometo”.

 

 

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8

Pedrote se puso a cantar. Se arrancó con un fandango acompañándose de las palmas. Tenía una voz bronca. Cuando acabó, siguió jaleándose. Cantó un segundo fandango y luego otro. Entre copla y copla repetía: “¡Ole! ¡ole!”.

Comprobamos que sabía muchas letras y, a juzgar por lo animado que estaba, parecía dispuesto a agotar su repertorio. A pesar de su buena voluntad Pedrote desafinaba con frecuencia. Al principio se lo perdonamos porque nos sorprendió con su faceta de cantaor. Incluso lo incitamos a que continuara. A Pedrote, por cierto, no hacía falta que le rogaran para que prodigase su arte.

Dado el empeño que ponía calculé que Pedrote se cansaría pronto, si antes no se quedaba afónico. Pero tenía cuerda para rato. Con las venas del cuello hinchadas y rojo como la grana, se balanceaba con los brazos encogidos hasta que conseguía romper y entonaba un nuevo fandango.

En una de esas, soltó un jipido espantoso que galvanizó a Carmelina. Poniéndose más derecha que una vela le espetó: “¿Te quieres callar de una puñetera vez?”.

“¿Ya estás bien?” preguntó incongruentemente Luisa.

Carmelina encaraba a Pedrote sin parpadear. Este, tras la fulminante interrupción, no lograba articular palabra. Parecía no comprender lo que había sucedido.

Experimenté un gran alivio al divisar el siguiente pueblo. Quizá encontrásemos un bar abierto. “Valdeflores” anuncié sin estar seguro.

Nadie me desmintió. Tratando de imprimir un tono festivo a mi comentario, añadí: “Ya queda poco para llegar a nuestro destino”.

Nadie replicó nada. El ambiente se había enrarecido. Desistí de animar el cotarro. Pedrote permanecía hosco. Carmelina, muy estirada, miraba al frente.

El coche se adentró en la población con su habitual traqueteo sin que nadie se inmutase. El empedrado puso de nuevo a prueba la integridad del seíta que brincaba y resoplaba sin parar.

De vez en cuando surgía a la izquierda o a la derecha una calleja que desembocaba en el campo. En un rincón había un montón de estiércol circundado de ortigas y malvas. En otro lugar vimos un carro desvencijado. Bordeamos una plaza de trazado triangular en donde medraban unos raquíticos naranjos.

Poco después de abandonar el pueblo tuve la sensación de que ese momento ya lo había vivido. Un seto de chumberas me provocó una turbación inexplicable. No había nada de insólito en ese entramado de pencas cuajadas de espinas, salvo que su disposición concordaba fielmente con una imagen conservada en mi memoria.

Mi desazón fue en aumento. Una avalancha de detalles corroboraba esa impresión de estar viviendo por segunda vez un retazo de mi pasado.

La distribución de los matorrales era la misma. Por más que me afanaba en hallar uno fuera de su sitio, no lo conseguía. Otro tanto me ocurrió con los desconchados de una casucha a orillas de la carretera. Y en lo que a esta respecta, no tenía secretos para mí.

Cerré los ojos con la esperanza de que, al volver a abrirlos, se hubiese desvanecido ese espejismo.

Unas adelfas que la brisa acunaba, me hicieron dudar de mí y de todo. ¿Era el aire el que movía esos arbustos o mi precognición de los hechos?

 

 

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7

Al salir de una curva divisamos un pueblo, al que nos fuimos acercando a la velocidad adoptada por el vehículo. Varias veces perdimos de vista la población, que aparecía de repente y se ocultaba con la misma brusquedad. Las vueltas y revueltas de la carretera convirtieron nuestra llegada en un juego.

“¡Ahí está!” exclamaba Pedrote. “¿Dónde?” preguntábamos a la vez Luisa y yo. “A la derecha”.

Con un poco de suerte vislumbrábamos los tejados o una chimenea. Luego permanecíamos a la expectativa. Tan pronto como uno de nosotros atisbaba un indicio, lo pregonaba y, de confirmarse, se apuntaba un tanto. Si era una equivocación, tenía que restárselo a los ya acumulados. Si el marcador estaba a cero, se convertía en un negativo.

Por supuesto, se suscitaron discusiones a propósito de quién había sido el primero en distinguir una señal. Si Luisa se desgañitaba afirmando que había sido ella, Pedrote y yo la contradecíamos. Si era yo el que pretendía llevarse el gato al agua, Luisa y Pedrote hacían frente común.

“¿Acaso crees que somos idiotas?” “Imaginad una carrera de caballos…” “No me hagas reír. Para empezar tú no eres uno ni yo soy una yegua” “Lo enredas todo” “Lo que me faltaba por oír” “Déjame acabar porque no has comprendido”.

“No hay nada que comprender” terció Pedrote. “Así que no te molestes en hacernos comulgar con ruedas de molino”.

“¿Te das cuentas?” dijo Luisa a Carmelina que, aunque se encontraba mejor, no participaba en el juego. “Hace un momento se puso hecho una fiera porque yo no podía haber visto nada. Él, sin embargo, puede verlo todo el primero” “Ya lo tenemos calado”.

“Así no arreglamos este asunto” sentencié. Finalmente llegamos a un acuerdo: en los casos conflictivos todos nos apuntaríamos un tanto.

“¿Qué pueblo es ese?” preguntó Pedrote. “Debe de ser El Garrobo” respondió Luisa. “No” repliqué, “El Garrobo lo hemos dejado atrás. Ni siquiera hemos pasado por él. Quedó a la izquierda”.

“¿Estás seguro?” “Lo vamos a comprobar en seguida”. Pero a la entrada no había ningún rótulo con el nombre.

“Vaya, hombre” dijo Pedrote, “seguimos con la duda” “Habría que parar y tomar algo” sugirió Luisa. “Lo digo sobre todo por Carmelina. Un vaso de leche caliente le vendría bien” “Y una copita de coñac” añadió Pedrote. “No, nada de alcohol” “Primero tendremos que encontrar un bar abierto” dije.

Carmelina no intervino en ningún momento. Parecía dormida pero no lo estaba. De vez en cuando levantaba una mano y se echaba el pelo hacia atrás.

Las casas, de una sola planta, tenían dos ventanas enrejadas, una a cada lado de la puerta. Las paredes encaladas relucían.

El ruido del seíta adquirió proporciones sacrílegas en ese silencio de durmientes. Para colmo, el irregular adoquinado lo hacía saltar y estremecerse como si tuviera el mal de San Vito.

“Reduce” me indicó Pedrote. Metí la segunda, pero el coche mantuvo la misma velocidad.

Luisa, con la punta de los dedos en los labios, esperaba lo peor. Pedrote se había llevado también la mano a la boca, pero para contener la risa. “Verás tú” masculló.

Mirábamos con recelo hacia las puertas de las casas, por donde temíamos que, en cualquier momento, saliese un vecino airado o una comadre desgreñada. Por fortuna, atravesamos el pueblo y no ocurrió nada.

 

 

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6

“Es precioso” dijo Luisa. “Mira, cariño, ¿no es una maravilla?”.

Carmelina estaba demasiado débil para concentrar su atención en nada.

“Déjala que duerma un rato” propuso Pedrote. “¿Tienes ganas de dormir? Échate sobre mi hombro”.

Carmelina negó con la cabeza. Haciendo un esfuerzo añadió: “No tengo sueño” “No te preocupes, corazón. Recuéstate de todas formas, así estarás más cómoda”.

Los montes alfombrados de hierba estaban salpicados de florecillas que, en algunos lugares, formaban apretados rodetes.

Tras el baño de negrura nuestra visión se había agudizado hasta el punto de distinguir las delicadas corolas, las hojas ovaladas o lanceoladas, los tallos lisos y finos.

“¡Allí! ¡Allí!” gritó Luisa señalando con el índice un jaral. Pedrote se incorporó. También yo miré en esa dirección.

Aparte de los arbustos, ni Pedrote ni yo vimos ninguna cosa digna de tanto revuelo.

“¿Todavía no?” “Ya” anunció, triunfante, Pedrote. “¿Te refieres a esas setas?”.

En ese mismo instante, al conjuro de la palabra, las localicé. Cómo no las había descubierto antes, me pregunté con los ojos fijos en esos capuchones, algunos de los cuales estaban roídos por el borde de modo que las laminillas interiores eran perceptibles.

Cuando dejamos atrás la congregación de setas, Pedrote exclamó: “¡Fabuloso!” “Tendrías que haberlo visto” dijo Luisa a Carmelina. “¿Qué?” musitó esta.

Luisa se lanzó a una prolija explicación, pero Carmelina apenas prestaba oídos limitándose a asentir de vez en cuando.

Los parcos monosílabos no desanimaron a Luisa que se explayó en la descripción. Pedrote la interrumpió para advertirle que Carmelina podía marearse con tanto parloteo. Pero ella hizo caso omiso y, hasta que no agotó el tema, no se calló.

Cuando más adelante descubrimos en un prado varias pelotitas abolladas, Luisa se alborotó de nuevo.

“¿Qué es eso?” repetía con obstinación. “¡Ay, querido, tienes que parar! Nunca he visto nada parecido”. “Yo sé lo que es” dijo Pedrote. “Se llama…” Y quedó pensativo.

“Que pasamos de largo” “Ya lo tengo: son pedos de lobo” “¡Cómo te gusta tomarnos el pelo!”.

“Pedrote tiene razón” dije y conté que, de niño, cuando iba a casa de mi abuelo materno que vivía en una aldeíta, me distraía buscando esas esferas vegetales para pisarlas y observar la nubecilla de polvo negruzco que expelían.

Luisa, que escuchaba encantada, no podía creer que aquello fuera un hongo. “Vamos de sorpresa en sorpresa” concluyó.

La próxima fue un solitario altramuz engalanado de vainas. Y a esta sucedieron los mirtos de menudas hojas, los tersos y brillantes ranúnculos, el culantrillo, los helechos, la mejorana.

En realidad, no había que esperar a que surgiera el prodigio. Cualquier insignificancia se revestía de majestad si era contemplada cabalmente.

Los ojos sólo parecían sentirse atraídos por lo pequeño. A veces nos proporcionaban una visión de conjunto que duraba el tiempo de un relámpago. Y en seguida volvían a detenerse en la pulida superficie de una baya o en un racimo de granulosos madroños.

Los espacios abiertos les resultaban demasiado confusos. Los vastos encinares no se reducían siquiera a un solo ejemplar, sino a una plaquita abarquillada a punto de desprenderse de la corteza del tronco.

 

 

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5

Poco después la cogieron entre los dos y la colocaron de forma que pudiera respirar cómodamente. Pero Carmelina no volvió en sí y Luisa empezó a sollozar.

“Tranquilízate” le dijo Pedrote. “¿Qué vas a hacer?” pregunté. “Voy a tomarle el pulso”. Pasados varios minutos, Pedrote anunció: “No se lo encuentro”.

El llanto de Luisa, hasta entonces contenido, se disparó. “Prueba en las sienes o en el cuello” apunté. Pedrote se puso a palpar de nuevo y al cabo exclamó: “¡Ya lo tengo! Me parece que sí…”

“¿Estás seguro?” “Lo he perdido, ¡mecachis! Un momento…un momento. ¡Ya lo tengo de nuevo! Los latidos son débiles” “¡Ay, Dios mío! Debe de haber sufrido un colapso” se lamentó Luisa, “habría que hacerle la respiración artificial”.

“Tú sabes hacerla” le dije. “Sí, pero desde que era monitora de natación no practico” “Tienes que intentarlo” terció Pedrote.

“No sé si podré. Ayúdame a tenderla” “No tenemos sitio” “Cógela por las axilas” “¡Cómo pesa!” “¡Qué torpe eres! Acuéstala sobre los dos” “No cabe” “Sí, un poco ladeada”.

Al fin consiguieron colocarla en la posición que Luisa había indicado.

Las tinieblas raleaban. La mole fuliginosa se dividía y subdividía dejando espacios vacíos por los que circulaba el aire frío de la madrugada. Esas bolsas de oxígeno nos permitían respirar sin dificultad y alimentar la esperanza de una pronta salida.

La oscuridad se ramificaba adoptando la forma de una red gigantesca. O se alargaba y adelgazaba en infinidad de lianas que se entrelazaban formando una lúgubre selva tropical. A continuación se descompuso en cientos de torpedos inmóviles que, por suerte, no explotaban cuando el coche chocaba con ellos.

A estas transformaciones sucedieron otras: un bosque de columnas que se estrechaban y luego se abrían en abanico, una legión de medusas de incontables tentáculos, tulipanes, cálices, discos, animalejos de patas minúsculas y trompas descomunales, haces de flechas que se desparramaban anárquicamente, entorchados…

Estaba tan distraído que no oí la llamada de Luisa. “¡Querido! ¿Qué te pasa?” “¿Qué me pasa?” “Sí, te estoy hablando y no me haces caso. ¿Estás bien?” “Claro que estoy bien” “Entonces ¿por qué no respondes?” “¿No habéis visto nada?”.

“¿A qué te refieres?” preguntó Pedrote. “¿No habéis visto nada?” “¡Qué pesado te pones!” exclamó Luisa y añadió: “Nosotros tratando de reanimar a Carmelina y tú teniendo visiones. Luego soy yo quien tiene la fama”.

“Las tinieblas se están disipando” repliqué “¿Ya se ha repuesto Carmelina?” “Por fin te acuerdas de ella” “Se podía haber muerto y él ni siquiera se habría enterado” bromeó Pedrote.

La doliente estaba sentada de nuevo entre los dos, que la sujetaban para mantenerla derecha.

“¿Estás mejor?” le pregunté. Carmelina hizo un leve gesto afirmativo mientras Luisa le alisaba el pelo.

 

 

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4

Las tinieblas formaban una masa algodonosa que pronto nos engulliría. Delante se alzaba una muralla de oscuridad, a la que nos acercábamos inexorablemente. La carretera moría de repente a sus pies.

Había encinas que las tinieblas cortaban por la mitad, de un tajo limpio. En cuestión de minutos nos adentraríamos en ellas.

Mis compañeros de viaje estaban tan asustados que no se atrevían a hablar. Era tal el silencio que tuve la impresión de ir solo en el seíta.

Mis amigos no eran más que imágenes reflejadas en el espejo retrovisor. Tres máscaras que flotaban en el vacío.

Mi percepción del tiempo se alteró. Ansié que el coche salvara de una vez la distancia que nos separaba de ese paredón.

A lo mejor, pensé, ese trasto ruidoso no tenía la suficiente potencia para internarse en esa plasta negra y quedaba incrustado en la superficie, como un moscardón en una tarta.

Pero el coche penetró en esa mole que no opuso la menor resistencia. Y siguió rodando y traqueteando con pareja intrepidez.

Se estableció un compás de espera. Los ocupantes del asiento trasero rebulleron, pero ninguno habló.

Al cabo de unos minutos percibí que la atmósfera era más pesada. Respiraba con dificultad, pero no me atreví a bajar el cristal de la ventanilla. Conforme transcurría el tiempo, aumentaba mi ahogo. De pronto recibí un manotazo en el cuello, luego en el hombro.

Esa zarpa que me golpeaba a ciegas, acertó a cogerme por los pelos. Traté de librarme de ella, pero no había forma. Por el contrario, el tirón era cada vez más doloroso.

“¡Por todos los santos!” grité. Solté el volante y, agarrando la mano por la muñeca, me revolví. Era, como sospechaba, la de Carmelina. “¡Suéltame!”.

“Se está asfixiando” dijo Luisa. “¡Déjala!” “Que me suelte”.

Forcejeamos y escuché un gemido de Pedrote que había sido arañado o golpeado. A continuación fue Luisa quien lanzó una larguísima queja.

Por fin conseguimos reducirla. “¡Dios mío! ¡Dios mío!” gimoteaba Luisa. Yo me masajeaba el cuero cabelludo.

“Ha perdido el conocimiento” anunció Luisa. Y añadió acongojada: “Si no la atendemos, se morirá” “¿Qué podemos hacer?” dijo Pedrote.

Cuanto más se prolongaba la travesía en la oscuridad, más se intensificaban nuestros síntomas de debilitamiento, jadeando y tosiendo a menudo.

“¿Llevas los faros encendidos?” preguntó Luisa con un hilo de voz. “Si” “Entonces ¿por qué no se ve nada?” “No lo sé”.

A pesar de mi aturdimiento, advertí que el coche seguía subiendo y bajando al compás de la accidentada carretera.

Se trataba de una descomunal masa de tinieblas. El corazón, quizá, a partir del cual se desprendían porciones de diferentes tamaños.

El silencio se impuso de nuevo. Nuestras mermadas energías las invertíamos en luchar contra la modorra que nos iba ganando.

A veces, un ataque de tos me dejaba exhausto y sudoroso. En uno de esos accesos abrí la ventanilla en busca de alivio. Para mi sorpresa, una ráfaga de frescor me dio en la cara, reanimándome de inmediato.

Otro tanto les ocurrió a mis compañeros. Luisa ronroneaba de placer y, cuando se recuperó lo suficiente, se abalanzó sobre la otra ventanilla y bajó el cristal. “¡Esto es vida!” exclamó Pedrote.

Carmelina seguía inconsciente y, de momento, ninguno de sus vecinos se ocupó de ella.

 

 

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