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III
Ese peso interior gravitando incesante,
esa voz que te llama, tan cerca, tan distante,
esa zarza que alumbra, que en llamaradas arde.

La terca voluntad tratando de imponerse,
desafiando a los cielos, orgullosa, insolente.

Lo reflejan sus ojos que me miran tranquilos,
que traspasan mi carne buscando el infinito.

 

 

 

 

 

 

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9

Me preguntaba si sólo yo estaba atrapado en ese segmento espacio-temporal. Y también cuánto duraría la broma. Ese grotesco disfraz de la eternidad, ese vislumbre del infinito consistente en repetir una y otra vez los mismos gestos en un decorado inmutable amenazaban con desequilibrarme.

Me entraron ganas de reír. Primero disimuladamente y luego a carcajadas, di rienda suelta a mi hilaridad.

Me volví hacia mis amigos con los ojos llorosos por ese estallido de risa maligna y, al ver sus caras de circunstancias, se redobló mi jolgorio. Parecían estatuas. Ni el más leve tic los traicionaba.

En un arranque de rabia me puse a zamarrearlos. “¡Despertad! ¡Decid algo!”.

En cuestión de segundos conseguí revolucionarlos. Luisa empezó a gritar asustada. Carmelina no tardó en unírsele. Pedrote, desorientado, preguntaba: “¿Qué pasa? ¿Qué pasa?”.

Como se limitaban a defenderse, me apliqué a repartir mamporros. “¡Despertad! ¡Despertad!”.

“Que se esté quieto” decía Luisa sin hacer nada por evitar mis embestidas. “Pedrote, tú que tienes más fuerza, agárralo”.

Pero cuando este intentaba atraparme, la emprendía a tortazos con él.

“Yo solo no puedo. Tenéis que ayudarme” “Si lo llego a saber…” se lamentaba Carmelina.

“Tiene que ser entre los tres” insistió Pedrote. “¿Qué mosca le ha picado? ¿Por qué nos pega? ¿Qué le hemos hecho?” decía Luisa.

Mis golpes se fueron espaciando a causa del cansancio y ellos aprovecharon la ocasión para inmovilizarme.

“¿Por qué eres tan malo?” preguntó Luisa. “¿Y si ahora te sacudiésemos el polvo?” apuntó Carmelina. “Soltadme. No puedo respirar” “¿Para que empieces de nuevo?”

“No puedo respirar” repetí acezante. “¿Tuviste tú compasión de nosotros?” replicó Carmelina. “Hasta ahora nadie se había atrevido a levantarme la mano y tú te has ensañado”.

Al cabo de un rato Pedrote dijo: “No podemos seguir así todo el viaje. A ver si el remedio va a ser peor que la enfermedad”.

Carmelina y Luisa lo miraron extrañadas. “Si no lo dejamos conducir, acabaremos estrellándonos”.

Las dos mujeres vacilaron. La presión de sus manos disminuyó un poco.

“Pero si este coche sabe el camino. ¿No ves que va solo y no pasa nada?” repuso Carmelina. “Que estemos teniendo suerte, no significa que la vayamos a seguir teniendo” dijo Pedrote.

“¿Y tú qué piensas?” preguntó Carmelina a Luisa. “No sé qué pensar”.

Con la cabeza agachada, escuchaba estos dimes y diretes y recapacitaba sobre lo ocurrido. Por fin, me decidí a intervenir y les conté mi pasada experiencia, que me afectó hasta el punto de perder los estribos. Yo mismo estaba asombrado y ahora, en frío, no me explicaba esa reacción.

“Pues yo” dijo Pedrote “sigo notando esa sensación de la que tú has hablado” “Sí” confirmó Luisa, “estamos recorriendo una y otra vez el mismo tramo” “Eso es imposible” replicó Carmelina.

“Soltadme y vamos a aclarar este asunto” “¿Prometes no volver a las andadas?” “Lo prometo”.

 

 

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El cero, el infinito
La fiebre, los gusanos
Los desvanes, los sótanos,
Espejos agrietados

El vuelo de una mosca
Los ruegos, las llamadas
Las cornejas, los grajos
Las aguas estancadas

Las luces se apagaron
No iluminan los faros
Los locos se lanzaron
Al mar donde se ahogaron

Y la eterna pregunta
De todo el que vagó
Sin encontrar refugio
¿Por qué yo? ¿Por qué yo?

 

 

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