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Posts Tagged ‘refugio’

XXIV
Oh, la dulce tarea de forjar otros mundos.
El tiempo sin sentir
transcurría, volaba.

Yo no era melindroso
en cuanto a los lugares.

Mi reino era interior.
Por eso despreciaba,
en verdad ni siquiera
de ser considerada
merecedora era,
cualquier comodidad.
Una piedra, un saco me servían de asiento.

¿Qué importancia tenía esa trivialidad?
Un techo, una pared, el cielo, el horizonte,
corrales, sementeras.
De todos los lugares
en los que hemos estado en unión fraternal,
hay uno del que guardo un recuerdo especial.

Era un cuarto apartado,
en invierno sombrío, caluroso en verano,
al que me retiraba
como Santa Teresa, salvando las distancias,
cuando lo precisaba.

Ese cuarto apartado, tantas veces refugio,
culmen de mi sosiego, cifra de mi equilibrio,
es de todos, sin duda, mi rincón preferido.

 

 

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El cero, el infinito
La fiebre, los gusanos
Los desvanes, los sótanos,
Espejos agrietados

El vuelo de una mosca
Los ruegos, las llamadas
Las cornejas, los grajos
Las aguas estancadas

Las luces se apagaron
No iluminan los faros
Los locos se lanzaron
Al mar donde se ahogaron

Y la eterna pregunta
De todo el que vagó
Sin encontrar refugio
¿Por qué yo? ¿Por qué yo?

 

 

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En mi última visita no ocurrió nada digno de mención. Recorrí las galerías abovedadas, en cuyas paredes se superponían los nichos polvorientos, sin flores ni lámparas ni vasos lacrimatorios.
En esta ocasión no sentí temor. Quizá una vaga aprensión. Como un resabio de antiguas vivencias.
Con la linterna alumbraba las lápidas. Estuve inspeccionando hasta que me cansé. Es probable que el polvo gris me impidiera descubrir la que me interesaba.
Sólo después de muchos años me he atrevido a bajar de nuevo a las catacumbas. Así es como llamo ahora a ese mundo subterráneo. Entonces lo veía como un laberinto frecuentado por siniestras criaturas.
Yo trataba inútilmente de encontrar una salida. La tierra de los muros se desprendía bajo el roce de mi mano. Exploraba los recovecos. Recorría los largos pasillos que no llevaban a ninguna parte.
A veces tropezaba, pero seguía avanzando. Sólo me detenía para recuperar el aliento. Luego me ponía a andar cada vez más rápido.
Finalmente corría desatentado con una sola idea en la cabeza: escapar. Cuando no podía más, arañaba la pared que se desmoronaba con facilidad. Escarbaba y profundizaba hasta hacerme un hueco.
Y allí me incrustaba, conteniendo la respiración y albergando la esperanza de que esas criaturas no diesen conmigo.

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