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Posts Tagged ‘zarza’

 

III
Ese peso interior gravitando incesante,
esa voz que te llama, tan cerca, tan distante,
esa zarza que alumbra, que en llamaradas arde.

La terca voluntad tratando de imponerse,
desafiando a los cielos, orgullosa, insolente.

Lo reflejan sus ojos que me miran tranquilos,
que traspasan mi carne buscando el infinito.

 

 

 

 

 

 

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22

Sin más tardanza, dimos media vuelta y regresamos a mi habitación. Mi madre me había atado las botas con tantas ganas que ahora no podía desanudarme los cordones. Por fin, con un suspiro de alivio, logró quitarme la primera bota. Como estaba de mal humor, no se agachó para dejarla en el suelo sino que la soltó.

En Las Hilandarias los niños calzaban botas con tachuelas o remaches de hierro en la punta de las suelas. Se podría afirmar que herraban a la infancia.

El efecto al andar era chusco. Resbalábamos fácilmente en el adoquinado o en el cemento de las aceras. Salvo la tierra, cualquier superficie pulida era un peligro. Esta circunstancia nos obligaba a ser conscientes de cada uno de nuestros movimientos.

Luego, lo quisieras o no, el choque de los refuerzos contra el pavimento producía un ruido metálico semejante al de las caballerías. Un martilleo que delataba nuestra presencia.

Mi madre, siempre tan cuidadosa, como estaba irritada, olvidó ese detalle y la bota rechinó en el enlosado. Ese sonido le daba dentera. Su corajina aumentó responsabilizando del percance a la lazada que ella misma había hecho.

Ese tintineo puso punto final a mi breve escapada y a la difteria, de la que estaba convaleciente.

La enfermedad empezó como una faringitis. Y ese fue el primer diagnóstico, al que el médico quitó importancia. Pero mi situación se complicó pronto con fiebres altas y las primeras dificultades respiratorias.

Me contaron que estuve en un tris de morir asfixiado. En las crisis de ahogo me arqueaba y retorcía para tragar un sorbo de aire. Extraños silbidos salían de mi pecho. Tenía los labios resecos y agrietados. Y estaba escuálido.

A través del vaho de los cristales eran visibles los hilos de agua, ninguno de los cuales descendía en línea recta. En conjunto, formaban complicados arabescos, extrañas runas que se renovaban sin descanso.

Dada mi situación de inmovilidad, me distraía tratando de desentrañar el arcano lenguaje de la lluvia.

Me sobresalté cuando un tallo largo y delgado golpeó el parabrisas. Supuse que cerca había una zarza. Pero no corría viento. Lo que quiera que fuese se retiró. Me convencí de que ese latigazo había sido fruto de mi imaginación.

Al poco tiempo, doblemente paralizado por el accidente y por la angustia, observé que hacia el coche avanzaba una maraña de ramas finas y flexibles, como si una zarza gigantesca pretendiera envolverlo.

Empapado en sudor, con el corazón desbocado, me percaté de que ese avieso arbusto quería camuflar al Mercedes para impedir que fuera descubierto y yo pudiera ser rescatado.

Los vástagos sin hojas ni espinas se acercaban desde todas partes. Pero tan pronto como llegaron, empezaron a retroceder, limitándose a rozar la carrocería, a fustigarla apenas.

 

 

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