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Posts Tagged ‘ojos’

 

III
Ese peso interior gravitando incesante,
esa voz que te llama, tan cerca, tan distante,
esa zarza que alumbra, que en llamaradas arde.

La terca voluntad tratando de imponerse,
desafiando a los cielos, orgullosa, insolente.

Lo reflejan sus ojos que me miran tranquilos,
que traspasan mi carne buscando el infinito.

 

 

 

 

 

 

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XIII
Don Juan no está de buenas, ahora qué hemos hecho
o dejado de hacer. Tiene el ceño fruncido,
la barba enmarañada.

Sus ojos iracundos
se posan en nosotros, nos taladran sin ver.
Vaya enfado tremendo ha pillado esta vez.

Se da cada tirón de la barba el maestro
que nos tiene el terror metido en el cuerpo.

Mesándose la barba don Juan en el estrado,
echando chiribitas, los ojos entornados.

Los niños meditando la vital solución
antes que se produzca la fatal explosión.

 

 

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                                        8
Dando pesados aletazos, el murciélago avanzaba en dirección a nosotros.
En Maweli los llaman zorros voladores. Aunque no son tan grandes como estos animales, hay que reconocer que les falta poco.
A medida que se acercaba, su cara se fue perfilando hasta el punto de que pude apreciar a simple vista todos sus rasgos.
Tenía dos grandes orejas rematadas en punta y un hocico que, en efecto, recordaba el de un zorro o un perro. Y unos colmillos de un blanco luminoso. Y ojos enrojecidos, como los de un insomne.
Su vuelo era incierto, pero no había duda de que nosotros éramos su objetivo.
Mascullé que estos animales eran inofensivos. Que no se sabía de ningún caso en que hubiesen atacado a una persona.
El murciélago se puso a revolotear por encima de nuestras cabezas. Yo observaba con aprensión creciente sus idas y venidas.
¿Y si detrás de éste venían más? Desde luego, no pensaba quedarme para comprobarlo.
No me atrevía a desviar la mirada del orejudo, cuyas pasadas eran cada vez más bajas, por temor a que, en un descuido, nos atacase.
Cuando esa careta flotante, en la que sólo distinguía dos ojos sanguinolentos y dos colmillos de inmaculada blancura, alcanzó el punto más lejano antes de dar la vuelta, decidí que era el momento de escabullirse.
Al ir a coger a Raúl por el brazo, creyendo que estaba a mi lado, descubrí que el niño estaba en medio de la plataforma.
Grité azorado que teníamos que regresar al coche sin tardanza.
El niño me miró impasible. Luego, cogió su pistola de juguete que tenía metida en la correa del pantalón. Sosteniéndola con ambas manos, apuntó al murciélago, esperó a que se acercara lo suficiente y disparó.

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