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3

Luisa susurró algo pero con el ruido del coche nadie se enteró de nada.

“¿Qué ha dicho?” se interesó Pedrote inclinándose sobre su vecina que lo despidió de un empujón. “No te eches encima” “Bueno, bueno” “Ni bueno ni malo”.

Luisa masculló otra frase ininteligible. “Habla más alto” dije.

Por fin, articuló con nitidez: “No tiene cabeza”. Pedrote contuvo una risotada. “¿Quién no tiene cabeza?” “El ocupante del asiento delantero” “Pero si ese asiento está vacío” objetó Carmelina.

No hice ningún comentario. Desde el principio del viaje había advertido una presencia extraña a mi lado.

La declaración de Luisa surtió efecto y Carmelina dejó de hostigarme. Pedrote se limitó a apostillar: “Si lo dices tú…”.

Nos adentrábamos en la sierra. Tuve que redoblar mi atención. A las corrientes de oscuridad había que sumar la estrechez y la sinuosidad de la carretera.

Cruzamos un pueblo con una sola calle. Delante de las casas había arriates de geranios. No soplaba una gota de aire. Dejamos atrás la iglesita rematada por una espadaña y seguimos nuestro viaje.

El zumbido del motor se intensificó cuando empezamos a subir una cuesta empinada. Al coronarla el coche mantuvo la misma aceleración pero dejó de avanzar.

“¿Qué pasa ahora?” preguntó Pedrote. Las encinas venían a nuestro encuentro y nos sobrepasaban por ambos lados. Los mandos del seíta, incluido el volante, no me respondían.

“Haz algo” dijo Luisa. Pero yo estaba hipnotizado viendo cómo, a derecha e izquierda, el campo giraba perezosamente como dos discos gigantescos.

 

 

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2

“¿Qué haces?” gritó Luisa “¡Nos vas a matar!” A Pedrote le divertían los vaivenes y se echaba con más ímpetu de la cuenta sobre Carmelina que transmitía la presión sobre Luisa. “Por favor, por favor” gemía.

Carmelina, que parecía haberse acostumbrado al zumbido del motor, se había agarrado a los espaldares delanteros para mitigar los empellones. A cada arremetida de Pedrote se ponía a protestar pero sin acalorarse demasiado.

“¡Para! Yo me bajo ahora mismo. No aguanto más” dijo Luisa lastimeramente, “me están estrujando” “Él tiene la culpa” dijo Carmelina “¿Yo?” preguntó Pedrote. “Tú no. Ese” “Deja de jugar con el coche, cariño” me rogó Luisa. “Como él va tan a gusto…” “No le importa, claro. ¿Por qué haces eso? Me duelen los hombros, y el pecho también”.

“Respira hondo” le sugerí. “Pero ¿por qué haces eso?” insistió Luisa. “Lo hago para evitar los baches” “¿Qué baches?”.

La superficie de la carretera estaba tersa. No tenía sentido que siguiera conduciendo en zigzag.

Marchamos un rato en silencio. Hilachos de negrura se entrelazaban con los matorrales o colgaban de los alambres de espino. Las corrientes de oscuridad atravesaban el cielo con lentitud. A veces ocultaban la cima de un monte que quedaba truncado. O se cernían sobre las copas de los árboles como un lúgubre dosel.

Carmelina aspiró el aire con dificultad al tiempo que empujaba con los codos a sus vecinos para procurarse más espacio.

“¿Qué te pasa?” “Estoy muy estrecha” “Estamos muy estrechos” rectificó Pedrote que había colocado los brazos entre las piernas. “Él no habla” dijo Carmelina, “como va bien ancho”.

Lancé una fugaz mirada al otro asiento delantero que estaba desocupado. Apretando el volante con las manos, repuse: “Lo siento, pero…” y dejé la frase sin terminar porque no se me ocurría nada.

“¿Que lo sientes? Lo sentirías si estuvieras aquí detrás, sin poder moverte” Carmelina siguió pinchándome, pero yo no encontraba la forma de hacerle comprender que no podía invitarla, ni a ella ni a los otros dos, a sentarse a mi lado. Sabía que de un momento a otro explotaría. De momento, se estaba limitando a manifestar su enojo con su habitual acritud.

“Por culpa de este grandullón” prosiguió “vamos como sardinas en lata. Debería pasar delante” Luego, dirigiéndose a Luisa, añadió: “No hay derecho. Todavía quedan muchos kilómetros y yo no estoy dispuesta a ir así hasta que lleguemos a Aracena. No sé lo que piensas tú, pero tendríamos que hacer algo”.

Luisa no respondió nada. La situación se estaba poniendo violenta. De vez en cuando giraba la cabeza y contemplaba el asiento vacío. Decidí aguantar. El asfalto relucía. Había miríadas de puntos que lanzaban destellos.

Carmelina la emprendió de nuevo. “Por favor” musité, y eso fue suficiente para que se alterase todavía más.

“No te enfades” dijo Pedrote, y más le hubiese valido no haber terciado. La irritación de Carmelina subió de punto y empezó a insultarlo. Lo llamó repetidas veces huevón y calzonazos.

“No la tomes conmigo” replicó Pedrote sin darse por ofendido. Carmelina siguió despotricando. Aunque esta reacción no me sorprendía, nunca la había visto tan fuera de sí.

Sólo Luisa podía atajar ese ataque de cólera. Le pedí que interviniese, pero no respondió. Orienté el retrovisor y la vi rígida. Su ritmo respiratorio era imperceptible. Tenía tensos los músculos del cuello. Sus ojos claros estaban fijos en el asiento delantero derecho.

Las cunetas hervían de tinieblas y el terreno era cada vez más accidentado.

Luisa movió los labios. Empezaba a salir del trance en el que se había sumido. Carmelina se había callado, pero bastaba mirar su cara para percatarse de que seguía enrabietada. Pedrote, aprovechando este paréntesis de paz, se puso a dormitar.

Luisa se llevó una mano al pecho y parpadeó. Luego suspiró y se humedeció los labios con la lengua. Carmelina dio un codazo a Pedrote que, en su sopor, se había recostado sobre ella.

 

 

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1

¿Por qué hacía tanto ruido ese maldito trasto? Un zumbido intenso perforaba los tímpanos y se clavaba en el cerebro.

“Esto parece un avión” gritó Luisa.

Pedrote sofocó una carcajada y puntualizó: “Un avión a reacción a punto de despegar”.

Carmelina, que se había tapado las orejas con las manos, no dijo nada. Se limitó a levantar la cabeza y mirar al frente.

“¡Ay, querido, esto es insoportable!” se lamentó Luisa. Y añadió: “¿Tú no tenías otro coche?”.

En efecto, ese que conducía no era el mío. “Sí” respondí. “¿Cómo?” “Que sí” “Es que no me entero”.

A través del espejo retrovisor vi a Pedrote con el índice extendido señalando a Carmelina, que había agachado la cabeza. Luisa, enternecida, le echó un brazo por encima de los hombros y exclamó: “¡La pobre!”.

Luego, separándole la mano que tenía pegada a la oreja derecha, le susurró algo. Carmelina asintió.

“¿Qué le pasa?” preguntó Pedrote. “Nada” Tras dudar un momento rectificó: “Está asustada”.

Las vibraciones del motor se habían concentrado en el volante que temblaba como un azogado. “No corras” dijo Pedrote soltando una risita de conejo.

Yo no había pisado el acelerador, pero era verdad que el coche marchaba más aprisa. Luisa, alterada, intervino también: “Te lo suplico: no hagas locuras. Más vale llegar tarde que no llegar”.

Fui a explicarles que el aumento de velocidad se debería a que estábamos bajando una cuesta. Pero una corriente de oscuridad nos envolvió y no despegué los labios.

Por más que aguzaba la vista, no distinguía siquiera el morro del seíta. Instintivamente pulsé el limpiaparabrisas. Las escobillas barrieron el cristal una y otra vez sin disipar en lo más mínimo las tinieblas.

Por fortuna, no había tráfico a esa hora. Esto me tranquilizó, pues la colisión estaba asegurada si viniese un vehículo de frente. Aunque también podía ocurrir que nos saliésemos de la carretera y nos estampásemos contra un árbol o nos despeñásemos. No hice ningún comentario. Por el silencio de mis compañeros deduje que ya estaban bastante atemorizados.

El coche mantenía un ritmo uniforme hendiendo sin esfuerzo la oscuridad. Lo que no dejaba de causarme asombro.

Conforme avanzábamos, las sombras se iban dividiendo en múltiples brazos a través de los cuales se divisaban las estrellas.

La noche tenía una tonalidad azul prusia. Las siluetas de las encinas se recortaban con la precisión de un buril.

Un profundo suspiro me indicó que también mis amigos empezaban a relajarse. Pedrote lanzó un silbido y me felicitó por mi destreza.

“No quiero ni pensar que otro banco de negrura como este se cruce en nuestro camino” dijo Luisa con la voz distorsionada por la emoción.

Era la primera vez que nos metíamos de lleno en una masa de tinieblas. Y la primera vez que aparecían en tal cantidad. Antes habíamos observado retazos de negrura enrollándose, a la manera de gigantescas serpentinas, en las ramas de los árboles. O rebosando por encima de una cerca y cubriendo parcialmente la cuneta.

Todos nos hacíamos la misma pregunta aunque ninguno se atreviese a formularla en voz alta: ¿por qué habíamos salido tan temprano?

No debía de faltar mucho para que amaneciese, pero todavía era noche cerrada.

Ante nosotros se extendía la carretera salpicada de manchas oscuras que confundí con baches. Traté, pues, de esquivarlas, pero eran tan numerosas que, con los bruscos virajes, sólo conseguí alborotar a los ocupantes del asiento trasero.

 

 

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                                        V
Lo arreglé por teléfono. No se me ocurrió avisar a mi madre. No tenía la intención de visitarla y verme en el compromiso de tener que dar explicaciones engorrosas o mentir.
Sabía también que intentaría convencerme de que me quedase todo el fin de semana. Yo quería regresar a Sevilla en cuanto acabase.
Hacía un buen rato que había oscurecido. Dejé el coche en el ensanche de la Atarazana, junto al Ford Fiesta blanco de Josefito, que vive allí cerca.
Estaba irritado. Por un motivo o por otro, siempre acababa recalando en Las Hilandarias. Pero, por mucho que rezongase, tenía que rendirme a la evidencia de que aquí la realidad tenía un espesor del que carecía en cualquier otra parte. En otros lugares era como si la vida no llegase a cuajar.
Había que andar un trecho, luego girar a la izquierda a la altura del caserón de los Méndez y subir por la Costanilla hasta la Orujera.
Este barrio es el más antiguo del pueblo. Lo forma un entramado de calles mal empedradas y de trazado irregular. Las casas son achaparradas, aunque casi todas tienen soberados o camaranchones, como revelan los ventanucos superiores de sus fachadas.
Cogí por la calle Deanes, que se curva y desemboca en la plazoleta del Buen Pastor, adonde tenía que ir en primer lugar.
Antaño la molienda de la aceituna se realizaba en este barrio. Todavía se conservan algunas almazaras, con sus prensas y sus tinajas panzudas en las que se almacenaba el aceite. En la vía pública quedan restos en forma de canalillos, ennegrecidos y deteriorados, que servían de cauce al alpechín.
Mientras caminaba sin prisa, creí percibir el olor a aceitazo que, en otro tiempo, impregnó la Orujera. Tras tantos años, ¿seguían flotando en el ambiente esos efluvios densos o eran imaginaciones mías?
Me detuve a la entrada de la plazoleta del Buen Pastor, que es un espacio trapezoidal en donde confluyen tres calles. En ese rincón se acrecentaba la sensación de soledad, palpable en todo el barrio.
Casi todos sus habitantes son personas mayores que, una vez anochecido, se encierran en sus casas hasta el día siguiente.
La Orujera se está despoblando a ojos vista. Durante los meses de invierno aumentan las defunciones.
Aunque en Las Hilandarias las mujeres sobreviven a los hombres, en la Orujera esta tendencia es más acusada. De hecho, es considerado un barrio de viejas. Yo iba a hablar con una de ellas.
En el centro de la plazoleta hay un pedestal con una cruz afiligranada. Una verja cuadrangular lo rodea, delimitando un arriate donde crece la hierba.
Desde la esquina, donde estaba parado, podía ver el deslucido azulejo que decora una de las caras del pedestal. Un joven con una túnica corta de color carmesí y una aureola amarillenta lleva sobre sus hombros un cordero sujeto por las patas. En bandolera le cuelga un zurrón.
La pieza de cerámica está enmarcada en un cordoncillo azul, que es también, aunque más desvaído, el color de fondo de la composición.
A la izquierda, sobresaliendo de las techumbres de tejas morunas y de los caballetes ondulados, se alza el muro de la capilla, reforzado por dos contrafuertes.
Esta capilla fue una sinagoga, más tarde cristianizada y puesta bajo la advocación del Buen Pastor. No está situada en la plazoleta del mismo nombre, sino en una calleja cercana llamada de Tundidores.
Crucé la plazoleta y me dirigí a una de las casas que, como las otras, estaba cerrada a cal y canto. Desde el exterior no se apreciaba el más leve rastro de luz.
La aldaba de la puerta estaba envuelta en un trapo de forma que, cuando golpeé con ella, produjo un sonido apagado.
Faustina tenía el pelo blanco y estaba tan encorvada que apenas podía levantar la cabeza.
Vivía sola. Por la noche se quedaba con ella su nieta Luisa, que es con quien hablé por teléfono.
Luisa no había llegado todavía. La anciana no sabía dónde estaba ni cuándo vendría.
Aunque no hacía frío, Faustina estaba arrebujada en una toquilla negra. Metió una mano en un bolsillo de su delantal y sacó una llave de considerable tamaño, que me alargó. Luego cerró la puerta y echó el cerrojo.

 

 

 

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