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Posts Tagged ‘Casino Cultural’

20

Me hormigueaban los pies y la sangre bullía en mis venas. Casi sin darme cuenta también yo empecé a marcar unos tímidos pasos de baile.

A pesar de mi total ignorancia, de mi torpeza y de mi temor al ridículo, cada vez me resultaba más difícil resistir la llamada de la música.

A mi alrededor todo el mundo, tarde o temprano, hacía una demostración de su talento por menguado que fuese.

La mayoría no tenía idea de ballet, pero eso no era óbice para que se dejase llevar por la inspiración del momento. Si los demás se atrevían, ¿por qué yo no?

La música con resonancias de vals fue ganando intensidad hasta desembocar en un “tutti” que desencadenó una furia danzante.

Sin pensarlo más me puse a girar como una peonza y, probablemente, con pareja velocidad. Al cabo de poco tiempo tuve que parar. Di unos cuantos traspiés y busqué apoyo en una columna.

Yo no era el único que estaba mareado o cansado. Abanicándose había bastantes socios sentados. Pero la fiesta continuaba.

Me extrañó descubrir que no todos participaban en ella. Recostado en la pared había un adolescente taciturno. Iba tocado con una gorra de marino. No sólo se mantenía al margen sino que su actitud traslucía su reprobación. ¿De qué podía acusarnos? ¿Y por qué se erigía en juez?

Si la jovialidad reinante le disgustaba, si el comportamiento de los presentes le resultaba grotesco, si su veredicto era condenatorio, ¿por qué seguía allí?

Me pasé la mano por la frente, sorprendido del discurso interior que había suscitado la vista de un muchacho de aspecto huraño.

Su retraimiento podía tener una causa banal y yo le había dado una incisiva dimensión crítica.

En el escenario las bailarinas componían arabescos y otras filigranas. El espectáculo empezó a hastiarme. Los socios se repetían. El patio se había convertido en una olla de cigarrones compitiendo entre sí por llegar hasta el techo. Decidí salir a la calle para despejarme.

Al apartar el cortinaje de terciopelo estuve a punto de chocar con una mujer que se disponía a entrar realizando una pirueta. Gracias a su ligereza consiguió evitar el encontronazo.

El mérito de que no se produjera el accidente era todo suyo. Yo me había quedado como un pasmarote.

“¡Qué alegría volver a verte!” exclamó. “¿Eres tú?” “¿Quién si no?”

Estaba desconcertado. No acababa de creer que esa mujer fuese Amparo Barrios. La recordaba como a una niña pazguata.

“Eres la última persona que esperaba ver aquí” “La vida depara sorpresas” “Estás muy cambiada” “¿De veras?” dijo llevándose a los labios una boquilla nacarada.

Me preguntaba cómo había podido producirse una transformación tan grande.

“¿Tienes fuego?” “He perdido el mechero” respondí tras rebuscar inútilmente en mis bolsillos. “En ese caso no fumaré”.

La mente se me quedó en blanco. “Y pensar que estuve enamorada de ti. Ahora no me quitas los ojos de encima. Entonces no me hacías caso” “Disparatas” “Salvo cuando no te salían los problemas” “Pero si las matemáticas no se te daban bien” “Un poco mejor que a ti”.

“Sí, me estoy acordando de aquella vez que me sacaron a la pizarra para resolver una ecuación copiada de ti. Te habías confundido hasta sumando. El profesor se llevó haciendo chistes a mi costa el resto del curso” “¿Y me reprochas eso?”.

“Eso es agua pasada. ¿Has venido sola?” “He venido con mi marido y mi hijo”.

Crucé el vestíbulo y los encontré a la puerta del Casino. Sintiendo todavía en mis espaldas la mirada de Amparo, saludé a su cónyuge que estaba abstraído en sus pensamientos. Sólo salía de su estado meditativo cuando el niño rebullía o pataleaba en el cochecito. Mis preguntas corteses fueron despachadas con displicencia. A la vista de esa actitud puse fin al paripé.

 

 

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19

Tres potentes chorros de luz cruzaban el escenario. De vez en cuando uno de los focos daba una rápida pasada por el patio, iluminando durante unos segundos los atentos rostros de los asistentes.

Se oyó un redoble de tambor y se hizo el silencio. En el tablado habían tendido un alambre de un extremo al otro, a varios metros de altura.

Apagaron dos focos. El tercero encuadró al funámbulo que sostenía un balancín. Cuando cesó el redoble, el acróbata se lanzó a recorrer el alambre con ágiles pasos. A mitad de camino se detuvo manteniendo el equilibrio durante un tiempo interminable. Sólo el contrapeso oscilaba ligeramente.

Era asombroso ver a ese hombre suspendido en el aire, controlando sus músculos y sus nervios, convocando nuestras miradas, como si de nuestra tenacidad visual dependiera el éxito de la función.

Enderezándose, el funámbulo alcanzó la otra punta. El público prorrumpió en aplausos y el artista saludó antes de desandar el alambre, esta vez sin pararse.

Unos cuantos espectadores subieron al escenario y, al son de un pasodoble, se quitaron la chaqueta y empezaron a hacer cabriolas.

Daban volteretas en todas las direcciones. Aunque el choque parecía inevitable, se las arreglaban para eludirlo en el último momento.

Causaba regocijo contemplar la habilidad de esos gimnastas que andaban cabeza abajo y daban saltos mortales. Uno de ellos se llevó un buen rato apoyado en una sola mano.

Al final formaron una torre humana; el que la coronó estuvo agitando una bandera el tiempo que sonaron los aplausos.

Antes de que se deshiciera esa efímera construcción, otra remesa de hombres y mujeres que vestían un maillot granate adornado con lentejuelas doradas, se adueñó de las tablas.

Encaramándose con pasmosa destreza al pedestal, se arrojaban al vacío con los brazos abiertos, siendo recogidos por sus compañeros que los mecían antes de depositarlos en el suelo.

El plato fuerte lo constituían las contorsiones. Todos simultáneamente se despernancaron provocando la consternación del público. Luego empezaron a retorcerse sin que esto pareciera conllevar ninguna dificultad. Se anudaban y desanudaban componiendo insólitos asanas. Sin embargo, lo más asombroso era que tras estos ejercicios los cuerpos recuperasen su forma.

Por último se repartieron en dos círculos concéntricos. Los de dentro se agacharon y los de fuera permanecieron de pie. Siguiendo una complicada técnica se entrelazaron de modo que el resultado fue un animal no registrado por ninguna mitología. Un híbrido de hidra y ciempiés, de deidad védica y balón de fútbol.

Un oportuno apagón de los focos disipó los efectos del hechizo. Cuando los encendieron de nuevo, los componentes de la bola humana se hallaban en el borde del escenario.

Tras la cerrada ovación se escucharon unos alegres compases y el tablado se llenó de bailarines con camisas de mangas anchas, chalecos bordados y pantalones ceñidos con cordones a la pantorrilla o faldas de amplios vuelos. Medias blancas y zapatos negros de charol completaban el atuendo. Ellas lucían también diademas multicolores.

Cogidos de la mano, compusieron un corro que giraba ya hacia la izquierda ya hacia la derecha. Sin dejar de marcar los pasos se dividieron en grupos de cuatro. Con los brazos extendidos, tocándose la punta de los dedos, prosiguieron dando vueltas.

Sobre el pedestal habían plantado un mástil del que pendían largas cintas azules, rojas, amarillas, rosas, verdes… Al ritmo que marcaba la música, los danzantes se apiñaron a su alrededor y enseguida se separaron de un salto dando un grito de júbilo. Cada uno tenía una cinta que enarbolaba triunfante.

Al principio evolucionaban lentamente, rotando en dirección contraria cada vez que cambiaban la cinta de mano. Pero la tonada iba adquiriendo una cadencia más viva que era reflejada por los bailarines.

Al cabo de pocos minutos se desplazaban a gran velocidad en torno al mástil a la par que, cruzando y descruzando las cintas, entremezclándolas, haciéndolas ondear, componían vertiginosas figuras.

Lo estaba pasando en grande. Los socios de Casino estaban exultantes. Su buen humor era contagioso.

Cuando acabó este número, se oyó música clásica y muchas personas, tras hacer un hueco apartando sillas y mesas, se pusieron a andar de puntillas. En el escenario muchachas con vaporosos tutús de muselina se movían con mucha más gracia.

 

 

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18

Debían de estar celebrando una fiesta. Me picó la curiosidad y, aunque sospechaba que a la entrada habría un portero con gorra de plato y gesto adusto, decidí probar suerte.

Pero no había cancerbero. Me aventuré entonces por el vestíbulo, recelando que en cualquier momento alguien se acercase para preguntarme si estaba invitado.

Avancé hacia la cancela, tras la que colgaba un cortinaje de terciopelo rojo que se hallaba descorrido en parte. De vez en cuando me paraba y observaba el zócalo o el artesonado.

A mi lado pasaban alegres parejas sin prestarme atención. Incluso un petimetre estuvo a punto de tropezar conmigo.

Metí las manos en los bolsillos de mis vaqueros y crucé la cancela. Lo único que podía ocurrir era que me echasen.

No era un salón, como pensé cuando estaba fuera, sino un patio porticado y cubierto por una montera. Las columnas y las losas eran de mármol blanco. El bar estaba a la derecha. En mitad del patio había un tablado redondo con un pedestal de mediana altura en el centro.

Los altavoces desgranaban los compases de una canción de moda.

Me acordé de Luisa, Carmelina y Pedrote. Tal vez, tras pasear por el pueblo, habían llegado a la plaza y, al igual que yo, habían sido absorbidos por la fiesta.

Escruté a la alborozada concurrencia sin lograr localizarlos. Lo mejor sería dar una vuelta.

Esquivando a jóvenes parejas que charlaban y reían, llegué al abarrotado bar.

Este ocupaba una espaciosa habitación que comunicaba con el patio a través de dos puertas. Las paredes estaban tapizadas y decoradas con espejos de molduras doradas. Tras la barra había varios camareros con pajarita que acudían raudos cuando un cliente levantaba un dedo.

Me deslicé sobre la mullida moqueta y salí por la otra puerta.

Al volver al patio advertí un mayor bullicio. La gente parloteaba más alto y un foco barría el escenario. Me situé discretamente junto al cortinaje rojo.

Un hombre enjuto con un frac de fantasía subió al escenario, se quitó la chistera e hizo una reverencia que el público respondió con una cerrada ovación.

El presentador alzó una mano y luego, alargando los brazos, entró en materia.

“Tenemos que agasajar como es debido a nuestros huéspedes de honor. Nosotros sabemos cómo hacerlo y lo vamos a demostrar enseguida. Pero antes de que empiece el espectáculo, voy a hablaros brevemente de estos simpáticos visitantes”.

Contuve la respiración, pero de inmediato rechacé la ridícula idea que me cruzó por la cabeza.

“Estos aguerridos jóvenes han realizado una peligrosa travesía y vamos a compensarlos, aunque sea modestamente, por las fatigas pasadas. La carretera de Sevilla a Aracena está jalonada de trampas y de difíciles pruebas que ellos han superado. No vale la pena extenderse sobre este particular que todos conocéis.

“Sólo me queda añadir, atribuyéndome la representatividad de los presentes, que cada uno de nosotros se siente hermanado con estos viajeros”.

Un fuerte aplauso rubricó el discurso. El amojamado portador del frac se inclinó a la par que describía un amplio arco con el sombrero, e hizo mutis.

 

 

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17

Conforme me alejaba, me iba apaciguando. El encuentro con García Silva me había desazonado.

En realidad no habíamos sido amigos a pesar de vivir cerca uno de otro. Nuestras relaciones se habían limitado a un cruce de saludos y al intercambio de algunas frases.

Era un niño que no se integró en ninguna pandilla, y que no participaba en los juegos.

Aunque hacíamos chistes a su costa, nos guardábamos de burlarnos de él en su presencia, sobre todo a raíz de un lamentable incidente.

Uno de los chavales, que se las daba de gracioso, se dirigió en una ocasión a García Silva llamándolo “esparraguera”. No obtuvo respuesta. El provocador tomó nota de esta reacción y esperó el momento propicio de volver a la carga.

Mientras tanto, no se privaba de ridiculizar a García Silva. Nunca se refería a él por su nombre sino por un mote. El Cara-coliflor era su preferido.

Ese día teníamos un examen que pocos habían preparado. El profesor tardaba en llegar.

“Seguro que ese espantapájaros saca un diez” dijo el niño en voz alta. El aludido no se dio por enterado.

Los que estaban al lado del gracioso lo incitaron a que fuese a preguntarle si había estudiado. Primero se negó, pero los otros insistieron argumentando que no iba porque le daba miedo.

El niño menudo de pelo rizoso se puso gallito y, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón, se acercó al pupitre de García Silva que se puso en pie antes que el enviado llegara. Sus rasgos se habían endurecido.

Iba el chistoso con una sonrisilla en los labios. “Esos payasos creen que tú muerdes” dijo marcando las eses. “Queremos saber…”

Un puñetazo en pleno rostro dejó la frase inacabada. El chulillo trastabilló sin caer al suelo.

La respiración de García Silva era entrecortada y había enrojecido violentamente, dispuesto a seguir la pelea.

El niño bajito, que sangraba por la nariz, sólo atinó a musitar: “Estás loco”.

A pesar del tiempo transcurrido, recordaba este incidente con todo detalle.

La bóveda celeste arrojaba una luz que volvía irreales las solitarias calles por donde pasaba. Para comprobar que no eran un decorado, palpé la superficie de una pared.

Cuando llegué al centro del pueblo, quedé sorprendido por el cambio.

Alrededor de la plaza se alzaban grandes casas con balcones corridos, cenefas de azulejos y miradores coronados por piñas de cerámica. En los parterres florecían los rosales y los naranjos estaban cargados de azahar.

Entré en ese animado ámbito y deambulé por él mezclándome con la gente.

Me sentía como gallina en corral ajeno. Era obvio que desentonaba en ese conjunto de distinguidos paseantes. Los hombres iban trajeados y las mujeres lucían elegantes vestidos y zapatos de tacón alto.

Por suerte nadie parecía reparar en mí. Estaban ocupados en hablar entre ellos o en andar cogidos del brazo. La atildada concurrencia se renovaba continuamente.

Ese río humano que se dispersaba por la fragante rosaleda, nacía en una casona con grandes ventanales. Sobre el dintel de la puerta se leía: CASINO CULTURAL.

 

 

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