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Me hormigueaban los pies y la sangre bullía en mis venas. Casi sin darme cuenta también yo empecé a marcar unos tímidos pasos de baile.

A pesar de mi total ignorancia, de mi torpeza y de mi temor al ridículo, cada vez me resultaba más difícil resistir la llamada de la música.

A mi alrededor todo el mundo, tarde o temprano, hacía una demostración de su talento por menguado que fuese.

La mayoría no tenía idea de ballet, pero eso no era óbice para que se dejase llevar por la inspiración del momento. Si los demás se atrevían, ¿por qué yo no?

La música con resonancias de vals fue ganando intensidad hasta desembocar en un “tutti” que desencadenó una furia danzante.

Sin pensarlo más me puse a girar como una peonza y, probablemente, con pareja velocidad. Al cabo de poco tiempo tuve que parar. Di unos cuantos traspiés y busqué apoyo en una columna.

Yo no era el único que estaba mareado o cansado. Abanicándose había bastantes socios sentados. Pero la fiesta continuaba.

Me extrañó descubrir que no todos participaban en ella. Recostado en la pared había un adolescente taciturno. Iba tocado con una gorra de marino. No sólo se mantenía al margen sino que su actitud traslucía su reprobación. ¿De qué podía acusarnos? ¿Y por qué se erigía en juez?

Si la jovialidad reinante le disgustaba, si el comportamiento de los presentes le resultaba grotesco, si su veredicto era condenatorio, ¿por qué seguía allí?

Me pasé la mano por la frente, sorprendido del discurso interior que había suscitado la vista de un muchacho de aspecto huraño.

Su retraimiento podía tener una causa banal y yo le había dado una incisiva dimensión crítica.

En el escenario las bailarinas componían arabescos y otras filigranas. El espectáculo empezó a hastiarme. Los socios se repetían. El patio se había convertido en una olla de cigarrones compitiendo entre sí por llegar hasta el techo. Decidí salir a la calle para despejarme.

Al apartar el cortinaje de terciopelo estuve a punto de chocar con una mujer que se disponía a entrar realizando una pirueta. Gracias a su ligereza consiguió evitar el encontronazo.

El mérito de que no se produjera el accidente era todo suyo. Yo me había quedado como un pasmarote.

“¡Qué alegría volver a verte!” exclamó. “¿Eres tú?” “¿Quién si no?”

Estaba desconcertado. No acababa de creer que esa mujer fuese Amparo Barrios. La recordaba como a una niña pazguata.

“Eres la última persona que esperaba ver aquí” “La vida depara sorpresas” “Estás muy cambiada” “¿De veras?” dijo llevándose a los labios una boquilla nacarada.

Me preguntaba cómo había podido producirse una transformación tan grande.

“¿Tienes fuego?” “He perdido el mechero” respondí tras rebuscar inútilmente en mis bolsillos. “En ese caso no fumaré”.

La mente se me quedó en blanco. “Y pensar que estuve enamorada de ti. Ahora no me quitas los ojos de encima. Entonces no me hacías caso” “Disparatas” “Salvo cuando no te salían los problemas” “Pero si las matemáticas no se te daban bien” “Un poco mejor que a ti”.

“Sí, me estoy acordando de aquella vez que me sacaron a la pizarra para resolver una ecuación copiada de ti. Te habías confundido hasta sumando. El profesor se llevó haciendo chistes a mi costa el resto del curso” “¿Y me reprochas eso?”.

“Eso es agua pasada. ¿Has venido sola?” “He venido con mi marido y mi hijo”.

Crucé el vestíbulo y los encontré a la puerta del Casino. Sintiendo todavía en mis espaldas la mirada de Amparo, saludé a su cónyuge que estaba abstraído en sus pensamientos. Sólo salía de su estado meditativo cuando el niño rebullía o pataleaba en el cochecito. Mis preguntas corteses fueron despachadas con displicencia. A la vista de esa actitud puse fin al paripé.

 

 

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