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Posts Tagged ‘tablado’

19

Tres potentes chorros de luz cruzaban el escenario. De vez en cuando uno de los focos daba una rápida pasada por el patio, iluminando durante unos segundos los atentos rostros de los asistentes.

Se oyó un redoble de tambor y se hizo el silencio. En el tablado habían tendido un alambre de un extremo al otro, a varios metros de altura.

Apagaron dos focos. El tercero encuadró al funámbulo que sostenía un balancín. Cuando cesó el redoble, el acróbata se lanzó a recorrer el alambre con ágiles pasos. A mitad de camino se detuvo manteniendo el equilibrio durante un tiempo interminable. Sólo el contrapeso oscilaba ligeramente.

Era asombroso ver a ese hombre suspendido en el aire, controlando sus músculos y sus nervios, convocando nuestras miradas, como si de nuestra tenacidad visual dependiera el éxito de la función.

Enderezándose, el funámbulo alcanzó la otra punta. El público prorrumpió en aplausos y el artista saludó antes de desandar el alambre, esta vez sin pararse.

Unos cuantos espectadores subieron al escenario y, al son de un pasodoble, se quitaron la chaqueta y empezaron a hacer cabriolas.

Daban volteretas en todas las direcciones. Aunque el choque parecía inevitable, se las arreglaban para eludirlo en el último momento.

Causaba regocijo contemplar la habilidad de esos gimnastas que andaban cabeza abajo y daban saltos mortales. Uno de ellos se llevó un buen rato apoyado en una sola mano.

Al final formaron una torre humana; el que la coronó estuvo agitando una bandera el tiempo que sonaron los aplausos.

Antes de que se deshiciera esa efímera construcción, otra remesa de hombres y mujeres que vestían un maillot granate adornado con lentejuelas doradas, se adueñó de las tablas.

Encaramándose con pasmosa destreza al pedestal, se arrojaban al vacío con los brazos abiertos, siendo recogidos por sus compañeros que los mecían antes de depositarlos en el suelo.

El plato fuerte lo constituían las contorsiones. Todos simultáneamente se despernancaron provocando la consternación del público. Luego empezaron a retorcerse sin que esto pareciera conllevar ninguna dificultad. Se anudaban y desanudaban componiendo insólitos asanas. Sin embargo, lo más asombroso era que tras estos ejercicios los cuerpos recuperasen su forma.

Por último se repartieron en dos círculos concéntricos. Los de dentro se agacharon y los de fuera permanecieron de pie. Siguiendo una complicada técnica se entrelazaron de modo que el resultado fue un animal no registrado por ninguna mitología. Un híbrido de hidra y ciempiés, de deidad védica y balón de fútbol.

Un oportuno apagón de los focos disipó los efectos del hechizo. Cuando los encendieron de nuevo, los componentes de la bola humana se hallaban en el borde del escenario.

Tras la cerrada ovación se escucharon unos alegres compases y el tablado se llenó de bailarines con camisas de mangas anchas, chalecos bordados y pantalones ceñidos con cordones a la pantorrilla o faldas de amplios vuelos. Medias blancas y zapatos negros de charol completaban el atuendo. Ellas lucían también diademas multicolores.

Cogidos de la mano, compusieron un corro que giraba ya hacia la izquierda ya hacia la derecha. Sin dejar de marcar los pasos se dividieron en grupos de cuatro. Con los brazos extendidos, tocándose la punta de los dedos, prosiguieron dando vueltas.

Sobre el pedestal habían plantado un mástil del que pendían largas cintas azules, rojas, amarillas, rosas, verdes… Al ritmo que marcaba la música, los danzantes se apiñaron a su alrededor y enseguida se separaron de un salto dando un grito de júbilo. Cada uno tenía una cinta que enarbolaba triunfante.

Al principio evolucionaban lentamente, rotando en dirección contraria cada vez que cambiaban la cinta de mano. Pero la tonada iba adquiriendo una cadencia más viva que era reflejada por los bailarines.

Al cabo de pocos minutos se desplazaban a gran velocidad en torno al mástil a la par que, cruzando y descruzando las cintas, entremezclándolas, haciéndolas ondear, componían vertiginosas figuras.

Lo estaba pasando en grande. Los socios de Casino estaban exultantes. Su buen humor era contagioso.

Cuando acabó este número, se oyó música clásica y muchas personas, tras hacer un hueco apartando sillas y mesas, se pusieron a andar de puntillas. En el escenario muchachas con vaporosos tutús de muselina se movían con mucha más gracia.

 

 

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18

Debían de estar celebrando una fiesta. Me picó la curiosidad y, aunque sospechaba que a la entrada habría un portero con gorra de plato y gesto adusto, decidí probar suerte.

Pero no había cancerbero. Me aventuré entonces por el vestíbulo, recelando que en cualquier momento alguien se acercase para preguntarme si estaba invitado.

Avancé hacia la cancela, tras la que colgaba un cortinaje de terciopelo rojo que se hallaba descorrido en parte. De vez en cuando me paraba y observaba el zócalo o el artesonado.

A mi lado pasaban alegres parejas sin prestarme atención. Incluso un petimetre estuvo a punto de tropezar conmigo.

Metí las manos en los bolsillos de mis vaqueros y crucé la cancela. Lo único que podía ocurrir era que me echasen.

No era un salón, como pensé cuando estaba fuera, sino un patio porticado y cubierto por una montera. Las columnas y las losas eran de mármol blanco. El bar estaba a la derecha. En mitad del patio había un tablado redondo con un pedestal de mediana altura en el centro.

Los altavoces desgranaban los compases de una canción de moda.

Me acordé de Luisa, Carmelina y Pedrote. Tal vez, tras pasear por el pueblo, habían llegado a la plaza y, al igual que yo, habían sido absorbidos por la fiesta.

Escruté a la alborozada concurrencia sin lograr localizarlos. Lo mejor sería dar una vuelta.

Esquivando a jóvenes parejas que charlaban y reían, llegué al abarrotado bar.

Este ocupaba una espaciosa habitación que comunicaba con el patio a través de dos puertas. Las paredes estaban tapizadas y decoradas con espejos de molduras doradas. Tras la barra había varios camareros con pajarita que acudían raudos cuando un cliente levantaba un dedo.

Me deslicé sobre la mullida moqueta y salí por la otra puerta.

Al volver al patio advertí un mayor bullicio. La gente parloteaba más alto y un foco barría el escenario. Me situé discretamente junto al cortinaje rojo.

Un hombre enjuto con un frac de fantasía subió al escenario, se quitó la chistera e hizo una reverencia que el público respondió con una cerrada ovación.

El presentador alzó una mano y luego, alargando los brazos, entró en materia.

“Tenemos que agasajar como es debido a nuestros huéspedes de honor. Nosotros sabemos cómo hacerlo y lo vamos a demostrar enseguida. Pero antes de que empiece el espectáculo, voy a hablaros brevemente de estos simpáticos visitantes”.

Contuve la respiración, pero de inmediato rechacé la ridícula idea que me cruzó por la cabeza.

“Estos aguerridos jóvenes han realizado una peligrosa travesía y vamos a compensarlos, aunque sea modestamente, por las fatigas pasadas. La carretera de Sevilla a Aracena está jalonada de trampas y de difíciles pruebas que ellos han superado. No vale la pena extenderse sobre este particular que todos conocéis.

“Sólo me queda añadir, atribuyéndome la representatividad de los presentes, que cada uno de nosotros se siente hermanado con estos viajeros”.

Un fuerte aplauso rubricó el discurso. El amojamado portador del frac se inclinó a la par que describía un amplio arco con el sombrero, e hizo mutis.

 

 

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