Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘Aracena’

Read Full Post »

Read Full Post »

Read Full Post »

26

La pérdida de sangre no me angustiaba tanto como el temor de quedarme paralítico. A causa de la presión que ejercía el correaje, no me notaba las piernas.

Me revolví furioso. Grité y juré. Poco a poco las ataduras se fueron aflojando. Conforme disponía de más espacio, más violentas eran mis sacudidas. Por fin, volqué mi peso sobre un lado y caí al suelo de golpe.

El batacazo y el frescor de las losas me trajeron a la realidad. Estaba sudando y tenía el corazón palpitante. Me toqué las piernas, las encogí, las estiré. A continuación enderecé el tronco para aliviar la tensión de la columna vertebral.

Me apoyé en la cama y permanecí así un rato.

A través de la ventana abierta contemplé las lejanas estrellas que agonizaban en el cielo.

Me puse en pie y encendí la lámpara de la mesita de noche.

La habitación estaba en orden, pero el revoltijo de sábanas, la almohada torcida y mi dolor de espalda cuestionaban esa normalidad.

Faltaba poco para que amaneciese. Me tendí y apagué la luz.

Fue Luisa quien tuvo la idea de la acampada y también quien escogió el lugar: una alameda a orillas de un río, no lejos de Galaroza, en plena sierra.

Mientras describía ese paraje de ensueño, Carmelina, Pedrote y yo la escuchábamos embelesados. Añadió que podíamos aprovechar la excursión para visitar Aracena, Fuenteheridos, la peña de Alájar…

Alguien recordó que García Silva vivía en Aracena.

“A lo mejor nos lo encontramos” dijo Pedrote. “No, por favor, que nos agua la fiesta” replicó Carmelina. “¡Ay, no!” exclamó Luisa. “Con esa cara que tiene…”.

Bromeamos a su costa. Yo propuse que nos sirviera de cicerone. Pedrote sugirió que lo invitásemos a pasar la noche con nosotros para que nos alegrase la velada con chistes y canciones.

“¡Ay! ¡Ay!” gemía Luisa con los ojos llorosos por la risa. “¿Por qué no nos olvidamos de ese fantasma y hablamos de lo que nos va a hacer falta?”.

Me desperecé. La punzada persistía. Seguramente había dormido en una mala postura.

El resplandor del nuevo día iluminó débilmente la habitación. Sentí frío y me tapé. A decir verdad no me encontraba con ánimos de emprender el viaje a Aracena.

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

18

Debían de estar celebrando una fiesta. Me picó la curiosidad y, aunque sospechaba que a la entrada habría un portero con gorra de plato y gesto adusto, decidí probar suerte.

Pero no había cancerbero. Me aventuré entonces por el vestíbulo, recelando que en cualquier momento alguien se acercase para preguntarme si estaba invitado.

Avancé hacia la cancela, tras la que colgaba un cortinaje de terciopelo rojo que se hallaba descorrido en parte. De vez en cuando me paraba y observaba el zócalo o el artesonado.

A mi lado pasaban alegres parejas sin prestarme atención. Incluso un petimetre estuvo a punto de tropezar conmigo.

Metí las manos en los bolsillos de mis vaqueros y crucé la cancela. Lo único que podía ocurrir era que me echasen.

No era un salón, como pensé cuando estaba fuera, sino un patio porticado y cubierto por una montera. Las columnas y las losas eran de mármol blanco. El bar estaba a la derecha. En mitad del patio había un tablado redondo con un pedestal de mediana altura en el centro.

Los altavoces desgranaban los compases de una canción de moda.

Me acordé de Luisa, Carmelina y Pedrote. Tal vez, tras pasear por el pueblo, habían llegado a la plaza y, al igual que yo, habían sido absorbidos por la fiesta.

Escruté a la alborozada concurrencia sin lograr localizarlos. Lo mejor sería dar una vuelta.

Esquivando a jóvenes parejas que charlaban y reían, llegué al abarrotado bar.

Este ocupaba una espaciosa habitación que comunicaba con el patio a través de dos puertas. Las paredes estaban tapizadas y decoradas con espejos de molduras doradas. Tras la barra había varios camareros con pajarita que acudían raudos cuando un cliente levantaba un dedo.

Me deslicé sobre la mullida moqueta y salí por la otra puerta.

Al volver al patio advertí un mayor bullicio. La gente parloteaba más alto y un foco barría el escenario. Me situé discretamente junto al cortinaje rojo.

Un hombre enjuto con un frac de fantasía subió al escenario, se quitó la chistera e hizo una reverencia que el público respondió con una cerrada ovación.

El presentador alzó una mano y luego, alargando los brazos, entró en materia.

“Tenemos que agasajar como es debido a nuestros huéspedes de honor. Nosotros sabemos cómo hacerlo y lo vamos a demostrar enseguida. Pero antes de que empiece el espectáculo, voy a hablaros brevemente de estos simpáticos visitantes”.

Contuve la respiración, pero de inmediato rechacé la ridícula idea que me cruzó por la cabeza.

“Estos aguerridos jóvenes han realizado una peligrosa travesía y vamos a compensarlos, aunque sea modestamente, por las fatigas pasadas. La carretera de Sevilla a Aracena está jalonada de trampas y de difíciles pruebas que ellos han superado. No vale la pena extenderse sobre este particular que todos conocéis.

“Sólo me queda añadir, atribuyéndome la representatividad de los presentes, que cada uno de nosotros se siente hermanado con estos viajeros”.

Un fuerte aplauso rubricó el discurso. El amojamado portador del frac se inclinó a la par que describía un amplio arco con el sombrero, e hizo mutis.

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

15

El cochambroso taller, situado en la parte alta del pueblo, ocupaba una nave con tejado de uralita y paredes de ladrillos sin enfoscar, que había sido antes un gallinero. Las ventanas seguían cubiertas con un paño de tela metálica enmohecida. La única reforma era la relativa al hueco de la puerta que había sido agrandado.

La primera impresión no era alentadora, pero en ese taller disponían de coche grúa y habían accedido a reparar la avería del seíta en el mismo día.

Desde allí arriba se divisaba una buena panorámica de Aracena. Mientras mis tres compañeros disfrutaban de la vista, me di la vuelta y contemplé a un grupo de chavales que jugaban al fútbol.

Luego examiné las maquinarias herrumbrosas que había en la explanada. Sobre cuatro tocones mugrientos, al lado de un montón de hierros retorcidos, se erguía el chasis de un automóvil.

Toda esa chatarra llevaba tanto tiempo a la intemperie que estaba incrustada en la tierra y, alrededor de ella, crecían las ortigas y las lechetreznas.

“No te gusta demasiado este sitio, ¿verdad?” me preguntó Luisa. “La verdad es que no” “Lo importante es que esa gente haga su trabajo pronto y bien” dijo Pedrote.

“Por si las moscas, tendríamos que informarnos del horario de autobuses” terció Carmelina. “Yo no me voy a ir sin el coche” “Supón” planteó Luisa “que no tienen la pieza de recambio que hace falta. No vamos a quedarnos aquí hasta que la traigan, compréndelo”

“Por lo pronto vamos a esperar a que vengan los mecánicos con el seíta. Cuando le echen una ojeada y nos comuniquen lo que sea, hablamos” “Claro” dijo Pedrote. “Además, ninguno de nosotros conoce Aracena…”

“Yo sí” lo interrumpió Luisa. “Bueno, sólo tú” “Yo también. Pero hace tantos años que no me acuerdo de casi nada” “Lo que quiero decir, si me dejáis acabar, es que podemos dar un paseo y visitar los alfares” “Me encanta ver modelar el barro” comentó Luisa ahuecando las manos y dando forma a una vasija imaginaria.

Al poco tiempo apareció un land rover que traía enganchado al seíta. Los niños dejaron de jugar y observaron cómo el coche grúa describía un semicírculo y se paraba ante la puerta del taller.

Dos hombres de mediana edad bajaron de la cabina. Uno de ellos, con movimientos pausados, sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de su camisa y encendió uno. Entretanto, el otro giraba la manivela de la grúa, desenroscaba tornillos e iba de aquí para allá con una llave inglesa en la mano.

Cuando el segundo mecánico acabó su trabajo, el primero arrojó la colilla al suelo y la aplastó con el zapato.

Me acerqué al seíta. Inspiraba lástima junto a ese batiburrillo de máquinas arrumbadas.

El cochecito de color verde botella tenía el aspecto de una oruga torpona. También sentía inquietud. No sabía cómo explicar la ausencia del motor y esa sería la primera pregunta que tendría que responder.

No me había atrevido a revelar este dato a mis amigos, pero ya no era posible seguir manteniendo el secreto.

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

13

“No nos podemos quedar con los brazos cruzados” dijo Luisa después de que yo apagase el motor del seíta.

Me zumbaban los oídos. La desfigurada voz de Luisa penetró por ellos como un dardo, provocando cortocircuitos a su paso.

“¡No grites!” exclamé. “Nadie tiene la culpa de su indisposición” “Ya se le pasará” dijo Pedrote. Luisa puso cara de espanto y planteó en un tono desgarrador: “¿No os dais cuenta de que se va a quedar seca?”.

Pedrote y yo reaccionamos como si nos hubiese atacado un tábano enfurecido.

“¡Cállate!” “Sois dos malnacidos. Eso es lo que sois. Si estuvieseis en su lugar, no os gustaría que os dejasen tirados como a un perro. Pero como se trata de ella…”

Tenía punzadas en la cabeza. Fui a replicarle, pero se adelantó Pedrote. “Tú no estás en tus cabales” “¿Qué insinúas?” agregué yo.

Luisa tenía los ojos llorosos. Se sonó la nariz y estrujó el pañuelo en la mano. Parecía haber renunciado a dar ninguna explicación, cuando nos espetó: “La odiáis” “Estás disparatando” “Os cae mal y se os nota. ¡Vaya si se os nota!” “No abuses de mi paciencia”.

Pedrote se había desentendido de este asunto y contemplaba las casas y los árboles. Carmelina vomitaba de vez en cuando. Las arcadas la dejaban exhausta.

Luisa se puso a gimotear. Ordené a Pedrote: “Ve a buscar a un médico”.

Fue a protestar, pero no lo dejé. “Si tienes que llamar a todas las puertas de Aracena, llama” “¿Puedo preguntar qué vas a hacer tú?” “Voy a ver si encuentro una bolsa de plástico”.

Una vez fuera del vehículo, Pedrote dijo: “Estaba pensando que…” “Que no debes perder un segundo”.

Se alejó tranquilamente, limitándose a leer las escasas placas que encontraba a su paso. Cuando desapareció, abrí el maletero del coche.

Había allí una rueda de repuesto, una caja de herramientas y varias bolsas llenas de papeles. Cogí una y la vacié. Los folletos que contenía se desparramaron. Eran de diversos tamaños, con ilustraciones y sin ellas, de brillantes colores, en grandes caracteres…

Uno que pregonaba las excelencias de la miel, atrajo mi atención. Se titulaba: LA ABEJA, ESA DESCONOCIDA. Ignoraba que ese producto tuviese tantas propiedades; gracias a la glucosa era el alimento del esfuerzo muscular; tenía también propiedades laxativas y facilitaba la asimilación del calcio. Me enteré de que había jabones y mascarillas de miel, de que la jalea real era un poderoso estimulante y de que el hidromiel era consumido por los dioses del Olimpo. Doblé el folleto cuidadosamente y lo guardé.

Al azar entresaqué una hojilla que resultó ser un prospecto sobre el formaldehído. Indicaciones, contraindicaciones, toxicidad, incompatibilidades…Me enfrasqué en su lectura. Ese medicamento era casi milagroso.

Luego me quedé mirando un dibujo que representaba a un joven con una guitarra en bandolera; en una mano tenía una maleta marrón parcheada de pegatinas, y en la otra enarbolaba un billete. Al fondo se veía un trenecito verde.

Estaba admirando la fotografía de una cama cubierta por una colcha turquesa, cuando Luisa, sacando medio cuerpo por la ventanilla, preguntó: “¿Qué estás haciendo?” “Estaba revisando estos papeles” respondí al tiempo que le alargaba la bolsa de plástico.

Una apremiante llamada suya me disuadió de volver a mi interrumpida y grata tarea.

“¿Qué tripa se te ha roto ahora?” “¿Por qué eres tan desagradable?” “¿Qué quieres?” “Que limpies el bolso de Carmelina. Mira cómo está”.

Asiéndolo con dos dedos, me acerqué a una acacia y lo restregué contra el tronco. Después lo froté con algunos papeles.

“Ya está” “Tengo que comentarte algo” susurró Luisa. Me agaché y permanecí atento. “Entra” “Estoy bien aquí” “Entra, por favor, y comprueba una cosa”.

Me acomodé en mi asiento y dije: “No andes con tanto misterio” “¿No notas nada?” “¿Qué debo notar?” “Sabes perfectamente a qué me refiero”.

Tras titubear me encogí de hombros. “Lo has percibido” “¿Qué he percibido?” “Que no hay nadie a tu lado”.

Pasé la mano por la tapicería del asiento y pregunté: “¿Cuándo se ha ido?” “Poco después de que aparcases el coche” “Entonces está en Aracena” “¿Eso te preocupa?”.

No respondí. Miré a Carmelina que sostenía la bolsa de plástico abierta a la altura de la barbilla. Luisa dijo cariñosamente: “Parece que tiene puesto un bozal”.

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

Older Posts »