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Posts Tagged ‘vómitos’

13

“No nos podemos quedar con los brazos cruzados” dijo Luisa después de que yo apagase el motor del seíta.

Me zumbaban los oídos. La desfigurada voz de Luisa penetró por ellos como un dardo, provocando cortocircuitos a su paso.

“¡No grites!” exclamé. “Nadie tiene la culpa de su indisposición” “Ya se le pasará” dijo Pedrote. Luisa puso cara de espanto y planteó en un tono desgarrador: “¿No os dais cuenta de que se va a quedar seca?”.

Pedrote y yo reaccionamos como si nos hubiese atacado un tábano enfurecido.

“¡Cállate!” “Sois dos malnacidos. Eso es lo que sois. Si estuvieseis en su lugar, no os gustaría que os dejasen tirados como a un perro. Pero como se trata de ella…”

Tenía punzadas en la cabeza. Fui a replicarle, pero se adelantó Pedrote. “Tú no estás en tus cabales” “¿Qué insinúas?” agregué yo.

Luisa tenía los ojos llorosos. Se sonó la nariz y estrujó el pañuelo en la mano. Parecía haber renunciado a dar ninguna explicación, cuando nos espetó: “La odiáis” “Estás disparatando” “Os cae mal y se os nota. ¡Vaya si se os nota!” “No abuses de mi paciencia”.

Pedrote se había desentendido de este asunto y contemplaba las casas y los árboles. Carmelina vomitaba de vez en cuando. Las arcadas la dejaban exhausta.

Luisa se puso a gimotear. Ordené a Pedrote: “Ve a buscar a un médico”.

Fue a protestar, pero no lo dejé. “Si tienes que llamar a todas las puertas de Aracena, llama” “¿Puedo preguntar qué vas a hacer tú?” “Voy a ver si encuentro una bolsa de plástico”.

Una vez fuera del vehículo, Pedrote dijo: “Estaba pensando que…” “Que no debes perder un segundo”.

Se alejó tranquilamente, limitándose a leer las escasas placas que encontraba a su paso. Cuando desapareció, abrí el maletero del coche.

Había allí una rueda de repuesto, una caja de herramientas y varias bolsas llenas de papeles. Cogí una y la vacié. Los folletos que contenía se desparramaron. Eran de diversos tamaños, con ilustraciones y sin ellas, de brillantes colores, en grandes caracteres…

Uno que pregonaba las excelencias de la miel, atrajo mi atención. Se titulaba: LA ABEJA, ESA DESCONOCIDA. Ignoraba que ese producto tuviese tantas propiedades; gracias a la glucosa era el alimento del esfuerzo muscular; tenía también propiedades laxativas y facilitaba la asimilación del calcio. Me enteré de que había jabones y mascarillas de miel, de que la jalea real era un poderoso estimulante y de que el hidromiel era consumido por los dioses del Olimpo. Doblé el folleto cuidadosamente y lo guardé.

Al azar entresaqué una hojilla que resultó ser un prospecto sobre el formaldehído. Indicaciones, contraindicaciones, toxicidad, incompatibilidades…Me enfrasqué en su lectura. Ese medicamento era casi milagroso.

Luego me quedé mirando un dibujo que representaba a un joven con una guitarra en bandolera; en una mano tenía una maleta marrón parcheada de pegatinas, y en la otra enarbolaba un billete. Al fondo se veía un trenecito verde.

Estaba admirando la fotografía de una cama cubierta por una colcha turquesa, cuando Luisa, sacando medio cuerpo por la ventanilla, preguntó: “¿Qué estás haciendo?” “Estaba revisando estos papeles” respondí al tiempo que le alargaba la bolsa de plástico.

Una apremiante llamada suya me disuadió de volver a mi interrumpida y grata tarea.

“¿Qué tripa se te ha roto ahora?” “¿Por qué eres tan desagradable?” “¿Qué quieres?” “Que limpies el bolso de Carmelina. Mira cómo está”.

Asiéndolo con dos dedos, me acerqué a una acacia y lo restregué contra el tronco. Después lo froté con algunos papeles.

“Ya está” “Tengo que comentarte algo” susurró Luisa. Me agaché y permanecí atento. “Entra” “Estoy bien aquí” “Entra, por favor, y comprueba una cosa”.

Me acomodé en mi asiento y dije: “No andes con tanto misterio” “¿No notas nada?” “¿Qué debo notar?” “Sabes perfectamente a qué me refiero”.

Tras titubear me encogí de hombros. “Lo has percibido” “¿Qué he percibido?” “Que no hay nadie a tu lado”.

Pasé la mano por la tapicería del asiento y pregunté: “¿Cuándo se ha ido?” “Poco después de que aparcases el coche” “Entonces está en Aracena” “¿Eso te preocupa?”.

No respondí. Miré a Carmelina que sostenía la bolsa de plástico abierta a la altura de la barbilla. Luisa dijo cariñosamente: “Parece que tiene puesto un bozal”.

 

 

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12

Lentamente, siguiendo una suave línea oblicua que partía del azul y moría en un lentisco, descendimos de las alturas. Las ruedas del coche rozaron las ramas de ese arbusto y tomaron tierra.

Con movimientos bruscos el seíta se abrió paso por el monte. Los vaivenes y los brincos aventaron en un periquete las seráficas ensoñaciones que nos mantenían ensimismados. Unos cuantos trompazos bastaron para disipar nuestro beatífico estado.

Pese a los golpes, no recuperamos el habla hasta pasado cierto tiempo. Una parte de nosotros seguía flotando en el empíreo, lejos de esas enmarañadas zarzas que se empeñaban en inmovilizarnos con sus largos tallos de corvos aguijones.

La carretera se iba ampliando pero sin que de momento el seíta tuviera cabida. Los neumáticos rebotaban a más y mejor.

En uno de esos saltos la cabeza de Carmelina y la de Pedrote chocaron.

“Otro testarazo como ese y me cascas el cráneo” dijo Carmelina con voz chillona. “Oye, que a mí me ha dolido también” “Estoy hasta mareada”.

Pedrote soltó una risita que acabó de enfurecer a Carmelina. “Encima te vas a guasear” “¿Quién se está guaseando? replicó Pedrote esforzándose por sofocar una carcajada. “¡Qué harta estoy de ti!”.

“¿Cómo está Luisa?” pregunté. “Estupendamente” respondió Pedrote.

Al oír hablar de ella, rebulló en su asiento, como si despertara de un profundo letargo.

“Mira lo que me ha hecho ese bestia “ dijo Carmelina a la par que se tocaba el chichón.

Luisa indicó con la mano que no la atosigaran. Luego se pasó las yemas de los dedos por las mejillas.

La carretera era tan ancha como el coche, por lo que el traqueteo disminuyó notablemente. Pero otra vez aparecieron los cambios de rasante que cortaban el aliento, y las curvas que describían casi una circunferencia.

“Una visita al paraíso” musitó Luisa. “Una fugaz visita. Lo que había estado ansiando toda mi vida. Hasta hoy sólo disponía de los testimonios de otras personas”.

Estaba transfigurada y hablaba en un tono apagado. “¡Qué diferencia tan grande entre leer y experimentar esa sed que la luz calma y aviva al mismo tiempo”.

Esa luz, según expuso, era una condensación del amor divino y tenía la virtud de colarse por los entresijos del ser e iluminarlo, mostrando la vacuidad de la vida ordinaria.

Los ojos se le empañaron y dos gruesas lágrimas le rodaron por la cara. Ante su aflicción optamos por callarnos.

“Esto es difícil de explicar” añadió cuando se sobrepuso. “Esta renovación escapa a las palabras, al igual que los colores a un ciego de nacimiento. ¿Cómo le haríais comprender la belleza de esa planta omitiendo uno de sus rasgos más destacados?”.

Dirigimos la mirada al lugar que Luisa nos indicó y contemplamos en un montículo las moradas espigas de un cantueso.

“No me encuentro bien” dijo Carmelina. “Como este trasto no deje de dar bandazos… ¡Ay, qué mala me estoy poniendo!”. Pedrote trató de animarla. “Ya falta poco para llegar a Aracena”. Cogiendo un folleto que había en la batea del coche, empezó a abanicarla. Pero al cabo de un rato se cansó.

“Túrnate con Luisa” sugerí. Esta, todavía en Babia, se sobresaltó cuando la llamaron.

“Tu amiga del alma está mareada” explicó Pedrote cuando Luisa fijó en él sus ojos almendrados. Luego, posándolos en la joven lívida y sudorosa que se hallaba entre ambos, replicó con ternura: “Todo le tiene que pasar a ella”.

A Carmelina le corría un hilillo de baba por la comisura derecha de los labios. Luisa sacó un pañuelo de su bolso y le limpió la barbilla. Después le enjugó la frente.

Dando una violenta arcada, Carmelina se puso a vomitar. Pedrote, desprevenido, no tuvo tiempo de apartar las piernas para evitar que lo manchara.

“¡Mecachis!”. Cogiendo la cabeza de Carmelina la orientó sobre su regazo.

“¿Qué haces, malasangre?” dijo Luisa. “¿Qué crees tú?” “Se va a llenar toda. Haz un hueco entre los dos”.

En el coche había un desagradable olor a agrio. Carmelina seguía arrojando de forma intermitente.

Aunque preocupados por su quebrantamiento, también estábamos asqueados por el charco de vómitos que se había formado en el suelo del vehículo, y que se desplazaba de un lado a otro con los virajes.

Entramos en Aracena por una calle espaciosa. Luisa me instaba a que hiciera algo. “Se va a quedar sin jugo” repetía obsesivamente.

Aturrullado por su insistencia, aparqué el seíta encima de la acera.

 

 

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