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Pedrote se puso a cantar. Se arrancó con un fandango acompañándose de las palmas. Tenía una voz bronca. Cuando acabó, siguió jaleándose. Cantó un segundo fandango y luego otro. Entre copla y copla repetía: “¡Ole! ¡ole!”.

Comprobamos que sabía muchas letras y, a juzgar por lo animado que estaba, parecía dispuesto a agotar su repertorio. A pesar de su buena voluntad Pedrote desafinaba con frecuencia. Al principio se lo perdonamos porque nos sorprendió con su faceta de cantaor. Incluso lo incitamos a que continuara. A Pedrote, por cierto, no hacía falta que le rogaran para que prodigase su arte.

Dado el empeño que ponía calculé que Pedrote se cansaría pronto, si antes no se quedaba afónico. Pero tenía cuerda para rato. Con las venas del cuello hinchadas y rojo como la grana, se balanceaba con los brazos encogidos hasta que conseguía romper y entonaba un nuevo fandango.

En una de esas, soltó un jipido espantoso que galvanizó a Carmelina. Poniéndose más derecha que una vela le espetó: “¿Te quieres callar de una puñetera vez?”.

“¿Ya estás bien?” preguntó incongruentemente Luisa.

Carmelina encaraba a Pedrote sin parpadear. Este, tras la fulminante interrupción, no lograba articular palabra. Parecía no comprender lo que había sucedido.

Experimenté un gran alivio al divisar el siguiente pueblo. Quizá encontrásemos un bar abierto. “Valdeflores” anuncié sin estar seguro.

Nadie me desmintió. Tratando de imprimir un tono festivo a mi comentario, añadí: “Ya queda poco para llegar a nuestro destino”.

Nadie replicó nada. El ambiente se había enrarecido. Desistí de animar el cotarro. Pedrote permanecía hosco. Carmelina, muy estirada, miraba al frente.

El coche se adentró en la población con su habitual traqueteo sin que nadie se inmutase. El empedrado puso de nuevo a prueba la integridad del seíta que brincaba y resoplaba sin parar.

De vez en cuando surgía a la izquierda o a la derecha una calleja que desembocaba en el campo. En un rincón había un montón de estiércol circundado de ortigas y malvas. En otro lugar vimos un carro desvencijado. Bordeamos una plaza de trazado triangular en donde medraban unos raquíticos naranjos.

Poco después de abandonar el pueblo tuve la sensación de que ese momento ya lo había vivido. Un seto de chumberas me provocó una turbación inexplicable. No había nada de insólito en ese entramado de pencas cuajadas de espinas, salvo que su disposición concordaba fielmente con una imagen conservada en mi memoria.

Mi desazón fue en aumento. Una avalancha de detalles corroboraba esa impresión de estar viviendo por segunda vez un retazo de mi pasado.

La distribución de los matorrales era la misma. Por más que me afanaba en hallar uno fuera de su sitio, no lo conseguía. Otro tanto me ocurrió con los desconchados de una casucha a orillas de la carretera. Y en lo que a esta respecta, no tenía secretos para mí.

Cerré los ojos con la esperanza de que, al volver a abrirlos, se hubiese desvanecido ese espejismo.

Unas adelfas que la brisa acunaba, me hicieron dudar de mí y de todo. ¿Era el aire el que movía esos arbustos o mi precognición de los hechos?

 

 

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