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Posts Tagged ‘Perindola’

4

No doy dinero a la gente que encuentro en la calle. Ni a los mendigos ni a las señoras de la Cruz Roja. Si alguien hace sonar la hucha impúdicamente, acelero el paso. Reconozco, no obstante, que con el cuento de la filantropía a veces me sacan los cuartos.

Por voluntad propia no suelto un céntimo. No porque me cueste trabajo ganarlo. Supongo que el mismo que a cualquiera. No por cicatería. O porque me atenga a unos principios estrictos. Procedo así por comodidad. Para evitar familiaridades indeseadas.

5

“¿Pasa algo?” dijo la chica entornando los ojos y ladeando un poco la cabeza.

No detecté en sus palabras ni en su actitud señales de que se sintiera molesta. Su pregunta era lógica. Quería saber qué hacía allí clavado, frente a ella.

Cogí el monedero y eché un euro en la caja de cartón.

La chica me estudiaba. Pensaría que yo era un bicho raro. O alguien con intenciones deshonestas.

Ella era la más joven de los tres, de rasgos finos, delgada, bien parecida.

En mi curiosidad no había nada de indecoroso. Probablemente ella lo intuía.

Esa situación era ridícula. Mejor dicho, yo era quien estaba haciendo el ridículo.

6

“No tengo suelto” dije la próxima vez.

Mis palabras sonaban a indigna justificación. La chica no me había pedido nada. Estaba en la vía pública, con la caja de cartón a sus pies. Pero no había tendido la mano ni había hablado.

En realidad, se tomó su tiempo para levantar la vista del libro que leía. Durante un par de minutos ignoró mi presencia.

Me observó pero no críticamente. No como a un burgués arrebujado en su buen chaquetón de lana comprado en Cortefiel. No como a alguien que pretende hacer una buena obra. O rescatar a jóvenes descarriados.

La bribonería se reflejó en su cara. Me acordé de un amigo del pueblo que es un pillo redomado. Brioso, por mal nombre Perindola, reconoce que domina el arte de vivir del cuento. Su objetivo en la vida es ser feliz.

A quien cuestiona ese principio, lo tilda de hipócrita. No discuto con él sobre esto ni sobre nada, pues está dotado de una lengua viperina.

La semejanza con la chica acababa en ese aire de desafío, entreverado de insolencia en el caso de mi amigo hilandario.

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Acabé sacando mi monedero que sólo contenía calderilla. Me daba vergüenza arrojar unos pocos céntimos en la caja de cartón. Y no estaba dispuesto a coger un billete de mi cartera. Mi esplendidez limosnera no llegaba a tanto.

Mi confusión incrementó la picardía de sus facciones. No dijo nada, manteniéndose a la espera, como una espectadora segura de que la función no la va a defraudar.

Miré en dirección al bar que hay en la esquina de la calle Condes de Bustillo. “¿Le apetece tomar un café?”.

 

 

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                                   1

Hay en Las Hilandarias una casona de muros encalados, con escasas y altas ventanas a la calle que están siempre cerradas.
En uno de los ángulos de este edificio se levanta una torre cuadrangular, maciza, rematada en una veleta con la primera letra de los puntos cardinales.
Esta casona es conocida como “el palacio”. Se entra por un portalón gris tachonado de clavos negros. Está situada en el casco antiguo del pueblo.
Desde la torre se contempla la campiña que se extiende ante ella como una inmensa alfombra parda surcada por las franjas grises de las carreteras de Besoto y Conquista, y limitada a la derecha por la lejana cenefa del río Tremedal.

2

Crucé el pueblo con mi mochila azul y negra donde llevo lo que me hace falta: cuadernos, libros, bolígrafos…
Marchaba aspirando el aire con olor a jara de los haces que almacenan en los patios de las tahonas para ser quemados en los hornos.
Marchaba disfrutando de la transparencia y quietud de las mañanas estivales de Las Hilandarias.
La idea me la sugirió Perindola que conoce todos los recovecos y secretos del pueblo. No tengo interés en responsabilizar a nadie, ni siquiera a ese zascandil irredento.
Necesitaba un lugar tranquilo donde realizar mi labor y “el palacio” lo era.

3

Las estancias son espléndidas: de techo alto, amplias, con baldosas blancas y negras formando dibujos geométricos. Las ventanas de postigos entreabiertos dan a un patio central adoquinado con un pozo y un pilar.
Frías y en penumbra, recorro las habitaciones a pasos lentos, como si temiera despertar a alguien.
Hay muebles antiguos, espejos de marcos de madera tallada, jarrones de porcelana, candelabros, cortinas de damasco, consolas con tapas de mármol…
Ante una mesa de caoba con un paño de terciopelo verde y un relicario de cobre dorado, me rindo a la evidencia de que no hay ningún sitio adecuado para ponerme a trabajar.
Sigo adentrándome en “el palacio” con sus paredes llenas de cuadros de motivos cinegéticos y religiosos, con sillas tapizadas, sofás y sillones de cuero…Con ese silencio más propio de un museo que de una vivienda.
Me noto tenso. Comprendo que allí no podré concentrarme, que allí no pinto nada.
Doy media vuelta y desando las desangeladas estancias. Cuando cruzo el patio, el calor del sol reanima mi cuerpo y reconforta mi espíritu.

 

 

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