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Posts Tagged ‘río Tremedal’

                                           II
Llegó a pensar que tal vez no fuese una buena idea llevarse una pintura tan lúgubre a un lugar tan solitario, donde además suponía no le sería necesaria. Allí estaría en contacto con la naturaleza viva, de efectos benéficos similares o superiores.
Hubo momentos en que dudó, en que consideró un error decorar la casita de la huerta, tan luminosa, enclavada a orillas del río Tremedal, con ese lienzo que ni siquiera era original.
Pero desechó sus reparos argumentando que, por contraste con el entorno, el cuadro podía adquirir nuevos significados. Incluso le pareció una travesura. Una broma que se gastaba a sí mismo.
Él iba al encuentro de su propia naturaleza, la que había aflorado en su infancia, y que más tarde había arrinconado, ignorado o ajustado a las expectativas sociales.
Aparte de su trabajo de programador informático que seguiría realizando desde la huerta, la lectura sería su principal actividad.
De hecho, los libros tenían para él más peso que la propia realidad, eran un mundo en que se sentía a gusto, pues le permitían la suficiente distanciación para sopesar y comprender los pros y los contras de las acciones humanas, de suyo tan impredecibles y contradictorias.
Un buen libro, qué duda cabía, era preferible a una conversación anodina. El primero dejaba tras sí una estela de satisfacción, un regusto placentero, la certidumbre de un aporte de sabiduría, mientras que la segunda, si no caía inmediatamente en el olvido, quedaba flotando como una nube de humo acre.
Los diálogos imaginarios con los autores habían ido desplazando a los diálogos de sordos que normalmente se entablan con los demás, sobre todo, como tenía comprobado, con los supuestos amigos y con la familia.
La autenticidad de la lectura era superior a la de las otras parcelas del mundo real.
A esta ocupación había que sumar los sueños. La lectura era la tierra de la que brotaban por encanto, era su caldo de cultivo. Leer y soñar eran actividades inextricablemente unidas, superpuestas, imbricadas como las tejas de un tejado. Leer y soñar eran vasos comunicantes que se alimentaban recíprocamente.
Un libro era una ocasión de soñar de la misma forma que un sueño abocaba a un bosquejo mental, el cual podía ser el embrión de otro libro o de cualquier otro proyecto.
Ésta fue otra de las razones de su retiro. En su interior, espontáneamente, había ido cobrando forma el deseo de escribir, de pergeñar su propio universo. Como les había ocurrido a tantos antes y les seguiría ocurriendo después que a él, quiso dejar constancia por escrito de lo que bullía en su cabeza y en su corazón. Quiso modelar sus sueños, trazar los planos de las ciudades que se perfilaban en su horizonte mental.

 

 

 

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                                   1

Hay en Las Hilandarias una casona de muros encalados, con escasas y altas ventanas a la calle que están siempre cerradas.
En uno de los ángulos de este edificio se levanta una torre cuadrangular, maciza, rematada en una veleta con la primera letra de los puntos cardinales.
Esta casona es conocida como “el palacio”. Se entra por un portalón gris tachonado de clavos negros. Está situada en el casco antiguo del pueblo.
Desde la torre se contempla la campiña que se extiende ante ella como una inmensa alfombra parda surcada por las franjas grises de las carreteras de Besoto y Conquista, y limitada a la derecha por la lejana cenefa del río Tremedal.

2

Crucé el pueblo con mi mochila azul y negra donde llevo lo que me hace falta: cuadernos, libros, bolígrafos…
Marchaba aspirando el aire con olor a jara de los haces que almacenan en los patios de las tahonas para ser quemados en los hornos.
Marchaba disfrutando de la transparencia y quietud de las mañanas estivales de Las Hilandarias.
La idea me la sugirió Perindola que conoce todos los recovecos y secretos del pueblo. No tengo interés en responsabilizar a nadie, ni siquiera a ese zascandil irredento.
Necesitaba un lugar tranquilo donde realizar mi labor y “el palacio” lo era.

3

Las estancias son espléndidas: de techo alto, amplias, con baldosas blancas y negras formando dibujos geométricos. Las ventanas de postigos entreabiertos dan a un patio central adoquinado con un pozo y un pilar.
Frías y en penumbra, recorro las habitaciones a pasos lentos, como si temiera despertar a alguien.
Hay muebles antiguos, espejos de marcos de madera tallada, jarrones de porcelana, candelabros, cortinas de damasco, consolas con tapas de mármol…
Ante una mesa de caoba con un paño de terciopelo verde y un relicario de cobre dorado, me rindo a la evidencia de que no hay ningún sitio adecuado para ponerme a trabajar.
Sigo adentrándome en “el palacio” con sus paredes llenas de cuadros de motivos cinegéticos y religiosos, con sillas tapizadas, sofás y sillones de cuero…Con ese silencio más propio de un museo que de una vivienda.
Me noto tenso. Comprendo que allí no podré concentrarme, que allí no pinto nada.
Doy media vuelta y desando las desangeladas estancias. Cuando cruzo el patio, el calor del sol reanima mi cuerpo y reconforta mi espíritu.

 

 

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