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Posts Tagged ‘conquista’

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Hay en Las Hilandarias una casona de muros encalados, con escasas y altas ventanas a la calle que están siempre cerradas.
En uno de los ángulos de este edificio se levanta una torre cuadrangular, maciza, rematada en una veleta con la primera letra de los puntos cardinales.
Esta casona es conocida como “el palacio”. Se entra por un portalón gris tachonado de clavos negros. Está situada en el casco antiguo del pueblo.
Desde la torre se contempla la campiña que se extiende ante ella como una inmensa alfombra parda surcada por las franjas grises de las carreteras de Besoto y Conquista, y limitada a la derecha por la lejana cenefa del río Tremedal.

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Crucé el pueblo con mi mochila azul y negra donde llevo lo que me hace falta: cuadernos, libros, bolígrafos…
Marchaba aspirando el aire con olor a jara de los haces que almacenan en los patios de las tahonas para ser quemados en los hornos.
Marchaba disfrutando de la transparencia y quietud de las mañanas estivales de Las Hilandarias.
La idea me la sugirió Perindola que conoce todos los recovecos y secretos del pueblo. No tengo interés en responsabilizar a nadie, ni siquiera a ese zascandil irredento.
Necesitaba un lugar tranquilo donde realizar mi labor y “el palacio” lo era.

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Las estancias son espléndidas: de techo alto, amplias, con baldosas blancas y negras formando dibujos geométricos. Las ventanas de postigos entreabiertos dan a un patio central adoquinado con un pozo y un pilar.
Frías y en penumbra, recorro las habitaciones a pasos lentos, como si temiera despertar a alguien.
Hay muebles antiguos, espejos de marcos de madera tallada, jarrones de porcelana, candelabros, cortinas de damasco, consolas con tapas de mármol…
Ante una mesa de caoba con un paño de terciopelo verde y un relicario de cobre dorado, me rindo a la evidencia de que no hay ningún sitio adecuado para ponerme a trabajar.
Sigo adentrándome en “el palacio” con sus paredes llenas de cuadros de motivos cinegéticos y religiosos, con sillas tapizadas, sofás y sillones de cuero…Con ese silencio más propio de un museo que de una vivienda.
Me noto tenso. Comprendo que allí no podré concentrarme, que allí no pinto nada.
Doy media vuelta y desando las desangeladas estancias. Cuando cruzo el patio, el calor del sol reanima mi cuerpo y reconforta mi espíritu.

 

 

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Conozco a Ramiro desde hace años. La transformación que sufre no es nueva. He tenido ocasión de observarla repetidas veces. Sin embargo, no puedo evitar que me produzca incomodidad, irritación e incluso desasosiego.

Empieza ladeando la cabeza de una forma que no es la suya. Luego alza un brazo como si fuera a despedirse. Su cuerpo adopta una postura indolente. La voz no le cambia pero adquiere las inflexiones propias del visitante. En pocas palabras: deja de ser él mismo.

Por los gestos, por el lenguaje, resulta fácil identificar al huésped que se ha adueñado de la casa.

El intruso al que Ramiro cede gustosamente el protagonismo, es un conocido por el que siente una admiración o devoción inexplicables para mí. Pero el alma humana es un misterio.

Su docilidad, su colaboracionismo, en el proceso de colonización provocan un lógico rechazo. ¿Por qué se sacrifica a sí mismo en aras de un modelo fantasmal?
Ayer asistí a un relevo completo. Mi amigo sólo mantuvo la apariencia física.

El éxito de esta suplantación suscitó una duda. Siempre había dado por supuesto que era Ramiro quien abría la puerta para que el visitante entrara en su interior. Pero también podía ser que el otro proyectase su poderosa sombra, destruyese las defensas y se apoderase de la personalidad de mi amigo.

Ayer me sentí como el desorientado interlocutor que asiste por primera vez a esa mutación. La idea de que no se trataba de una entrega sino de una conquista se abrió paso en mi mente.

Ayer ocurrió que, tras dejar de ver y oír a Ramiro, encaré al visitante. En sus labios se dibujó una sonrisa burlona y en sus ojos relampagueó una luz maligna.

 

 

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