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Posts Tagged ‘El Banquete’

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Recogió las monedas que había en la caja y las echó en un deteriorado bolso étnico con un diseño de elefantes. Sus gestos eran naturales, ni lentos ni precipitados. Como si lo que estaba haciendo fuese lo más normal del mundo.

En ese momento se encendió una lucecita en mi cabeza. No era la primera vez que un alma caritativa la invitaba a un café o a un desayuno completo.

La caja, una vez vacía, la guardó dentro del edificio, en un rincón.

Sus movimientos precisos me impresionaban. Ella, ciega tenía que haber sido para no percatarse de mi perplejidad, me preguntó con retintín: “¿Se encuentra bien?”.

“Muy bien. ¿Tomamos ese café?”.

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Retiramos nuestras consumiciones del mostrador y no sentamos a una mesa, junto a la cristalera. Era un establecimiento concurrido. Los clientes no paraban de entrar y salir. Me hubiese gustado un lugar más tranquilo.

Además hacía frío. La gente me distraía, la de dentro y la de fuera. Lo anterior impedía que me concentrase. Tampoco ayudaba el hecho de que, sin ningún motivo, máxime cuando era yo quien había tenido la iniciativa, estuviese nervioso.

No era ese el caso de la chica que había cogido el vaso de café con leche y lo apretaba entre sus manos.

Mi compañera de mesa estaba feliz. Eso me irritó. Tomar un café con leche no justificaba ese regocijo, ni siquiera en una desabrida mañana invernal.

Era un día gris. La chica no hablaba. Se limitaba a calentarse las manos con el vaso y a dar sorbitos de su contenido.

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No era de recibo que no hiciese nada por agradar. Sin saber por qué me sentí estafado. Incluso pensé que se había olvidado de mí, a pesar de tenerme en frente.

Dije lo primero que se me pasó por la cabeza. Me había acordado de que tanto ella como los otros dos mendigos leían un libro. Lo cual, aunque no pudiera calificarse de extraño, fue un detalle que me chocó.

“¿Qué lee?”. Ella dejó el vaso en la mesa y sacó del bolso con dibujos de elefantes un ejemplar de los diálogos platónicos. Orientó la portada en mi dirección. La selección incluía Fedón, El Banquete y Gorgias.

“¿Usted cree en la inmortalidad del alma?”.

Estuve tentado de darle una respuesta académica, de relacionar el pensamiento griego, el cristianismo y el taoísmo. De demostrar que era un hombre culto. De irme por los cerros de Úbeda.

Pero en un rapto de inspiración, o quizá porque la figura de Brioso emergió en mi mente, procedí a la gallega.

“¿Usted pertenece a la Orden, verdad?”. Los ojos de la joven destellaron. Estrujó el bolso que tenía sobre los muslos. Sonriendo ladinamente me devolvió la pelota: “¿Qué Orden?”.

 

 

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132.-Pregunto a Emma: “¿Cómo puede uno liberarse de las pulsiones y de esas terribles imagos que nos asaltan y alteran nuestro equilibrio, por no decir que nos hacen morder el polvo, que se alzan como monstruos contra los que rebotan las lanzas y se mellan las espadas?.

“Hacen acto de presencia o, más exactamente, atacan cuando estás más débil, más cansado, cuando tus defensas son inoperantes. Entonces van y asestan el golpe”.

Para Emma son mecanismos mentales de compensación. Ella me acusa de ser demasiado intelectual. Lo que se produce, según ella, es una rebelión del cuerpo.

Sin negar la validez de su explicación, esta me parece insuficiente. Replico que, aunque no con la misma intensidad, todos estamos expuestos a ese bombardeo. Y todos tenemos que encontrar una solución a esa servidumbre.

“Pienso que ni abandonarse ni resistir, que son las dos actitudes básicas, las que se adoptan solas o combinadas, dependiendo de la idiosincrasia de cada individuo, son una salida a ese laberinto. Seguimos atrapados en él y dilapidando nuestra energía”.

Emma, que es práctica, me recomienda hacer ejercicios respiratorios. Inspirar, expirar. Pausadamente. Hinchando el abdomen y vaciándolo. “El control de la respiración es milagroso. Una inspiración lenta y profunda seguida de una larga expiración”.

No pongo en duda la eficacia de esa técnica, pero la juzgo insuficiente. “Vaya, hoy todo te parece insuficiente. ¿No estarás volviéndote demasiado exigente?”

“No estoy hablando de combatir la ansiedad sino de liberarme de obsesiones y fantasmas, de desencadenarme, podría decir” “No olvides que eres humano” “Lo tengo presente. Estoy planteando una cuestión que todo hombre o mujer consciente de su condición se ha tenido que plantear.

“Freud propuso la sublimación como una forma de canalizar esas pulsiones con frecuencia demenciales e irrealizables. O chocas con ellas como un moscardón en un cristal. O levantas el vuelo y ves la forma de sortear el obstáculo para encontrar el camino de la libertad.

“El maestro vienés, que ha sido uno de los que más ha contribuido a la exacerbación de lo sexual (una de las imputaciones dirigidas contra él es la de pansexualista), apunta que se puede reencauzar la energía libidinal y transmutarla en realizaciones artísticas, deportivas, sociales… Y de esta forma lograr la reconciliación interna, la paz.

“Pero todavía me convence más la solución socrática. Platón, en El Banquete, habla de la sublimación del impulso erótico como un camino hacia la idea de Belleza. Esta transformación de los deseos físicos y emocionales culmina en la contemplación de una realidad superior.

“Ya sé que esas propuestas pueden desencadenar avalanchas de risas. En estos tiempos, hablar de sublimación, que no de negación, de los instintos puede ser considerado un atrevimiento intolerable o una patochada digna de una beata.

“Pero esa espiritualización, esa ascesis, esa búsqueda de la belleza y del bien absolutos, es a mi juicio la única senda que nos conduce fuera de nosotros mismos, de nuestras miserias, de nuestro sufrimiento”.

 

 

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