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Posts Tagged ‘distracciones’

                                XI
El cortijo distaba del pueblo cinco kilómetros. Hacía dicho recorrido a horcajadas en la burra, detrás de su padre que manejaba las riendas del animal.
Tenía que levantarse temprano, antes del amanecer, para llegar a buena hora.
Tomaban por una vereda de carne que les ahorraba el rodeo de la carretera, y que pasaba justamente al lado del corral de las vacas.
El día les rompía a mitad de camino. Con las primeras luces descabalgaban al lado de las viviendas del vaquero y del guarda de la finca.
El cortijo, agazapado entre las lomas, sólo se hacía visible cuando se coronaba la última cuesta de las varias que había que subir y bajar a lo largo del atajo, pero, antes de divisarse, los mugidos de los terneros y, si el viento les era favorable, el olor a forraje y a boñigas anunciaban su proximidad.
La jornada transcurría en silencio. Su padre era parco en palabras. Durante el trayecto sólo abría la boca para arrear a la burra.
En cuanto al vaquero, un hombre entrado en años, aunque era más comunicativo, se limitaba a gastarle alguna broma mientras conducían el ganado al campo. Luego regresaba rápido al cortijo, pues era él quien transportaba al pueblo en una camioneta la leche ordeñada y envasada en cántaras la tarde anterior.
El niño pasaba la mayor parte del tiempo en compañía de esos mansos rumiantes y de un perro de aguas que conocía el oficio mejor que él.
Las horas transcurrían con una exasperante lentitud. Las vacas permanecían agrupadas pastando apaciblemente. Si una de ellas se alejaba demasiado, el perro se encargaba de que regresase con el rebaño. Sólo si la vaca, habituada a los ladridos, no se inmutaba y persistía en su emancipación, intervenía el niño convenciéndola a pedradas o a palos de la necesidad de reunirse cuanto antes con sus congéneres.
A decir verdad estos incidentes no menudeaban. El perro, además, había acumulado tanta experiencia en sus años de servicio que poseía una extensa y eficaz gama de recursos para conseguir su objetivo.
Si la vaca fugada hacía oídos sordos a sus furiosos ladridos, el perro le enseñaba los dientes y amagaba con morderle las patas. Si se trataba de una vaca imperturbable a la que no asustaban las fanfarronadas, el perro pasaba a la acción. Dos o tres tarascadas eran suficientes para sacarla de su impasibilidad y obligarla a retroceder.
El perro de guedejas blancas lo hacía casi todo. El niño se dio cuenta de esto pronto. Por esta razón, a la que había que sumar lo poco inclinadas a la rebeldía que son las vacas, pasaba las horas sentado a la sombra de las chumberas que erizaban las lindes de la finca, de pie apoyado en el bastón que le había regalado el vaquero, o dando cortos paseos para desentumecer las piernas.
Sus distracciones consistían en contemplar las caprichosas formas que adoptaban las nubes, el raudo vuelo de los pájaros y las incansables evoluciones del perro alrededor del rebaño.
Por la tarde el curso de las horas parecía acelerarse, constituyendo siempre una agradable sorpresa la llegada del vaquero que le ofrecía un pitillo al tiempo que le preguntaba cómo había transcurrido el día. El niño rechazaba el tabaco, sonreía y se encogía de hombros.
Al principio, el niño creía que, tras haber encerrado a las vacas en el corral, su jornada había tocado a su fin. La alegría de volver al pueblo lo espabilaba, la modorra producida por tantas horas de soledad se evaporaba, sus movimientos se hacían más ágiles, su diligencia se incrementaba.
No había contado con el ordeño por el simple hecho de que él no sabía hacer tal cosa. A pesar de su ignorancia supina, su padre, que echaba una mano al vaquero en este trabajo, desde el primer día, lo puso al lado de una res mansurrona que no se inmutaría por más torpemente que fueran manipuladas sus ubres, para que fuera aprendiendo, siendo uno de los dos adultos quien, aleccionándolo al respecto, acababa extrayendo la leche a sonoros chisguetes, consejos e indicaciones que el niño escuchaba con impaciencia aunque no la dejara traslucir.
Para colmo, su padre y el vaquero eran dos hombres calmosos que, una vez ordeñadas las vacas, llenadas las cántaras y trasladadas a un cobertizo, con toda parsimonia encendían y fumaban un último cigarrillo, recostados en la valla del corral, mientras intercambiaban apreciaciones climáticas o comentarios sobre la labranza o el precio de los productos agrícolas, cuando no permanecían callados, abstraídos en sus pensamientos.
Al niño, que había ido por la burra, tras aparejarla, todavía le sobraba tiempo para reconcomerse.
Ansioso por irse, irritado por la espera, sin osar decir palabra, fue de esta manera como empezó a conocer una realidad insospechada hasta ese momento.

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Los olvidos

Mientras tomábamos una cerveza, mi amigo Pablo se desahogó. Mirándome a los ojos y en un tono apremiante, como si estuviera pidiéndome cuentas o echándome una bronca, me espetó: “¿Por qué en lugar de decir las cosas hay que atacar?”.
Aunque sabía que no se refería a mí, me sobresalté. Fui a replicar que no tenía ganas de participar en un psicodrama, pero él, que estaba serio, un pelín enervado, haciendo caso omiso de mi conato de expresión, prosiguió diciendo:
“Si he tenido un olvido o una distracción, basta con que me la señalen, basta con hablar claramente. Entiendo que ese olvido la haya molestado” “Por supuesto”.
“Ésa no es la mejor manera de corregir una falta” “De reeducar” “¿Se consigue algo dando aguijonazos?” Como advertí que se trataba de una pregunta retórica, callé y esperé.
“No” respondió él mismo, “el otro se pone en guardia y se siente confundido porque no tiene la menor conciencia de culpa. Y cuando reconozca que ha incurrido en un error, se rebelará porque considerará desproporcionada la relación entre la causa y el efecto”.
“¿Actuamos nosotros así?” Negué, naturalmente, y expuse doctoral: “Esas maneras de proceder obedecen a antiguas grabaciones. Son comportamientos aprendidos en la primera infancia que conforman los estratos más profundos de nuestra personalidad. Esquemas y expectativas procedentes de la filosofía familiar que son esgrimidos como un modelo social inapelable”.
“Como le gusta tanto porfiar, si entras en el juego, estás perdido. Será una discusión interminable. Pero yo me bajo pronto del burro. Si quiere la perra gorda, ahí la tiene, para ella” “Es lo mejor que se puede hacer: no echar leña al fuego” “Odio las peleas” “Yo también”.
“Puedes dar una respuesta o tener una salida humorística” le aconsejé. “¿Gastarle una broma? Eso sería peor porque la tomaría en serio, la interpretaría literalmente y la madeja se liaría mucho más. Es mejor dejar que pase ese nubarrón. Lo tengo comprobado: cualquier cosa que diga o haga es utilizada en mi contra”.
Reconocí que su actitud era la más sensata. “No vayas a pensar que aguantar un chaparrón es agradable” “No pienso tal cosa. Pero lo más prudente es lo que tú haces: callar” “¿Qué voy a hacer si no quiero volverme loco?”.
“Con las buenas cualidades que tú tienes” lo animo, “haces trabajos de fontanería, de electricidad, de albañilería. Haces una caldereta de cordero que está para chuparse los dedos. Eres un sol” “Fíjate si no lo fuera”.

 

 

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