Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘amanecer’

Contraluz (IV)

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

Contraluz (II)

26-de-octubre-de-2014-001-2

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

                                XI
El cortijo distaba del pueblo cinco kilómetros. Hacía dicho recorrido a horcajadas en la burra, detrás de su padre que manejaba las riendas del animal.
Tenía que levantarse temprano, antes del amanecer, para llegar a buena hora.
Tomaban por una vereda de carne que les ahorraba el rodeo de la carretera, y que pasaba justamente al lado del corral de las vacas.
El día les rompía a mitad de camino. Con las primeras luces descabalgaban al lado de las viviendas del vaquero y del guarda de la finca.
El cortijo, agazapado entre las lomas, sólo se hacía visible cuando se coronaba la última cuesta de las varias que había que subir y bajar a lo largo del atajo, pero, antes de divisarse, los mugidos de los terneros y, si el viento les era favorable, el olor a forraje y a boñigas anunciaban su proximidad.
La jornada transcurría en silencio. Su padre era parco en palabras. Durante el trayecto sólo abría la boca para arrear a la burra.
En cuanto al vaquero, un hombre entrado en años, aunque era más comunicativo, se limitaba a gastarle alguna broma mientras conducían el ganado al campo. Luego regresaba rápido al cortijo, pues era él quien transportaba al pueblo en una camioneta la leche ordeñada y envasada en cántaras la tarde anterior.
El niño pasaba la mayor parte del tiempo en compañía de esos mansos rumiantes y de un perro de aguas que conocía el oficio mejor que él.
Las horas transcurrían con una exasperante lentitud. Las vacas permanecían agrupadas pastando apaciblemente. Si una de ellas se alejaba demasiado, el perro se encargaba de que regresase con el rebaño. Sólo si la vaca, habituada a los ladridos, no se inmutaba y persistía en su emancipación, intervenía el niño convenciéndola a pedradas o a palos de la necesidad de reunirse cuanto antes con sus congéneres.
A decir verdad estos incidentes no menudeaban. El perro, además, había acumulado tanta experiencia en sus años de servicio que poseía una extensa y eficaz gama de recursos para conseguir su objetivo.
Si la vaca fugada hacía oídos sordos a sus furiosos ladridos, el perro le enseñaba los dientes y amagaba con morderle las patas. Si se trataba de una vaca imperturbable a la que no asustaban las fanfarronadas, el perro pasaba a la acción. Dos o tres tarascadas eran suficientes para sacarla de su impasibilidad y obligarla a retroceder.
El perro de guedejas blancas lo hacía casi todo. El niño se dio cuenta de esto pronto. Por esta razón, a la que había que sumar lo poco inclinadas a la rebeldía que son las vacas, pasaba las horas sentado a la sombra de las chumberas que erizaban las lindes de la finca, de pie apoyado en el bastón que le había regalado el vaquero, o dando cortos paseos para desentumecer las piernas.
Sus distracciones consistían en contemplar las caprichosas formas que adoptaban las nubes, el raudo vuelo de los pájaros y las incansables evoluciones del perro alrededor del rebaño.
Por la tarde el curso de las horas parecía acelerarse, constituyendo siempre una agradable sorpresa la llegada del vaquero que le ofrecía un pitillo al tiempo que le preguntaba cómo había transcurrido el día. El niño rechazaba el tabaco, sonreía y se encogía de hombros.
Al principio, el niño creía que, tras haber encerrado a las vacas en el corral, su jornada había tocado a su fin. La alegría de volver al pueblo lo espabilaba, la modorra producida por tantas horas de soledad se evaporaba, sus movimientos se hacían más ágiles, su diligencia se incrementaba.
No había contado con el ordeño por el simple hecho de que él no sabía hacer tal cosa. A pesar de su ignorancia supina, su padre, que echaba una mano al vaquero en este trabajo, desde el primer día, lo puso al lado de una res mansurrona que no se inmutaría por más torpemente que fueran manipuladas sus ubres, para que fuera aprendiendo, siendo uno de los dos adultos quien, aleccionándolo al respecto, acababa extrayendo la leche a sonoros chisguetes, consejos e indicaciones que el niño escuchaba con impaciencia aunque no la dejara traslucir.
Para colmo, su padre y el vaquero eran dos hombres calmosos que, una vez ordeñadas las vacas, llenadas las cántaras y trasladadas a un cobertizo, con toda parsimonia encendían y fumaban un último cigarrillo, recostados en la valla del corral, mientras intercambiaban apreciaciones climáticas o comentarios sobre la labranza o el precio de los productos agrícolas, cuando no permanecían callados, abstraídos en sus pensamientos.
Al niño, que había ido por la burra, tras aparejarla, todavía le sobraba tiempo para reconcomerse.
Ansioso por irse, irritado por la espera, sin osar decir palabra, fue de esta manera como empezó a conocer una realidad insospechada hasta ese momento.

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Read Full Post »

                                         VI
Todo había sido un espejismo, una broma macabra de su imaginación. Se había dejado asustar por ridículas visiones propiciadas por la fatiga mental o por una alteración orgánica.
Recordó que en el pueblo, donde él no había puesto los pies, había andancia. Álvarez le había comentado que el virus afectaba a las vías respiratorias o al aparato digestivo, provocando en ambos casos fiebres altas.
Y después estaba el desencadenante de ese lamentable episodio, ese dichoso cuadro que no tenía que haber traído, que tenía que haberse quedado en Sevilla, que tenía que haber vendido o regalado.
Vida nueva, decorado nuevo. Había sido una equivocación no deshacerse de ese elemento de su pasado que, en una reacción natural, hizo arrugar la nariz al ex propietario de la huerta.
Fue a beber agua a la cocina. Se le habían quitado las ganas de descorchar la botella de rioja. Pensó en preparase algo de comer. Algo ligero. No tenía hambre.
Abrió el frigorífico. Estaba dudando entre coger dos huevos para hacer una tortilla o el tetrabrik de caldo, cuando oyó arañazos en la puerta que daba a la parte trasera.
La madera crujía como si alguien la estuviese presionado, como si alguien quisiera entrar.
Se acercó a la ventana que había encima del fregadero. Se oyeron golpes en la puerta principal.
Apartó la cortina a cuadros azules y miró a través del cristal surcado de innumerables regueros de agua.
No vio nada. Acercó más la cara y, del otro lado, una enorme cabeza de perro hizo otro tanto, quedando ambas frente a frente. El animal aulló y, alzando una mano humana, señaló la puerta.
El gesto negativo de Javier, igual que su súbito retroceso, fue automático. El cinocéfalo enseñó los dientes en un largo gruñido. Luego empezó a ladrar cada vez más fuerte, como si le estuviese soltando una reprimenda al hombre.
Javier echó la cortina y regresó a la habitación de la chimenea, que tenía dos ventanas, una al emparrado y otra al camino.
Seguían aporreando la puerta. Agarrados a los barrotes de la reja vio a unos seres espantosos que le hacían señas.
En la ventana de la izquierda había hombres con un solo ojo en la frente. En la otra, criaturas sin cabeza se peleaban con otras que tenían varios brazos para hacerse sitio.
Esas abominaciones cercaban la casa. Esos monstruos querían entrar. Sus golpes y gritos se superpusieron al ruido de la lluvia.
Javier no cedió. Al cabo de un buen rato se oyó de nuevo el sonsonete del agua.
Encendió la luz exterior y miró a través de la ventana. Junto a la puerta sólo quedaba un grupo de hombres con ojos en los hombros y la nariz y la boca en el pecho.
Tenían metidos los pies en un lodazal en el que poco a poco fueron disolviéndose.
Javier se dejó caer en el sillón, frente a la chimenea apagada. Ésta era su primera noche oficial en la casa de la huerta. Su primera noche de vida retirada y centrada en el trabajo, los libros y los paseos por el monte. De vida en la que las relaciones con los demás se reducirían al mínimo indispensable.
Prudentemente había acordado con Álvarez que siguiese explotando la huerta, a cambio de tenerla cuidada y de suministrar a Javier las frutas y verduras que le fueran necesarias. Su concepto de vida de ermitaño no incluía coger el azadón y el rastrillo.
Su primera noche había sido una caída en picado que socavaba los cimientos de sus facultades mentales. Esos sueños aterradores, esas alucinaciones, lo llevaron a preguntarse si podría resistir.
Pasó el resto de la noche en vela, sentado en el sillón, con el temor de sufrir un nuevo ataque.
Cuando las grises luces de un cielo encapotado anunciaron un nuevo día, Javier se levantó y abrió la puerta. El suelo de ladrillos estaba limpio, baldeado a conciencia por la intensa lluvia.
La noche se diluía en un amanecer brumoso, perfilándose un mundo de colores apagados, un mundo confuso, carente de nitidez y límites.
Fue al cuarto de baño. Antes de enjuagarse la cara, se miró en el espejo que le reflejó sus ojos enrojecidos, su palidez, su cansancio.

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Read Full Post »

Avanzaba trabajosamente por el pasillo del autobús lleno de gente apoyada en los asientos.
“¿Me permite?” “Usted perdone” “Por favor”. Y uno y otro nos empinábamos hasta que lograba pasar. Realicé esta operación repetidas veces. El objetivo era encontrar un hueco.
Los lunes por la mañana era una locura. El autobús venía completo del pueblo vecino. Los viajeros que subían ahora, abarrotaban el pasillo.
Encontré un sitio y coloqué los libros y cuadernos en la red. Luego eché un vistazo. No cabía un alfiler. El vehículo permanecía en marcha durante el tiempo de espera.
Aunque hacía frío, el conductor no había puesto la calefacción. Rogué a los cielos que no lo hiciera porque la atmósfera se volvería sofocante.
Prefería la tartana ruidosa y renqueante a este autobús nuevo. Prefería arrebujarme en mi chaquetón a respirar este aire viciado. Pero la antigualla rodante estaba averiada.
Ya a punto de irnos, se organizó un alboroto en el largo pasillo. Un rezagado se abría paso. No presté atención al desbarajuste y me sorprendí cuando me llamaron por mi nombre.
Era Diego que me preguntaba si había un hueco por donde yo estaba. Sin esperar mi respuesta, que hubiese sido negativa, se acercó y me dijo: “Está a tope. ¡Qué vergüenza!”.
Su cara redonda me recordó a la luna llena. Tenía los labios contraídos en un gesto de repugnancia.
En el ambiente flotaba un tufillo a humanidad que revolvía el estómago.
Su mueca se convirtió en una afable sonrisa y me preguntó qué era de mi vida. Últimamente nos veíamos poco. Él estaba interno en un colegio y venía al pueblo de vez en cuando.
Respondí con un escueto bien. Las puertas se cerraron y el autobús arrancó con una sacudida que nos obligó a agarrarnos a los espaldares de los asientos.
Diego me agasajó con otra sonrisa y empezó a hablar de los estudios, su tema preferido. Ambos acabábamos el bachillerato el año próximo y había que ir pensando en la carrera que más nos convenía.
O que más nos gustaba, dije por decir algo. Me miró condescendiente y se apresuró a sacarme del error. Según él, debía prevalecer un criterio práctico.
El autobús saltaba cada vez que sus ruedas se metían en un bache. Empecé a sentirme mareado, pero no pude cambiar de postura debido a la falta de espacio.
Diego se había entusiasmado y multiplicaba sus argumentos con el fin de convencerme. Por mi parte, ni siquiera me había planteado esa cuestión. Los estudios superiores me parecían algo lejano.
Este asunto, y todavía más el de las salidas laborales, a las cuales supeditaba mi amigo la elección de la carrera, me traía al fresco.
Su apología de lo rentable estaba incrementando mi malestar de forma que tuve que bajar la cremallera del jersey y desabotonarme un poco la camisa.
A mitad de camino observé que la línea del horizonte se nimbaba de una claridad titubeante.
Interrumpiendo su discurso, le pregunté la hora. Quedaban todavía quince minutos de viaje. Quince eternos minutos.
Diego lo tenía claro. Él iba a estudiar Medicina. En su familia no había médicos…
Cerré los ojos. Me estaba mareando. “¿Te pasa algo? Estás pálido” “Abre una ventanilla”.
El aire frío me reanimó. De inmediato se oyeron voces de protesta. Nadie quería exponerse a coger un resfriado o una pulmonía. Hubo que cerrar el cristal casi del todo, dejando una ranura que no servía de nada. Por fortuna Diego se calló.
Al llegar a Sevilla, bajé precipitadamente del autobús, me apoyé en la pared y vomité. Como no había desayunado, tras dar varias arcadas, arrojé una baba espesa que me dejó un regusto amargo en la boca. Me rompió un sudor frío por todo el cuerpo y sentí un gran alivio.
Diego esperaba a que me repusiese. Cuando me erguí, me entregó mis libros y cuadernos que había olvidado. Tenía que estar en el colegio a las nueve menos cinco. No podía perder tiempo. Se despidió y se fue.
Saqué el pañuelo del bolsillo y me sequé la cara. Miré a mi alrededor. Dos empleados de la empresa enfundados en monos azules manchados de borra limpiaban un autobús.
Respiré hondo, crucé la estación y salí a la calle bañada en la luz grisácea del amanecer.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Read Full Post »

Amanecer (IV)

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Read Full Post »

Amanecer (III)

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Read Full Post »

Older Posts »