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Posts Tagged ‘tartana’

Avanzaba trabajosamente por el pasillo del autobús lleno de gente apoyada en los asientos.
“¿Me permite?” “Usted perdone” “Por favor”. Y uno y otro nos empinábamos hasta que lograba pasar. Realicé esta operación repetidas veces. El objetivo era encontrar un hueco.
Los lunes por la mañana era una locura. El autobús venía completo del pueblo vecino. Los viajeros que subían ahora, abarrotaban el pasillo.
Encontré un sitio y coloqué los libros y cuadernos en la red. Luego eché un vistazo. No cabía un alfiler. El vehículo permanecía en marcha durante el tiempo de espera.
Aunque hacía frío, el conductor no había puesto la calefacción. Rogué a los cielos que no lo hiciera porque la atmósfera se volvería sofocante.
Prefería la tartana ruidosa y renqueante a este autobús nuevo. Prefería arrebujarme en mi chaquetón a respirar este aire viciado. Pero la antigualla rodante estaba averiada.
Ya a punto de irnos, se organizó un alboroto en el largo pasillo. Un rezagado se abría paso. No presté atención al desbarajuste y me sorprendí cuando me llamaron por mi nombre.
Era Diego que me preguntaba si había un hueco por donde yo estaba. Sin esperar mi respuesta, que hubiese sido negativa, se acercó y me dijo: “Está a tope. ¡Qué vergüenza!”.
Su cara redonda me recordó a la luna llena. Tenía los labios contraídos en un gesto de repugnancia.
En el ambiente flotaba un tufillo a humanidad que revolvía el estómago.
Su mueca se convirtió en una afable sonrisa y me preguntó qué era de mi vida. Últimamente nos veíamos poco. Él estaba interno en un colegio y venía al pueblo de vez en cuando.
Respondí con un escueto bien. Las puertas se cerraron y el autobús arrancó con una sacudida que nos obligó a agarrarnos a los espaldares de los asientos.
Diego me agasajó con otra sonrisa y empezó a hablar de los estudios, su tema preferido. Ambos acabábamos el bachillerato el año próximo y había que ir pensando en la carrera que más nos convenía.
O que más nos gustaba, dije por decir algo. Me miró condescendiente y se apresuró a sacarme del error. Según él, debía prevalecer un criterio práctico.
El autobús saltaba cada vez que sus ruedas se metían en un bache. Empecé a sentirme mareado, pero no pude cambiar de postura debido a la falta de espacio.
Diego se había entusiasmado y multiplicaba sus argumentos con el fin de convencerme. Por mi parte, ni siquiera me había planteado esa cuestión. Los estudios superiores me parecían algo lejano.
Este asunto, y todavía más el de las salidas laborales, a las cuales supeditaba mi amigo la elección de la carrera, me traía al fresco.
Su apología de lo rentable estaba incrementando mi malestar de forma que tuve que bajar la cremallera del jersey y desabotonarme un poco la camisa.
A mitad de camino observé que la línea del horizonte se nimbaba de una claridad titubeante.
Interrumpiendo su discurso, le pregunté la hora. Quedaban todavía quince minutos de viaje. Quince eternos minutos.
Diego lo tenía claro. Él iba a estudiar Medicina. En su familia no había médicos…
Cerré los ojos. Me estaba mareando. “¿Te pasa algo? Estás pálido” “Abre una ventanilla”.
El aire frío me reanimó. De inmediato se oyeron voces de protesta. Nadie quería exponerse a coger un resfriado o una pulmonía. Hubo que cerrar el cristal casi del todo, dejando una ranura que no servía de nada. Por fortuna Diego se calló.
Al llegar a Sevilla, bajé precipitadamente del autobús, me apoyé en la pared y vomité. Como no había desayunado, tras dar varias arcadas, arrojé una baba espesa que me dejó un regusto amargo en la boca. Me rompió un sudor frío por todo el cuerpo y sentí un gran alivio.
Diego esperaba a que me repusiese. Cuando me erguí, me entregó mis libros y cuadernos que había olvidado. Tenía que estar en el colegio a las nueve menos cinco. No podía perder tiempo. Se despidió y se fue.
Saqué el pañuelo del bolsillo y me sequé la cara. Miré a mi alrededor. Dos empleados de la empresa enfundados en monos azules manchados de borra limpiaban un autobús.
Respiré hondo, crucé la estación y salí a la calle bañada en la luz grisácea del amanecer.

 

 

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Con frecuencia había que ir de pie en el autobús. La gente protestaba. El trayecto duraba media hora y a nadie le agradaba tener que hacerlo en el pasillo, agarrado o apoyado en el espaldar de los asientos.
Curándonos en salud, nos apelotonábamos a las puertas del vehículo para ser los primeros en subir.
Los lunes por la mañana era muy difícil encontrar sitio, pues el autobús venía casi lleno del pueblo vecino.
Arreciaban las voces airadas. A veces ponían una tartana renqueante cuyas ventanillas cerraban mal o se abrían solas. El aire helado del amanecer se colaba, además, por cien resquicios diferentes.
No quedaba más remedio que levantar los cuellos de las prendas de abrigo, encogerse y meter las manos en los bolsillos.
Debido al frío y al traqueteo, llegábamos a Sevilla atontados y entumecidos.
Prefería, sin embargo, exponerme a pillar un resfriado antes que utilizar el otro autobús cuyas ventanillas cerraban perfectamente. El aire que se respiraba allí dentro estaba viciado por la falta de oxígeno y el humo de los cigarrillos, provocándome un malestar cercano a la náusea.
Después estaba la cuestión del hacinamiento. Apenas teníamos espacio para cambiar de posición. El autobús me recordaba uno de esos camiones cargados de animales que a duras penas mantenían el equilibrio, con la cabeza gacha o mirando perplejos por entre los barrotes.
Pero era su silencio lo que más llamaba mi atención. Estaban tan ocupados en sostenerse sobre sus pezuñas que se habían olvidado de balar, mugir o hacer lo que quiera que hiciesen.
Me deprimía la visión de esas reses amontonadas que sin rebeldía ni lamentos acataban las exigencias de su destino.

 

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