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V

Por una de sus partes el soberado se convierte en un zaquizamí de techo muy bajo con una ventana al fondo desde la que se ve tu patio perfectamente. No era la primera vez que la utilizaba.

Una tarde de enero en que lucía el sol, razón por la que tú y otros miembros de tu familia os hallabais fuera, enfoqué con mis prismáticos el encantador cuadro de tres mujeres cosiendo.

En realidad los prismáticos no eran necesarios. De la misma manera que vuestra charla llegaba audible a mis oídos, salvo si os poníais a cuchichear, vuestros cuerpos inclinados sobre vuestras labores se ofrecían nítidos a mis ojos.

Los binoculares me servían para aislar a una de vosotras y estudiarla por separado, y también para ampliar mi campo de observación. Así, por ejemplo, el interior de la cocina y otros ángulos del patio.

Estabais tu madre, vestida de negro, zurciendo calcetines, tu hermana, que no dejaba hablar a nadie, remendando unos calzoncillos de tu tío, lo cual deduje por sus dimensiones, y tú, con el bastidor sobre los muslos, bordando una sábana.

Recuerdo los detalles, aparte de porque tomé nota en un cuaderno, porque esa imagen ha quedado grabada en mi mente y forma parte de las vivencias que afloran inopinadamente sin que esté en nuestra mano contrarrestar su poder.

Tu hermana estaba eufórica. El asunto de la tienda de modas iba por buen camino. Como yo no estaba al tanto, no comprendía casi nada de su atropellado discurso.

Desde hacía tiempo ella trabajaba en un taller de costura, en Sevilla. Tu madre se mostraba reacia a los argumentos que exponía la mayor de sus hijas con la misma pericia y rapidez con que parcheaba los zaragüelles de tu tío. Tu madre, por principio y por sistema, desconfía.

Volvía a la carga tu hermana una y otra vez sin desmoralizarse por la actitud refractaria de vuestra madre que, sin oponerse a los planes, no mostraba ningún interés. Cuando intervenía era solamente para señalar los inconvenientes y las molestias derivados del cambio de trabajo.

El nuevo empleo le había salido por mediación de una ex compañera conocedora de las excelentes cualidades de tu hermana en lo que a buen hacer, puntualidad y responsabilidad se refiere, sin olvidar su simpatía y su llaneza, que todo cuenta en esta vida. Esa amiga fue quien la recomendó al dueño de la tienda de moda como la persona idónea para ocupar el puesto de arregladora.

Tu madre movía la cabeza poco convencida. ¿Acaso no estaba contenta en su trabajo actual? ¿Había tenido problemas alguna vez?

Por fin metiste baza con tu vocecita chillona. Dijiste: “Esta mujer no entiende nada”. Luego ensartaste la aguja con una hebra amarilla, tiraste del extremo que había penetrado por el ojo y proseguiste tu tarea de bordar lunares en la tela.

Tu hermana repitió que ganaría más que en el taller. Y recalcó que el trabajo no era tan rutinario.

No había comparación entre llevarse cosiendo todo el santo día y dedicarse a arreglar las imperfecciones que cuatro señoras exigentes encontrasen en los vestidos, caprichos de mujeres gordas y ricas que no tenían otra cosa mejor que hacer que ir a una tienda chic y descubrir faltas donde no las había.

Remató su argumentación confesando que estaba ilusionada con desplegar su conocimiento del oficio en ese lugar, muy ilusionada, esa era la verdad. Trabajar allí tenía que ser hasta divertido.

Tu madre se levantó de la silla baja, se quitó el delantal y se lo puso por la cabeza, luego se volvió a sentar y con la ayuda de un huevo de madera siguió eliminando zancajos.

No corría viento. Inmóviles, como vosotras estabais, picaba el sol de enero. Os habíais instalado cerca del naranjo, en corro.

Esa tarde hablaste poco. Estabas enfrascada en tu labor, bordas que bordas, ajena a los dimes y diretes de tu madre y tu hermana.

Durante un rato me tuviste hipnotizado observando con qué maestría empujabas la aguja y luego repetías la operación a la inversa, de abajo arriba, y así una y otra vez hasta que aparecía un redondelito amarillo en la tela tirante.

Tu hermana sacudió los calzoncillos y los dobló cuidadosamente, poniéndolos en una silla que tenía al lado. Según ella, cualquiera en su lugar no lo pensaría dos veces.

Y añadió que ya había ido con su amiga a la tienda y había hablado con el dueño, un hombre amable y atento que había quedado satisfecho de su presencia y de su comportamiento. Esto último no lo dijo literalmente pero lo dejó entrever.

Fue entonces cuando tú, con retintín, le pediste detalles de ese dechado de educación. ¿Gordo o flaco? ¿Alto o bajo? ¿Guapo o feo? Y tu madre: “Niñas, niñas”. Y tú, insistente: “¿Cómo es?” “Mayor” “Hay mucho de Pedro a Pedro” “Este no está mal” “Niñas, niñas” “Y está soltero”.

Tu madre, apartando el peto del delantal que medio le tapaba la cara, anunció: “Voy a hacer el café”.

 

 

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