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El cabrilleo del sol en el río, la humedad que de él se eleva, que se nota en la piel, la luminosidad acrecentada, la profundidad del cielo, el aire que sopla racheado, son los disolventes del cortejo. No hay otros. El sol, el aire, el agua. Lo que se llama la gracia de Dios que se manifiesta plenamente en este cálido día de octubre.

En los mismos lugares donde nos derrumbamos, donde fuimos vencidos, donde el mundo se puso del revés, está la llave que nos permitirá abrir las puertas de las habitaciones clausuradas.

¿Acaso estoy diciendo que en la enfermedad está la curación? ¿Cuántas veces he recorrido estos lugares, he cruzado este puente?

Está bien escamondar la vida, despojarla de sus ramas secas y podridas. Está bien barrer, fregar, sacudir. ¿Cuánto tiempo lo llevo haciendo? ¿Lo he hecho de mentirijillas? El paladín es en realidad un palabrero.

He vuelto una y otra vez, como un obstinado moscardón que quiere recuperar la libertad dando trompazos contra el cristal. Como un perrillo empeñado en regresar a un hogar inexistente.

Me detengo. ¿O debo decir nos detenemos? Porque este peregrinaje a un santuario de antaño, a un centro cuyos latidos quiero verificar, se ha convertido en una procesión cacofónica. En una algarabía de voces burlonas, contradictorias, hostiles. Si fuese una radio, la apagaría, retrocedería unos cuantos metros y la tiraría al río.

Soy yo quien se detiene y nadie más. Soy yo quien contempla el hermoso palacio en cuya fachada se conjugan el almagra y el albero. De churrigueresca portada. De balcones y ventanas en perfecta correspondencia, pulcramente alineados.

Aquí podría acabar todo. En este deslumbrante escenario, con esta maravillosa iluminación. Aquí podría acabar la obra. Respiro hondo y logro sonreír. Esa perenne amenaza. Ese puñal flotante que justo ahora orienta su aguzada punta en mi dirección. Puñal experto en macabras danzas.

Con esas reflexiones, dándole vueltas a la desconfianza que mina los cimientos, llego a mi destino. A los antiguos pabellones iberoamericanos, en uno de los cuales se hallaba ubicado el comedor universitario.

Pabellón de Chile, pabellón de Uruguay, más allá el de Perú. Coches por todas partes. Aparte de esa maldición de los tiempos que afea y embrutece ese histórico recinto, todo está igual por fuera, que no por dentro.

Entro en el amplio vestíbulo. A la derecha estaba el bar. A la izquierda el comedor. También había una pequeña librería. El conserje se acerca y me pregunta qué busco. Le respondo que no busco ni deseo nada. Le explico que se trata de una visita…y callo. El lenguaje estuvo a punto de jugarme una mala pasada. Callé porque no se trataba de una visita sentimental. Si acaso terapéutica. Seguro literaria. Una última visita. Una visita balance. ¡Ojalá una visita borrón y cuenta nueva!

Dejo la frase inacabada y le cuento una parte de mi historia personal, la que concierne a ese edificio. Resulta que el conserje ya trabajaba allí antes de la remodelación, antes de que el pabellón se convirtiera en un ente burocrático. Y propone enseñarme las actuales dependencias. Declino el ofrecimiento. Allí se iba a comer, no a tramitar papeles. Le doy las gracias por su amabilidad y me despido.

 

 

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