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Posts Tagged ‘Huelva’

II

Regresé al núcleo histórico y a sus locales de comida que no eran restaurantes ni bares sino colmados donde se consumía los productos a la venta. Había también tiendecitas de pasteles y golosinas.

Manzanilla del Puerto, a juzgar por la animación, estaba de fiesta. Sus habitantes no me prestaban atención cuando les dirigía la palabra. Iban de acá para allá, a lo suyo. Era como si no me viesen. Esa actitud unas veces me deprimía y otras veces me irritaba.

Algunos vecinos, a lo sumo, se encogían de hombros. Dos o tres me facilitaron datos imprecisos.

Empecé a ponerme nervioso y acabé metiéndome en un sitio que agudizó mi percepción surrealista del entorno. Era una plazoleta semicircular en la que había varias personas que se comportaban con afectación.

Avancé cautelosamente. Cuando estaba en medio, caí en la cuenta de que ese espacio era un escenario. Esos hombres y mujeres estaban representando una obra. Los que estaban sentados eran los espectadores, que sin duda me tomaron por otro comediante.

Al cabo de algunos minutos, a la vista de mi irresolución, esbozaron una sonrisa de complacencia. Pensaban seguramente que yo estaba bordando mi papel de alelado. Con mi casco aerodinámico y mis manos enguantadas debía transmitir una convincente impresión de extravío. En lo que a mí respecta, mi mayor deseo era, nunca mejor dicho, hacer mutis.

Yo no formaba parte del elenco de esa obra ni de ninguna otra. Me hubiese gustado gritar: “¡No estoy actuando!”.

Después de esta experiencia entré en una minúscula tienda de arropía y meloja con trozos de cidra. Sin disimular mi desazón ni mi urgencia, pregunté a la dueña cómo podía salir del pueblo. Me aconsejó que saltase cualquier obstáculo hasta conseguir mi objetivo.

¿Me estaba proponiendo que me pusiese a andar en línea recta y salvase a las bravas los impedimentos, haciendo caso omiso de su magnitud y dificultad? Sobreponiéndome a mi perplejidad le di las gracias. Una vez fuera me invadió la exasperación. Me entraron ganas de cantarle las cuarenta a la mielera.

Cansado de patear inútilmente el pueblo, desorientado, permanecí inmóvil en la acera, como si me hubiesen dado un mazazo y mis pies se hubiesen hundido en el suelo.

Tenía que recuperar mi bicicleta y largarme como fuera, por mis propios medios.

Este pensamiento me hizo reaccionar y me puse en marcha. Por las empinadas calles llegué a la medina. Seguí subiendo y subiendo por ese dédalo de cuestas que se multiplicaban aviesamente, por ese zoco infernal en el que proliferaban los tabucos comerciales y hormigueaba la multitud.

Cuando llegué a lo más alto, escruté la extensa llanura. Mis ojos se empañaron. ¿Y la carretera? Para tranquilizarme me dije que mi ubicación no era la correcta. Pero no cambié de sitio.

Tenía dinero suficiente para comer algo y buscar un alojamiento. Necesitaba reponer fuerzas y descansar. Estaba hecho un lío. ¿Era esta una buena idea? No quería aposentarme en Manzanilla del Puerto. Quería irme.

 

 

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I

En cuanto me levanté y me asomé a la ventana, decidí hacer unos cuantos kilómetros en bicicleta. No entrenar, como hago a menudo, sino disfrutar de esa espléndida mañana. Por eso no me puse mi maillot negro y verde fosforescente.

Vestido de paisano, con mi casco aerodinámico y mis guantes, pedaleé placenteramente por una carretera solitaria y llegué a la vista de un pueblo desconocido. Sólo sabía que era de Huelva. Me paré y lo contemplé. Se alzaba en un monte por cuya falda se extendía. Me picó la curiosidad y lo visité. Al finalizar mi paseo turístico fue cuando surgió el problema.

El pueblo era más grande de lo que me había parecido. De hecho, me perdí. Tenía pocas y ambiguas señalizaciones. Estaba confuso. Como no encontraba la salida, no me quedó más remedio que preguntar a un vecino.

Sujeté la bicicleta con la cadena antirrobo a la farola de una plaza desierta y eché a andar hasta dar con alguien.

No tardé en llegar al concurrido centro. Sentí cortedad en abordar a los primeros transeúntes que iban presurosos o enfrascados en sus conversaciones. No me atreví a interceptarles el paso e informarme.

Estuve deambulando un buen rato, adentrándome cada vez más en el núcleo antiguo que, por sus tiendas pequeñas y su bullicio, recordaba un zoco. Por un momento me creí transportado al gran bazar de Estambul, del que sólo he visto documentales.

Me crucé con hombres y mujeres endomingados que me infundían reparo. A la primera persona que pregunté fue a un extranjero que chapurreaba apenas el español. Estaba consultando una guía turística. Me observó con cara de bobo y negó con la cabeza.

A los autóctonos se les reconocía por su desenvoltura. Haciendo acopio de coraje me acerqué después a una familia compuesta por el padre, la madre y dos hijos. Antes que nada quería saber cómo se llamaba el pueblo.

Rieron. Mi pregunta les pareció una broma. El padre y la madre respondieron a la par: “Manzanilla”. Y también al unísono, tras un gesto aprobatorio de sus progenitores, los niños añadieron: “Del Puerto”.

No conocía ningún pueblo de la provincia de Huelva con ese nombre. Cuando les pedí que me indicasen la salida, se ofrecieron amablemente a acompañarme durante un trecho. Pero de buenas a primeras me abandonaron a mi suerte.

No me dieron ninguna explicación. No se despidieron. Sin más ni más me dejaron plantado en mitad de la calle.

 

 

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I

La primera redacción de este libro data del curso 1983-84. La definitiva ha ido apareciendo en este blog entre enero de 2011 y septiembre de 2013.
Daba entonces clases en Huelva, en el instituto La Rábida, y había alquilado un apartamento en Mazagón. Trabajaba en el nocturno y tenía las mañanas libres, que dedicaba a escribir y a pasear por la playa.
El libro se llamaba “Testimonio”, pero cuando empecé a publicarlo en el blog, cambié ese título por “In illo tempore”, que era el de un cuento incorporado posteriormente.
Mi idea era sacar estos episodios como relatos independientes. Pero en vista de que tienen un hilo conductor que no es sólo la voz del narrador sino también los temas tratados, decidí mantener el plan original.
Aparte de las correcciones y abreviaciones, lo único nuevo es el título, que me parece más apropiado, pues hace alusión a aquel tiempo, a la época en que se sitúan estas historias, a los años 1972 y 1973.
Aquel lejano y productivo curso de Mazagón lo pasé trabajando por las tardes y escribiendo por las mañanas. Acabé la redacción del libro en mayo, que es el mes en que finalizo o interrumpo mis tareas literarias.
Con suerte, culmino mi proyecto. Si no es así, llega un punto de saturación, de embotamiento. Lo aconsejable es no insistir, dejarlo, para que los depósitos subterráneos tengan tiempo de llenarse de nuevo y la fuente pueda seguir manando.

II

Este libro, memorándum o periplo por una época en la que se fumaba en los autobuses, adopta por necesidad interna una forma fragmentaria y deslavazada.
Ese estilo es un reflejo de la crisis existencial del joven protagonista, cuya edad no consignada puede ser los diecisiete años, conflictivo momento durante el cual emerge y se perfila su vocación literaria plasmada en relatos que se entremezclan con apuntes de su propia vida.
El inicio del libro es onírico y su final dudoso, en el sentido de que se podría seguir añadiendo episodios. Se trata de una composición abierta, de un ejercicio de escritura sin desenlace.
Ni la crisis está resuelta ni la vocación ha cuajado completamente. Todo está todavía por asumir y definir. En ese limbo se encuentra el protagonista. En ese ámbito se desarrolla la acción del libro.
Como indicaba su primer título, esta crónica es un testimonio personal y social. Una recreación constituida por miradas, balances y apreciaciones. Por intentos de ordenar un material resistente a la fijación y a la categorización.
Tarea prometeica e insensata, condenada al fracaso o a la frustración en la mayoría de los casos, es querer apresar los elementos que conforman la vida en cualquiera de sus manifestaciones.
Esos elementos son irreductibles. Metafóricamente se puede dar cuenta de ellos. Mediante un abrazo creativo pueden ser revividos en el mundo paralelo de la literatura.
La literatura es una tentativa de ordenación y comprensión. El escritor es el arquitecto o el maestro albañil que, con esos componentes transmutados, se esfuerza en levantar el edificio intangible del libro.

 

 

 

 

 

 

 

 

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I
Viví en Huelva varios años, en el animado barrio de Isla Chica. Mi piso, en una tercera planta sin ascensor, estaba cerca del estadio de fútbol.
Huelva fue un refugio. No es que yo huyese de nada. En cualquier caso, en esa ciudad provinciana me sentía relajado y fuera del alcance de viejas historias.
Un día, dos amigos y yo fuimos a visitar una exposición histórica en el museo.
El ambiente primaveral, los jacarandos en flor y la placidez de esa hora invitaban a disfrutar del paseo en silencio.
A mi derecha iba Román, que tiene el raro don de saber escuchar. Sonriente y reservado, las preguntas personales lo incomodan. Pero tras sus buenas maneras se descubre a alguien decidido y disciplinado. Si tuviera que destacar un rasgo de su personalidad, señalaría la firmeza.

II
El encuentro se produjo a la altura del barrio de los Ingleses.
Ella esbozó una sonrisita que interpreté como: “¡Te pillé!”.
Venía de frente, acompañada de dos jóvenes a las que seguramente iba aleccionando, una a cada lado.
Qué podía estar haciendo María Rosa en Huelva.
Tras los saludos y presentaciones me entraron unas ganas locas de largarme.
No sabía de qué hablar ni qué actitud adoptar.
Como María Rosa disfruta con las situaciones difíciles, fue ella la que llevó la batuta.
Cuando me llegó el turno de intervenir, no desaproveché la ocasión de meter la pata.
Saqué a colación a su hermana, a la que había visto recientemente en Sevilla. A continuación recordé que las relaciones entre ellas eran tirantes.

III
¿Y qué hacía allí? Acabé preguntándole.
Sus dos amigas y ella iban al museo. El corazón me dio un vuelco.
“¿Al museo?” repetí estúpidamente.
En realidad quería decir que iban en dirección contraria. Mis dos amigos guardaron silencio también.
Durante un rato María Rosa nos informó de la interesante exposición histórica recién inaugurada, que era el motivo de su presencia en Huelva.
Luego vinieron las despedidas. Ellas siguieron su camino y nosotros el nuestro.

 

 

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Alájar (II)


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