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Macaria

Pasaba gran parte del día en el umbral de su casa, mirando directamente a los ojos de los transeúntes que cruzaban la calle Alfolí.
Macaria los interpelaba con una sonrisa que mostraba su dentadura cariada. Todos pasaban de largo sin prestar atención a esa mujer de pelo ensortijado y edad indefinida, con una bata estrafalaria que parecía la túnica de un nazareno. Todos menos los niños que se paraban y formaban un corro a su alrededor.
De hecho, los niños venían a buscarla. Cuando no la encontraban en el umbral de granito, llamaban a la puerta y preguntaban por ella.
Macaria tenía fama de no estar en sus cabales. La gente decía que cuando muriesen sus tíos, sería internada en un asilo, porque ¿quién iba a hacerse cargo de ella?
Para los niños no era una lunática sino una maga con el poder de avivar colores y conjurar imágenes, razón por la que era muy apreciada.
Esa tarde estaba con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
A Macaria le gustaba cantar pero como desafinaba espantosamente, sus actuaciones acababan en abucheos. Eso era lo que había ocurrido.
Un vecino desaprensivo y su propia tía la habían mandado callar.
El vecino, con acritud, había añadido: “Como sigas cantando, van a caer chuzos de punta”.
Los niños trataron de consolarla. Uno de ellos le pidió que fuera por su varita de avellano.
Los chavales aplaudieron cuando Macaria regresó con ella. A continuación la mujer trazó círculos y otras figuras en el aire. Incluso se puso a bailotear mientras convocaba a las imágenes.
Por fin, del reino de las transformaciones y de las renovaciones, de las cohesiones y de las disgregaciones, surgió la primera representación.
Una niña dijo: “Macaria, eso es un cementerio” “Es verdad” “Y eso que se ve ahora es un entierro”.
Luego aparecieron varias hileras de nichos, unos vacíos y otros con su inquilino dentro. A continuación los niños contemplaron a un tullido que iba por un camino solitario.
“¡Ése es el camino del cementerio!” exclamaron.
La maestra de sueños y visiones no estaba de humor. Los espectadores hicieron un gesto de contrariedad cuando el aire se tachonó de manchas amoratadas, como hematomas en un cuerpo apaleado.
Esto era suficiente. Estaba claro que Macaria seguía enfurruñada.
“Bueno, nos vamos” “Mañana será otro día” “Adiós”

 

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