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Posts Tagged ‘hablar’

Desde que subían al coche, no paraban de hablar. Tenían siempre uno o dos temas de conversación que se entrecruzaban. En mi rincón, detrás de la conductora, yo escuchaba distraídamente sin participar.
Esa capacidad comunicativa me asombraba. Reconocía que debía tratarse de un don.
De hecho, como había tenido ocasión de comprobar, podían hacer varias cosas al mismo tiempo. En la medida en que me afectaba, esa actividad múltiple me producía inquietud.
La conductora podía perfectamente manejar el volante, seguir las noticias de la radio haciendo comentarios pertinentes e intervenir en la charla general.
La conductora no era un caso especial. Las otras alardeaban también de tener tres o cuatro frentes abiertos sin trabucarse ni volverse locas.
Mi cabeza funciona lentamente. Este estado se agrava por la mañana temprano. Mis neuronas están todavía desperezándose. La luz escasa las invita a permanecer en una agradable modorra.
Eso sin contar con que no desayuno, tengo la boca pastosa y la garganta seca, todo lo cual dificulta la emisión de cualquier sonido, y no digamos la articulación y concatenación de palabras en un orden lógico.
Modoso y discreto, con la cartera sobre las piernas, me pregunto mentalmente por qué mis compañeras no cierran el pico y tenemos un viaje apacible.
Es cierto que, mientras más disperso mi atención, más peligro corro de marearme. Este temor que se ha hecho realidad tres veces, es otro condicionante de mi comportamiento.
Aun sabiendo que mi actitud suscita curiosidad, no veo motivo para dar explicaciones, ni todavía menos para pretender ponerme a la altura de las circunstancias, temeridad que pagaría cara.
Así que, cuando una de mis compañeras con la intención de involucrarme en la conversación, según ella, con la de chincharme, según yo, me preguntó: “¿Y tú? ¿Cuántas cosas haces a la vez?”, respondí de inmediato: “Yo hago las cosas una a una y concentrado”.

 

 

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Éramos tres mujeres y un servidor que íbamos en coche al trabajo. Cada día uno de nosotros llevaba el suyo. Así economizábamos y el viaje, presuntamente, se hacía más corto.
Por lo general hablo poco. Prefiero escuchar y contemplar el paisaje. Más lo segundo que lo primero. Mis compañeras, incluso por la mañana temprano, prefieren hablar. Siempre tienen que contar un montón de cosas.
En una ocasión abordaron el tema del feminismo. Como de costumbre, yo permanecía calladito en mi rincón, detrás de la conductora.
A bocajarro, de forma que me sentí violento, me preguntaron cuál era mi opinión sobre el aborto.
Les respondí lo que pensaba, que no era lo que ellas esperaban, y que no les gustó.
Se hizo un silencio embarazoso. Una de mis compañeras me miró de través, con una media sonrisa, y dijo: “Pero tú no eres una mujer”.
“Si lo fuera, sería la mujer barbuda” repliqué. Por desgracia su sentido del humor las había abandonado y ninguna celebró mi ocurrencia.

 

 

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