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Posts Tagged ‘viaje’

Heroicos peregrinos
que parten solitarios,
recorriendo países,
errando sin descanso,
invirtiendo en el viaje
el total de sus años.

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“Recobramos nuestro paso de caminantes. ¡Había tanto que ver! Entre las cosas curiosas de la ruta que seguíamos vimos a numerosos grupos de peregrinos que iban en procesión alrededor de la montaña llamada Kong bou Bön ri, uno de los lugares santos de la región”.

En esas líneas están contenidas las dos razones que motivan a los caminantes. Una, la que impulsa a David-Néel a realizar su viaje al Tíbet a los cincuenta y seis años de edad, tras recibir una sustanciosa herencia, es la curiosidad, el deseo de conocer y estudiar nuevas tierras. La segunda razón son las peregrinaciones. Razones científicas o racionales y razones religiosas o espirituales. Ambas constituyen buenos acicates para poner un pie tras otro y emprender la marcha.

Esos dos móviles corresponden también a dos actitudes ante la vida, entre las que hay muchas semejanzas.

Los caminantes, en este caso la intrépida viajera francesa, siguen adelante a pesar de las dificultades. A unos los sostiene su capacidad de asombro, a otros su fe.

Para la escritora este viaje es una apuesta. Desde luego viajar a Lhasa en 1924 era un peligroso reto, teniendo en cuenta, aparte de las incomodidades y los problemas logísticos, que el Tíbet era un país prohibido para los extranjeros.

David-Néel, que había sido expulsada anteriormente en cuatro ocasiones, se propone por quinta vez llegar al corazón de esa accidentada meseta, es decir, a su capital, Lhasa, la Roma lamaísta como ella la llama.

El camino, sea cual sea el aliciente que nos lleva a recorrerlo, proporciona nuevas visiones de la belleza y momentos de serenidad. En el viajero y en el peregrino, que tal vez no sean más que dos avatares del mismo personaje, hay un niño que sólo rinde el cansancio.

Ninguno de los dos, si son verdaderos, tiene prisa por llegar. La meta es Lhasa. Pero la autora se toma su tiempo para explorar las comarcas que atraviesa. El destino es Lhasa pero ella no escoge siempre la ruta más corta ni más fácil. Tan importante como llegar a la capital tibetana es el camino mismo.

Son las vicisitudes las que nos enseñan. Así lo expresa, en clave de filosofía budista, un lama incapaz de moverse:

“No os aflijáis por mí (…). Sé que la muerte no os asusta, ni a mí tampoco. Todo el día me he estado dando masajes en el pie y ahora voy a ponerme compresas de agua caliente. Quizá pueda andar mañana. (…) No os sintáis responsables de lo que me pasa. La causa de todo lo que nos ocurre está en nosotros mismos. Este accidente es el resultado de actos cometidos por mí, con mi cuerpo, mi palabra o mi espíritu, en esta vida o en otras que le han precedido. Ni los dioses ni los demonios son los autores. No servirá de nada lamentarnos, durmamos, pues”.

 

Traducción de Milagro Revest

 

 

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Una joven con capacidad visionaria, otra con un marcado componente histérico, un aficionado al cante hondo y el narrador-conductor del seíta parten de madrugada hacia Aracena. Pero en el utilitario se ha colado alguien de rondón.

Esta es la crónica de un viaje jalonado de trampas y complicaciones, de ascensos y descensos. Este desplazamiento en el espacio, sin ser circular, una vez alcanzado el clímax, acabará donde empezó, tal vez para ser rehecho con la experiencia adquirida, tal vez para darle carpetazo.

Este viaje a un pueblo famoso por su feérica gruta de estalactitas y estalagmitas, de remansados lagos y salones de ensueño, razón por la que ha recibido el nombre de gruta de las Maravillas, y famoso también por su derruida fortaleza que perteneció a la orden del Temple, bajo la cual se extienden las galerías y las salas en las que el agua ha modelado sugestivamente la piedra caliza, componiendo ambos, el castillo y la caverna, un binomio emblemático, este viaje es la antítesis de una visita turística.

Dichos lugares, que no se nombran, son solamente el telón de fondo de este relato donde se ventila un drama. Más que un viaje es una inmersión que llevará al conductor del Seat 600 primero al abandono de sus compañeros, y luego a la confrontación con otros personajes, particularmente con ese desconocido quinto ocupante del coche.

El próximo miércoles publicaré la primera entrega de este periplo que saldrá a la luz cada lunes.

 

 

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Desde que subían al coche, no paraban de hablar. Tenían siempre uno o dos temas de conversación que se entrecruzaban. En mi rincón, detrás de la conductora, yo escuchaba distraídamente sin participar.
Esa capacidad comunicativa me asombraba. Reconocía que debía tratarse de un don.
De hecho, como había tenido ocasión de comprobar, podían hacer varias cosas al mismo tiempo. En la medida en que me afectaba, esa actividad múltiple me producía inquietud.
La conductora podía perfectamente manejar el volante, seguir las noticias de la radio haciendo comentarios pertinentes e intervenir en la charla general.
La conductora no era un caso especial. Las otras alardeaban también de tener tres o cuatro frentes abiertos sin trabucarse ni volverse locas.
Mi cabeza funciona lentamente. Este estado se agrava por la mañana temprano. Mis neuronas están todavía desperezándose. La luz escasa las invita a permanecer en una agradable modorra.
Eso sin contar con que no desayuno, tengo la boca pastosa y la garganta seca, todo lo cual dificulta la emisión de cualquier sonido, y no digamos la articulación y concatenación de palabras en un orden lógico.
Modoso y discreto, con la cartera sobre las piernas, me pregunto mentalmente por qué mis compañeras no cierran el pico y tenemos un viaje apacible.
Es cierto que, mientras más disperso mi atención, más peligro corro de marearme. Este temor que se ha hecho realidad tres veces, es otro condicionante de mi comportamiento.
Aun sabiendo que mi actitud suscita curiosidad, no veo motivo para dar explicaciones, ni todavía menos para pretender ponerme a la altura de las circunstancias, temeridad que pagaría cara.
Así que, cuando una de mis compañeras con la intención de involucrarme en la conversación, según ella, con la de chincharme, según yo, me preguntó: “¿Y tú? ¿Cuántas cosas haces a la vez?”, respondí de inmediato: “Yo hago las cosas una a una y concentrado”.

 

 

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12.-Sabemos el día en que decidimos embarcarnos y poco más. Ilusiones, confianza, determinación. Ninguna garantía. Ése es el trasfondo de cualquier empresa o aventura. El destino y los incidentes de la travesía pertenecen al secreto del sumario. Son un misterio que se irán desvelando a lo largo y al final del viaje.

11.-Las reacciones emotivas negadas o reprimidas siguen vivas hasta que uno las descarga sobre los objetos que las provocaron (padres, educadores u otros) o, si tal operación no es posible, sobre objetos alternativos.
La escritura constituye una forma de desquitarse. Un medio de manipular y, con suerte, desembarazarse de esos fardos. Una venganza literaria es inofensiva. Al autor lo alivia, le proporciona satisfacción, y el destinatario de los dardos más o menos emponzoñados permanece en la inopia, raramente se entera del ataque. Un trabajo de una limpieza y de una corrección ejemplares.
A través de la literatura se neutraliza la destructividad, se transmuta la energía negativa, se la canaliza adecuadamente, se elabora con ella un producto útil. La ponemos, en definitiva, al servicio de la vida. Según Alice Miller, este proceso redunda en beneficio de la humanidad.

 

 

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[El viaje es una tregua]

1
El viaje es una tregua,
un alto en el camino.
Es un grato paréntesis
en nuestro deambular.

En ningún sitio estamos.
El punto de partida
pertenece al pasado
y si el coche está en marcha,
es que no hemos llegado.

2
Es sentir en el pecho
un calor agradable.
Es la serenidad
con tanto afán buscada.

Descansados, tranquilos,
el corazón alegre,
abolimos lo feo.
Y las preocupaciones
se debilitan, pierden
su abusivo poder.

3
De estos grandes regalos
con que el viaje nos colma,
hay uno por encima
de todos los demás.

Viajar es evadirse,
salirse de uno mismo,
olvidarse del yo
en el que estamos presos.

Estar dentro de un coche
a punto de arrancar
es lo más estupendo
que nos puede pasar.

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