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Posts Tagged ‘Josep Pla’

Las razones de su oficio de escritor, las que le llevaron a redactar “El cuaderno gris” y, por extensión, las de la creación literaria, las expone en la entrada del 20 de junio.
Escribir es “una necesidad íntima”, una actividad a la que uno se ve abocado. Escribir es también una disciplina, un medio de actualizar su potencial humano ateniéndose a las normas y condiciones anejas a esta ocupación, que no sólo afectan a esta parcela sino que abarcan la totalidad de la vida, que imprimen el tono existencial.
Hay vidas de deportistas, de aventureros, de burócratas, de negociantes, de tahúres…y vidas de escritores.
No se trata de una reglamentación absurda sino de un compromiso que incardina al autor en la caótica realidad, y que le permite realizar su trabajo. Esa directriz actúa como un correctivo que ataja las desviaciones y facilita el camino emprendido.
Planteada la escritura como necesidad y como disciplina, estando la segunda supeditada a la primera, que es la que marca la pauta, sólo hay una respuesta a la pregunta de si uno seguiría escribiendo en el caso de tener dinero. Fue la que dio Pla: “Quizás escribiría más “.

“(…) este cuaderno, empezado frívolamente, se ha convertido para mí ineludiblemente en una necesidad íntima.
“Este cuaderno es, en primer lugar, un elemento de disciplina positiva que actúa sobre mi vida. En la biblioteca, un día Climent me preguntó:
“-Tú, si tuvieras dinero, ¿también escribirías?
“Contesté a la pregunta sin dudar un momento:
“-Sí, también escribiría… Quizás escribiría más.”

 

 

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Sobre la posesión del dinero, las razones de Pla no pueden ser más sensatas. Quizá en la vejez tiene un valor relativo, pero cuando se es joven su carencia es una desgracia porque deforma grotescamente la percepción de las cosas.
Téngase en cuenta que durante esos años la vida se basa sobre todo en la perentoria satisfacción de los deseos. Todos los oropeles y perifollos con que la adornamos en nuestra ofuscación, podrían ser desenmascarados si tuviésemos los medios económicos para confrontarlos con la realidad.
A menudo eso no ocurre. Al sernos materialmente imposible dicha comprobación, las expectativas se agrandan y se multiplican, sumiéndonos en la infelicidad. Y la culpa la tiene el deseo frustrado que tiñe de misterioso y sumamente apetecible lo inalcanzable.
Una de las nefastas consecuencias de este fenómeno es impedir que nos centremos en lo que de verdad importa, que en el caso de Pla era escribir más.

“Cuanto menos dinero se tiene, más deseo suscita la vida. El deseo insatisfecho llega a hacer creer que en la vida humana hay algún misterio, algún tesoro oculto de una mágica fascinación hedonística. El dinero, pues, se debería tener en la época de la juventud, con el objeto principalmente de hacer comprender, por saturación, que la vida humana no tiene ningún misterio, que las fascinaciones hedonísticas son monsergas –o aproximadamente. Por eso me gustaría, personalmente, tener dinero; para poder pasar delante de un restaurante, (…) o de un escaparate, con una completa, profunda indiferencia. Así evitaría enormes pérdidas de tiempo y ese dolor de convertir la vida en una sedienta tentativa”. Entrada 20 de junio.

 

 

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Las aspiraciones de la gente de su tiempo y de su país, que Pla reseña en la entrada del 6 de diciembre, siguen siendo las mismas de la gente de ahora y de cualquier lugar. El escritor catalán, a pesar de sus desventajas, acepta el individualismo subyacente a esa manera de entender la vida.
Ese individualismo es la salvaguarda, la garantía, la materialización de la libertad. Y la libertad, en primer y último término, es preferible a las componendas de las relaciones sociales.

“La gente de aquí quiere: a) vivir bien; b) vivir bien en su casa o haciendo una vida absolutamente privada; c) interpretar las cosas con el pie forzado de los intereses personales exclusivos; d) no ser importunada por cosas ajenas a la propia voluntad. Este fondo de individualismo me gusta. Tiene un gran defecto, claro: la imposibilidad que la gente tiene de relacionarse hace que, prácticamente, sea imposible la vida social. Lo que se encuentra más a faltar, en el país, es la conversación, la higiénica volubilidad de la relación social. Puesto a elegir, sin embargo, entre la conversación y la libertad –la libertad solitaria- me quedo, siempre, con la libertad”.

 

 

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En la entrada del 5 de septiembre, Pla deja constancia de algunas verdades cuya verificación está al alcance de cualquier lector.
La premisa de la que parte es la inefabilidad de la realidad interior, la imposibilidad de expresarla, de formular cabalmente lo que pensamos y lo que sentimos.
Estamos atrapados en la ratonera de las contradicciones insolubles, a las que hay que sumar la pobreza de medios expresivos.
Otro impedimento es el rechazo o la negación, en mayor o menor medida, de lo que escondemos tras la careta social, de lo que somos.
El escritor de Palafrugell señala también la intrínseca debilidad del ser humano, que preferimos ignorar, avergonzándonos de ella como de un vicio inconfesable.
Existe un abismo entre el hombre solo y el hombre público. El segundo es un desmentido del primero, su patética contrahechura, el cancerbero que impide el paso a la autenticidad. Gabriel Celaya dejó escrito estos versos: “A solas, soy alguien. / En la calle, nadie”.
Ese nadie se interpone como una barrera infranqueable en la asunción y expresión de la realidad íntima, ya de por sí problemática.

“Cuando no podemos aclarar la nebulosa interna, decimos habitualmente: yo ya me entiendo… Los borrachos dicen lo mismo. Sospecho que los niños, cuando no consiguen hacerse entender, piensan lo mismo. Mi idea, pues, es que la intimidad es inexpresable por falta de instrumentos de expresión, que su proyección exterior es prácticamente informulable. (…)
“Y, por si esto no fuera bastante, están todos los monstruos invencibles: la vanidad, el tartufismo, la educación, el egoísmo, el convencionalismo, la envidia, (…). Metidos en este juego de fuerzas oscuras pero de gran peso, las contradicciones íntimas son permanentes. Por ejemplo: yo tiendo en público, o cuando escribo, a combatir el sentimentalismo por pornográfico y antihigiénico, pero lo cierto es que, personalmente, soy una especie de ternero sentimental, evanescente. Cuando me encuentro solo, a veces río –o a veces se me cae una lágrima desprovista de toda justificación racional, contraria a todas las exigencias de la razón que defiendo ante la gente. (…)
“Ante muchas cosas, soy de una debilidad ridícula. Una gota de sangre, el dolor físico, la presencia de un muerto, (…) me sumergen en un estado de debilidad tan morbosa y dolorida que la siento de una manera física. En realidad sólo soy fuerte para aparentar –encontrándome en público- que tengo el sentido del ridículo despierto”.

 

 

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