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Posts Tagged ‘Gabriel Celaya’

La producción de Celaya tiene una vertiente social bien conocida, pero tiene otra más inmediata en la que celebra el puro gozo de existir. “Buenos días” es un ejemplo de esa poesía palpitante con la que tan fácilmente se identifica el lector.

Este poema, como otros de Whitman o Kipling, pertenece a la categoría de los terapéuticos, de los que reconcilian con la vida y con uno mismo.

“Buenos días” es un canto al hecho de que, bombeada por el corazón, la sangre corra por las venas, de que los sentidos nos permitan disfrutar de actividades tan comunes como un zumo de naranja o un paseo matinal. Levantarse, desayunar, estirar las piernas, saludar a los árboles y a los pájaros: ahí radica la felicidad. Un estado de gracia al alcance de cualquiera. Lo que el poeta hace lo podemos hacer todos, no hay nada extraordinario en sus actos. Se limita a hacernos partícipes de su alegría y a mostrarnos el camino que a ella conduce, que no es otro que el de la entrega, el de la abolición de las mezquinas fronteras personales. Si caen ellas y los diques defensivos, la vida se afirma desbordante.

Son las diez de la mañana.
He desayunado con jugo de naranja,
me he vestido de blanco
y me he ido a pasear y a no hacer nada,
hablando por hablar,
pensando sin pensar, feliz, salvado.
¡Qué revuelo de alegría!
¡Hola, tamarindo!,
¿qué te traes hoy con la brisa?
¡Hola, jilguerillo!
Buenos días, buenos días.
Anuncia con tu canto qué sencilla es la dicha.
Respiro despacito, muy despacio,
pensando con delicia lo que hago,
sintiéndome vivaz en cada fibra,
en la célula explosiva,
en el extremo del más leve cabello.
¡Buenos días, buenos días!

(…)

A la vertiente social y a la inmediata hay que sumar una tercera filosófica e incluso con ribetes místicos. En el poema “A solas soy alguien” Celaya ha captado la condición de la esencia humana, la cual resume en el título que es el primer verso del estribillo. El segundo es “En la calle, nadie”.

La verdad contenida en el estribillo es la que, a modo de silogismo, desarrolla el autor a lo largo del poema. El hombre solo, o el hombre ante Dios, ese señor tan callado, esa concavidad habitada por el silencio, según lo caracteriza Celaya, siente que es alguien, que vale algo. No sobreviene, al menos, el gran desastre que se produce en la calle: su anonadamiento.

A solas medito,
siento que me crezco.
Le hablo a Dios. Responde
cóncavo el silencio.
Pero aguanta siempre,
firme frente al hueco,
este su seguro
servidor sin miedo.

(…)

En la calle reinan
timbres, truenos, trenes
de anuncios y focos,
de absurdos papeles.
Pasan gabardinas
pasan hombres “ene”.
Todos son hombres como uno,
pobres diablos: gente.

La conclusión de este razonamiento poético cuya primera premisa es el hombre en soledad y la segunda el hombre en sociedad, se expone en la tercera estrofa. En la cuarta y última el poeta da un paso más. No sólo en esa soledad luminosa el ser humano es más verdadero, es alguien, vale algo. Es también en ella, que se contrapone a la desolación reinante en el exterior, donde podemos entender y acoger a los demás.

 

 

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En la entrada del 5 de septiembre, Pla deja constancia de algunas verdades cuya verificación está al alcance de cualquier lector.
La premisa de la que parte es la inefabilidad de la realidad interior, la imposibilidad de expresarla, de formular cabalmente lo que pensamos y lo que sentimos.
Estamos atrapados en la ratonera de las contradicciones insolubles, a las que hay que sumar la pobreza de medios expresivos.
Otro impedimento es el rechazo o la negación, en mayor o menor medida, de lo que escondemos tras la careta social, de lo que somos.
El escritor de Palafrugell señala también la intrínseca debilidad del ser humano, que preferimos ignorar, avergonzándonos de ella como de un vicio inconfesable.
Existe un abismo entre el hombre solo y el hombre público. El segundo es un desmentido del primero, su patética contrahechura, el cancerbero que impide el paso a la autenticidad. Gabriel Celaya dejó escrito estos versos: “A solas, soy alguien. / En la calle, nadie”.
Ese nadie se interpone como una barrera infranqueable en la asunción y expresión de la realidad íntima, ya de por sí problemática.

“Cuando no podemos aclarar la nebulosa interna, decimos habitualmente: yo ya me entiendo… Los borrachos dicen lo mismo. Sospecho que los niños, cuando no consiguen hacerse entender, piensan lo mismo. Mi idea, pues, es que la intimidad es inexpresable por falta de instrumentos de expresión, que su proyección exterior es prácticamente informulable. (…)
“Y, por si esto no fuera bastante, están todos los monstruos invencibles: la vanidad, el tartufismo, la educación, el egoísmo, el convencionalismo, la envidia, (…). Metidos en este juego de fuerzas oscuras pero de gran peso, las contradicciones íntimas son permanentes. Por ejemplo: yo tiendo en público, o cuando escribo, a combatir el sentimentalismo por pornográfico y antihigiénico, pero lo cierto es que, personalmente, soy una especie de ternero sentimental, evanescente. Cuando me encuentro solo, a veces río –o a veces se me cae una lágrima desprovista de toda justificación racional, contraria a todas las exigencias de la razón que defiendo ante la gente. (…)
“Ante muchas cosas, soy de una debilidad ridícula. Una gota de sangre, el dolor físico, la presencia de un muerto, (…) me sumergen en un estado de debilidad tan morbosa y dolorida que la siento de una manera física. En realidad sólo soy fuerte para aparentar –encontrándome en público- que tengo el sentido del ridículo despierto”.

 

 

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