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Posts Tagged ‘Atlántico’

                                    III
Y yo aquí, sentado en una duna, rodeado de gramíneas que doblan sus tallos al menor soplo de viento, y que tiemblan azogadas cuando éste corre racheado. Contemplando la línea de la playa que se extiende en un largo abrazo. Como si pretendiese abarcar al mar, acunarlo en su regazo, adormecerlo en su seno. Y yo aquí, fascinado por las aguas del Atlántico cuyo oleaje rompe a escasos metros de donde estoy, de esta atalaya desde la que admiro sus luces, sus crestas espumosas, su poder ilimitado. Arrullado por su murmullo. En esta duna a mitad de camino de los pinares y el mar. Entre el verde oscuro de las agujas y el verde inestable del océano. Envuelto en los olores procedentes de uno y otro lado. En este confín. En este paraje de vegetación rala. Hipnotizado por ese flujo creciente que va anegando la playa, y que arrastrará consigo, cuando se retire, todos los detritos. A un tiro de piedra de ese espolón desafiante, de ese esquife escorado, de esa excrecencia que desentona en este paisaje costero de suave trazado. Sentado en esta colina de arena tibia. Dejando vagar la vista. Ubicado en ese punto concreto del universo. Considerando la extravagancia de esa roca carcomida que es mínima, inexistente, comparada con la de un ser humano. Sintiendo cómo ese pensamiento produce un vacío. Y el vacío vértigo. Y el vértigo angustia. Y la angustia desvalimiento. Como cuando miro las paredes desnudas de mi habitación. O a través de cristales empañados en un día brumoso. Como cuando marcho cansinamente sin objeto. Entonces. Ahora. En el teso de la duna. Sin ataduras. Libre de lastre. Un tenue cosquilleo me recorre las yemas de los dedos. Mi cuerpo se vuelve más liviano. Mi respiración se hace más pausada. Mi mente adquiere la pureza de un diamante.

 

 

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                                    9
A raíz de este incidente, tuve un sueño que, cada cierto tiempo, emergía como un recordatorio.
He cazado la lagartija más hermosa de mi vida, con una larga cola que se agita sin cesar, una cabeza triangular y afilada, unos ojillos vivos y una boca que se abre con fiereza.
Su vientre, blanco y blandito, es suave al tacto. En el dorso tiene una banda central de color pardo y otras dos laterales de color verde, que se van tornando azules conforme se acercan al abdomen.
Me dirijo al puerto, que está muy animado durante la mañana, pero que por la tarde es uno de los lugares más solitarios de Ciparsa.
Entre los almacenes, destaca la lonja de pescado con sus cenefas de color albero.
No tengo prisa por llegar. Y, además, debo estar atento a la lagartija, que se retuerce como un contorsionista.
Desde la esquina de uno de los tinglados, contemplo el Atlántico.
Atravieso la parte asfaltada del muelle y me encamino a la que está adoquinada.
En los noráis no hay amarrada ninguna embarcación.
Sólo se escucha el discreto chapoteo del oleaje contra el dique.
Las aguas azuladas, sobre las que cabrillea el sol pespunteándolas de fulgurantes destellos, permiten distinguir el fondo arenoso.
Peces solitarios o en pequeños grupos se desplazan plácidamente de acá para allá.
No lo pienso más y hago aquello para lo que he venido: arrojar la lagartija al océano.
Mientras da vueltas por los aires, diviso una criatura negra que se acerca a una velocidad alarmante.
Atribulado, miro cómo se hunde la lagartija en el agua al tiempo que avanza la gigantesca anguila con las fauces entreabiertas en lo que me parece una macabra sonrisa.

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