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XI
Y siguen los cortejos, las peregrinaciones,
las noches y los días, las glorificaciones,
la fe de los creyentes, prodigios, curaciones.

A los ruegos responden las sobrenaturales
voces tonitronantes
que exhortan y conminan,
mientras la muchedumbre
se pone de rodillas.

La sangre de los muertos
borbotea de nuevo.
Las esferas entonan
su cántico perfecto.
Hasta la tierra llegan
sus armoniosos ecos.

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II

Una de las primeras evidencias es que ya hemos dejado de tontear. Eso no significa que seamos más listos. Cada mochuelo, como diría el cazurro tío del plumilla, está en su olivo, en él está posado y, si se anima a desentumecer las alas, pronto regresa a su rama que no forzosamente tiene que ser cómoda. Sólo es su rama.

Mientras miramos los parterres de cintas, las hiedras que trepan por los troncos de los árboles, los enhiestos agapantos de flores azules, las yucas, los setos de fragante mirto, mientras atravesamos las glorietas con largos bancos de ladrillos, frecuentadas por las palomas cuyo discreto zureo, a pesar del tráfico circundante, se deja oír, allí encontramos si no la respuesta, que tan pomposo suena, al menos una respuesta, una constatación, un guiño. O, por mejor decir, varios.

Emilio habla de soñar. Los sueños antes, los sueños ahora, los sueños siempre. Dormidos y despiertos. Esas constelaciones mentales que dibujan figuras mitológicas, espirales que se expanden y caminos que conducen al infinito, son el dosel bajo el que desfilan nuestros días en la tierra. Nuestras estrellas que, cuando se apagan, todo se vuelve oscuro, y que, cuando se encienden, nos iluminan con su resplandor diamantino. “Te llamé. Me llamaste” dice Emilio.

Seguimos andando de acá para allá, escuchando esas voces grabadas en la piedra, que confirman nuestras intuiciones, que nos afianzan en nosotros mismos, en lo que creemos, en lo que somos, que nos devuelven la confiada sonrisa de antaño, cuando éramos usuarios habituales de los bancos del parque.

Ante la última nos detenemos largamente. Es la que nos va a acompañar tras esta visita que finaliza. Es una voz y una imagen. Peinado hacia atrás, con una leve sonrisa, Luis nos recita su poema de resonancias becquerianas. “Donde habite el olvido, / En los vastos jardines sin aurora; / Donde yo sólo sea / Memoria de una piedra sepultada entre ortigas / Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios”.

 

 

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El mugrón Se estremeció. ¿Era el inicio de una crisis? Un simple temblor podía estar motivado por múltiples circunstancias.
Lo malo era que empezase a escuchar voces. Se quedó quieto y aguzó el oído. Sólo se escuchaba el murmullo de los árboles.
¿De qué árboles?
Ese rumor eran voces. Sí, eran los cantores que entonaban un himno.
Él había formado parte del coro. También él había repetido a menudo “santo”, antes de que esta palabra se convirtiera en un conmutador que apagaba las luces y lo dejaba a merced de fuerzas irracionales.
Luego el pánico se apoderaba de él. Ese pánico era la antesala de la manifestación.
Ya sólo cabía esperar que el terror no lo desintegrara.
El tallo emergió de las tinieblas, donde estaba enterrado.
Experimentó una conmoción. Y también furia a causa de su impotencia.
El mugrón se fue acercando con el propósito de penetrar por su boca y arraigar en su interior.
El inmundo retoño se detuvo cuando llegó frente al hombre, esperando que éste se arrodillase para proceder al injerto. Pero él no estaba dispuesto a inclinarse ante ese emisario del infierno que lo miraba sin ojos y lo conminaba sin palabras.
El silencio y la oscuridad se espesaron.
El hombre dejó de debatirse.
Pálido y desmadejado, yacía en el suelo como un guerrero caído tras duro combate.

 

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