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Archive for the ‘Textos cortos’ Category

Te estoy sumamente agradecido por los servicios que me has prestado durante la estación invernal. Sé que las palabras sobran. No obstante, no quiero guardármelas.
Desarrollando tu actividad, imprimes sentido a tu vida. No te hacen falta justificaciones, ni siquiera salario.
Estos meses de silenciosa dedicación, en los que siempre estabas a mano cuando te necesitaba, me han hecho pensar y plantearme algunas cuestiones.
En ti está la clave de la existencia, en ti que careces de aspiraciones. En ti y no en los que se creen en posesión de un “ars vivendi”, del que suelen alardear.
Durante este tiempo te he visto realizar tu trabajo sin rezongar ni remolonear. Las protestas y las insolencias te son ajenas.
Por circunstancias que no requieren explicación, te tienes que marchar y no nos volveremos a ver hasta bien avanzado el próximo otoño.
No quiero que partas sin antes decirte que eres un referente ético. Y todavía más: una lección de saber estar, de saber hacer, de saber aceptar los acontecimientos.
Ahora tienes que irte. Así son las cosas. Pero estoy seguro de que podré contar contigo cuando llegue el momento.
Tu humilde presencia, tu disponibilidad, la certeza de que regresarás con las lluvias otoñales, contribuyen a cimentar mi confianza en el mundo y a profundizar mi felicidad.

 

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Palmitos “La oscuridad avanza en la misma medida en que el misterio retrocede”.
Numerosos fieles arrugaron el ceño. La alocución del sacerdote no era de su gusto. Pensaban que debía limitarse a cumplir con los ritos establecidos.
Para unos pocos, sin embargo, esas palabras estaban repletas de sentido. Cada uno de ellos, según su capacidad, había observado ese progreso y ese repliegue.
El sacerdote vestía una túnica de lino con una cenefa dorada. En una mano tenía una rama de mirto.
En lugar de rendir honores a la imagen que tenía a sus espaldas, hablaba otra vez de la oscuridad. Estaba haciéndose viejo o estaba perdiendo la cabeza. Tal vez ambas cosas.
El sacerdote se esforzaba por encontrar el tono y la expresión certeros que lograsen despertar a la multitud congregada en el templo.
Prudentemente se abstenía de aludir a las criaturas demoniacas empeñadas en destruir los deseos de salvación que alberga el corazón humano, y que constituyen su mayor tesoro.
Se preguntaba cómo podía explicar que el misterio está fuera y está dentro, nos rodea y nos conforma.
No sólo estaba en peligro su cargo sacerdotal sino su propia vida.
Sabía que estaba en el punto de mira de algunos lugartenientes.
Desafiar al poder implicaba asumir la contingencia del sacrificio.
“Hay que detener el avance de las tinieblas. Si no actuamos, nos engullirán. Debemos preservar el misterio del que venimos y al que vamos. El misterio es la garantía de nuestra condición de seres humanos. La otra opción es convertirnos en patéticos comparsas o en desalmados esbirros”.

 
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El mugrón Se estremeció. ¿Era el inicio de una crisis? Un simple temblor podía estar motivado por múltiples circunstancias.
Lo malo era que empezase a escuchar voces. Se quedó quieto y aguzó el oído. Sólo se escuchaba el murmullo de los árboles.
¿De qué árboles?
Ese rumor eran voces. Sí, eran los cantores que entonaban un himno.
Él había formado parte del coro. También él había repetido a menudo “santo”, antes de que esta palabra se convirtiera en un conmutador que apagaba las luces y lo dejaba a merced de fuerzas irracionales.
Luego el pánico se apoderaba de él. Ese pánico era la antesala de la manifestación.
Ya sólo cabía esperar que el terror no lo desintegrara.
El tallo emergió de las tinieblas, donde estaba enterrado.
Experimentó una conmoción. Y también furia a causa de su impotencia.
El mugrón se fue acercando con el propósito de penetrar por su boca y arraigar en su interior.
El inmundo retoño se detuvo cuando llegó frente al hombre, esperando que éste se arrodillase para proceder al injerto. Pero él no estaba dispuesto a inclinarse ante ese emisario del infierno que lo miraba sin ojos y lo conminaba sin palabras.
El silencio y la oscuridad se espesaron.
El hombre dejó de debatirse.
Pálido y desmadejado, yacía en el suelo como un guerrero caído tras duro combate.

 

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Uno de sus mayores empeños era encontrar un emblema que sintetizase su ideal de armonía. Un emblema que permaneciese anclado en la memoria, aunque su significado no fuera evidente.
Cuando su novia lo dejó por razones relacionadas con este asunto que absorbía su tiempo y su atención, él era consciente de que se aislaba del mundo con demasiada frecuencia.
Eso era lo que su novia le reprochaba precisamente: su evasión de la realidad.
Pero él necesitaba concentrarse en sus sueños para darles forma, para concretarlos y evitar que se desvaneciesen o que se derrumbasen como un castillo de cartas al primer soplo de la crítica.
Debía aprehender sus intuiciones, las cuales comparaba a animales salvajes que se dejan ver de lejos pero en cuanto das un paso en su dirección, alzan la cabeza y se pierden en la espesura.
Cuando hacía partícipe a su novia de estas reflexiones, ella reía sin que él supiera por qué o ponía una cara extraña. Y a continuación le hablaba del vestido de lentejuelas doradas que había comprado para la fiesta de fin de año.
Ese vestido que lanzaba destellos le dio una idea. Se abstrajo y dejó de oír a su novia que le contaba algo a propósito del cotillón y de lo que sus amigas iban a ponerse.
Pensó en un espejo que reflejase e iluminase el dolor, en un espejo que nos devolviese la imagen de nuestro verdadero rostro, del que yace bajo tantas capas de hipocresía, de amargura, de miedo…
Más tarde desestimó ese símbolo. De hecho, abandonó la búsqueda de uno. Por entonces su novia ya lo había plantado. Afortunadamente no le había buscado un sustituto.
Quiso reanudar las relaciones. A fin de cuentas no habían roto por nada serio.
Justamente durante este proceso de acercamiento se fue perfilando un nombre. Las letras crecían y se entrecruzaban como si un paciente copista estuviese trazándolas.
Cuando acabaron de entrelazarse, al modo de las iniciales de un florido monograma, pudo leer el apodo con que era conocido en su niñez.

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El destino

¿Qué era el destino? Un disparate mayúsculo. No era necesario recordar ningún episodio propio o ajeno para fundamentar ese dictamen.
Había visto demasiadas veces cómo ese señor de gesto desdeñoso pisoteaba las buenas acciones y se inhibía de las injusticias, tanto de las grandes como de las pequeñas, de esas heridas que sangran largo tiempo, y que con frecuencia cierran en falso.
El destino no era ningún misterio, ninguna fuerza oculta que sellaba la vida de los hombres. Esa palabra no le provocaba tampoco, como a algunos compañeros de habitación, ningún estremecimiento.
El destino era un caballero indiferente al que habían investido de un poder ilimitado e inescrutables designios.
No era más que un dandi con chistera, levita y bastón, en cuyo rostro se pintaba una discreta mueca de asco, como si todo lo que caía dentro de su campo visual, pues no se podía afirmar que él mirase nada en concreto, lo disgustase profundamente.
Para sus compañeros el destino era un enigma que a veces condescendía a revelarse parcialmente mediante signos.
Para él, en cambio, era un petimetre que avanzaba marcando el paso con la contera de su bastón, a buen ritmo, con esa leve contracción de fastidio en la cara, sin reparar en sufrimientos y alegrías.

-o-

El enfermo que ocupaba la cama 127, apoyándose en un codo, se incorporó. Estaba sudoroso y jadeaba ligeramente.
Había tenido otra vez el mismo sueño.
Ese señor vestido como su bisabuelo en un día de gala atravesaba su mente clavando en ella la punta metálica de su bastón.
Se recostó y cerró los ojos. Era cuestión de paciencia. De esperar que las punzadas remitiesen. De que el petimetre se alejase.
No sabía el tiempo que tardaría en desaparecer. En perderse tras una circunvalación de su cerebro.
El afilado extremo del bastón se hundía en su materia gris, y él no podía hacer nada para apresurar el mutis de ese figurón.

 

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El gato de la fondista

Era tan viejo como su ama y tan solitario como ella. La diferencia estribaba en que lo segundo él lo era por vocación y ella porque el negocio había caído en picado y en la fonda, como decían en el pueblo, no entraban ni las moscas.
Hacía tiempo que ella había dejado de dirigirle la palabra al minino. De hecho, pasaba a su lado y no lo miraba siquiera.
El ama se había vuelto rezongona y nostálgica. Le gustaba recordar la época en que la fonda era un lugar de encuentro social.
Sus antiguos clientes, a los que había tratado a cuerpo de rey, la habían decepcionado. Todos parecían haberla olvidado. Las atenciones dispensadas habían sido, afirmaba ella, como echarles margaritas a los cerdos.
De esta forma se desahogaba llamándolos “cerdos”. Pero tanto ella como el gato estaban al cabo de que algunos habían muerto y a otros sus achaques no les permitían viajar.
La fondista empinaba el codo más de la cuenta, cosa que el gato, aunque aparentara indiferencia, desaprobaba. En definitiva, habían envejecido juntos y le tenía un afecto felino.
Ya se sabe que los gatos son muy suyos y quieren a su manera, que no siempre es bien entendida.
También le apenaba comprobar cómo crecían las malas hierbas en el patio y cómo en las paredes aparecían manchas de humedad. Pero su rostro impasible no traslucía sus sentimientos.
Tampoco él, que había sido el gato más cortejado del pueblo, debía tener muy buen aspecto. Las vecinas iban a la casa sólo para verlo y él era la causa de rivalidades entre los clientes, que aspiraban a convertirse en su preferido y a los que enfervorizaban sus contados favores.
Todos se maravillaban ante ese animal displicente, con el pelaje listado de pardo y negro, que no consentía que nadie lo acariciara, salvo sus elegidos.
Su ama, además, le había regalado un collar con plaquitas de cobre, a las que sacaba brillo regularmente.
El gato romano bostezó. Estaba echado en un butacón donde pasaba la mayor parte del día.
Arrastrando las babuchas por el suelo, apareció la fondista que, inopinadamente, se quedó observándolo.
Estuvieron así, frente a frente, sosteniéndose la mirada, convertidos en imágenes fijadas para la eternidad, un buen rato.
La vieja suspiró y siguió su camino. El gato no movió un pelo del bigote.
Pero cuando ella se alejó en dirección a la cocina o adondequiera que fuese, sintió un batir de alas. El tiempo, como si hubiese sufrido una detención y quisiera recuperar el retraso, reemprendía su rauda carrera.

 
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Tenía las orejas caídas y el pelo corto. Como era demasiado corpulento, andaba bamboleándose. Cuando le daba por trotar, resultaba cómico. Se le tomaba fácilmente cariño y casi nadie resistía la tentación de pasarle la mano por el lomo y darle unas palmadas que el perro recibía con agrado.
No le importaba que se metiesen con él a cuenta de su gordura y de su torpeza. Todo lo aceptaba como si fuera un cumplido.
Al vidente no le gustaban las libertades que se tomaban con su perro, al cual llamaba cachazudo y consentidor.
Las reprensiones no hacían mella en el espíritu del animal. Por ser como era, disfrutaba de una buena alimentación.
Sabía granjearse la simpatía de los demás que, casi siempre, le ofrecían algo que llevarse a la boca.
Él no poseía dotes adivinatorias pero, después de tantos años sirviendo al vidente, se había vuelto más intuitivo.
Su mirada, que muchos tenían por bobalicona, era compasiva.
Su amo, cuando alguien iba a consultarlo, utilizaba un estilo cortante y no hacía concesiones.
Esta actitud, en lugar de ahuyentar a los clientes, los atraía. Mientras más riguroso se mostraba, más crecía su fama.
Hombres y mujeres, aparentemente, estaban deseosos de saber lo que les tenía reservado la diosa Fortuna.
Incluso los rufianes, que por un quítame allá esas pajas blandían el acero, esbozaban una sonrisa infantil y acataban esperanzados o desilusionados la respuesta oracular.
Pero al perro no lo engañaban. Había comprobado que antes o después, dependiendo del grado de reticencia, todos acababan poniendo su alma en manos del vidente.
Esperaban que éste se asomase a esa profundidad, que escrutase ese reino interior, y les contase sus descubrimientos. Esperaban la gran revelación del enigma que cada uno es.

 

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