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Posts Tagged ‘pájaros’

XVII
Pájaros aleteantes
de picos acerados
perforan la mañana
con gritos destemplados.

Un reptil gigantesco
su trabajo realiza.
Ingurgita su presa
a conciencia, sin prisa.

El acezante saurio
prosigue su trabajo,
puntual y eficiente,
engullendo a destajo.

Por arrojarlo fuera
no hay nadie que haga nada.
Necesarias no son
flamígeras espadas
ni cejijuntos ángeles.
Una palabra basta.

 

 

 

 

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Mientras viene la inspiración,
me distraigo observando
por la ventana
el vuelo de los pájaros.

No sopla una gota de viento,
las hojas de los árboles
quietas están.

Para pasar el tiempo
escribo alguna cosa,
adopto una actitud
pensativa, me rasco.

Mientras viene la inspiración,
se puede respirar,
embriagar la mirada
en la luz vespertina,
escuchar a los pájaros
trinando enloquecidos.

 

 

 

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Íbamos a echar un magnífico día de campo. Nos dimos cita en una plaza de Las Hilandarias. Reinaba el buen humor. Una comida al aire libre es un acontecimiento festivo.
Entre risas y bromas esperamos a que llegasen todos para ponernos en marcha. Nos dirigimos andando a un lugar situado a cuatro kilómetros del pueblo, en la dehesa Boyal, a orillas de un arroyo flanqueado de adelfas y rosales silvestres.
Aunque al principio discutimos sobre dónde vamos a ir, al final siempre acabamos en ese paraje, por el que tenemos querencia.
Una buena parte del camino discurre entre dos muretes de piedras sueltas. En el cielo, hay nubes blancas que se alargan y curvan en incipientes espirales. El aire frío y la atmósfera transparente tonifican el espíritu. Estos días soleados de invierno son una bendición.
Soltamos las mochilas y las bolsas al pie de una añosa encina y vamos en busca de leña. El círculo de piedras ennegrecidas donde hacemos fuego, está en su sitio, tal como lo dejamos la última vez.
Si guardamos silencio, se escucha el murmullo del arroyo. Debido a las rocas que jalonan su recorrido, el agua se abre en numerosos brazos. Hay tramos del cauce que están tapizados de musgo, y otros que están pavimentados de guijarros grises y blancos.
No recuerdo quién fue el primero en darse cuenta y señalarlos con el dedo. La comida se nos atragantó.
Estaban posados en las ramas más altas de la encina, inmóviles como estatuas, y nos observaban.
Las sardinas empezaron a requemarse, pero nadie pensó en sacarlas del fuego.
Con la tostada empapada de aceite en una mano, tan quietos como ellos, éramos la imagen del alelamiento. Sólo faltaba que se nos cayera la baba de la boca entreabierta.
No se nos ocurrió que quisieran atacarnos, si acaso arrebatarnos la comida. O tal vez estaban esperando para dar cuenta de los restos. Esto último parecía improbable.
Por su forma y tamaño me recordaron a una sirena, aunque esos pájaros permanecían obstinadamente callados. Sólo se escuchaba el rumor del arroyo.
Daban tal sensación de pesadez que uno se preguntaba cómo podían volar. Su plumaje negro como el hollín tenía reflejos metálicos. Las garras de afiladas uñas estaban plantadas sólidamente en las ramas del árbol.
Pero lo que nos dejó fuera de juego fue otra cosa. Esos tres grajos gigantes y rechonchos tenían cabeza humana.

 

 

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El poeta

Él había querido ser poeta. Pero esta condición no se elige. No depende de uno serlo o no serlo. Tal vez de los dioses, del destino, de quién sabe qué fuerzas que se mueven libres por el mundo, que pasan raudas, sin musitar ni una triste sílaba en los oídos de la mayoría de los mortales.
Querer ser poeta es tan disparatado como querer tener el don de la profecía, la capacidad de ver el futuro y predecir los acontecimientos para ayudar a los hombres que, por lo general, rechazan esos angélicos intentos de apartarlos del abismo. Por lo general, prefieren caer y desnucarse.
No se trata de querer sino de ser elegido. Se puede estudiar y aprender técnicas, se puede ser un alumno aplicado, pero en este campo la diligencia no garantiza la realización de los sueños.
No es la inteligencia la que prevalece en los poetas sino su capacidad de oír y su disposición a servir.
No hay que entristecerse por ello. Las palabras que susurran los dioses enloquecen a menudo a los hombres o los hunden en la desesperación.
Esas palabras ligeras como hojas, cortantes como cuchillos, reveladoras y creadoras de misterios, son un regalo que sólo unos pocos reciben.
Él había soñado con ser un buceador del alma, un explorador de la belleza, un alquimista de la pedestre realidad, un intérprete de los arcanos, un mensajero de lo ignoto, un humilde portador y escanciador de palabras sagradas.
A veces le ocurría que se notaba ingrávido, como si fuera a ponerse a flotar de un momento a otro. Como si le hubiesen nacido alas que aún no sabía utilizar, pero que estaban ahí, en sus espaldas, para elevarlo a las alturas cuando llegase el momento.
A veces se sentía alado y ligero como los pájaros. A punto de emprender el vuelo. Tocado por la divinidad. Tembloroso.

 

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El descenso

Cuando era niño, vivía en las copas de los árboles contemplando las nubes y dialogando con los pájaros.
A veces el viento soplaba huracanado, pero por lo general corría una brisa suave.
Desde allí arriba todo me parecía hermoso. Ni siquiera las carreteras ni los postes del tendido eléctrico estropeaban significativamente el paisaje.
Sin saber cómo fui descendiendo. De las cimas de los árboles pasé a las horquetas de las gruesas ramas, donde se estaba cómodo y se disfrutaba también de un amplio panorama.
Desde luego, no era lo mismo. Hablaba menos con los pájaros que revoloteaban más arriba o pasaban en bulliciosas bandadas.
Ojalá todo hubiese acabado ahí.
Yo lo achaco a la fuerza de la gravedad, pero seguí tronco abajo como una hormiga que regresa a su refugio subterráneo.
Así llegué a las mismas raíces del árbol, donde ahora resido.
Es verdad que echo de menos sus cimbreantes ramas. Pero éste es mi lugar. No el que he elegido sino el que me corresponde.
Antes tenía por compañeros a los pájaros y a las nubes. Ahora tengo a las hormigas. Antes estaba donde quería. Ahora estoy donde debo. Antes me sostenía el árbol. Ahora soy yo quien lo ayudo a tenerse en pie.

 

 

 

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La muerte de los pájaros

1
Los petirrojos,
con el último fuego,
cierran los ojos.

2
Cuando anochece,
los herrerillos
caen blandamente.

3
En la espesura,
sin aleteo,
cuánta finura.

4
En la enramada,
mientras declina
la luz dorada

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