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El sol declinaba. Su luz dorada acariciaba los viejos edificios de granito remozando sus carcomidos sillares. Llegamos a una explanada donde me dejaron junto a una laguna con profusión de plantas acuáticas.

Los enanos se alejaron sin dar explicaciones. Se dirigieron a una residencia de dos plantas, con una hilera de ventanas sin rejas en cada una de ellas. Estaba situada en el extremo del pueblo, un tanto apartada. La puerta, grande y maciza, estaba provista de un postigo por donde entraron mis porteadores.

Me sentí el único habitante. No la única criatura, pues la enorme charca era un hervidero de vida. Por su pulida superficie correteaban sin descanso los escribanillos.

A mi izquierda se alzaba un muro semiderruido con grandes boquetes. La hierba crecía lozana a sus pies. Sobre los mampuestos renegridos, la explosión floral de los rosales silvestres constituía un irresistible señuelo para una muchedumbre de insectos broncíneos, purpúreos, azules.

Largos tallos de hiedra escalaban el decrépito muro. Había rodales de helechos donde las arañas tejían sus prodigiosas telas, en las cuales se engastaban las gotitas de agua como los resplandecientes diamantes de una alhaja.

Al volver la cabeza hacia el camino descubrí a un perro cruzado, blanco con manchas de color canela, que marchaba en dirección al pueblo. Detrás, a considerable distancia, venía una vieja.

Su figura me resultaba familiar. Deseché por disparatada la idea que se me ocurrió. ¿Qué hacía Fermina en este recóndito lugar? Estaba además casi seguro de que había muerto. Hacía mucho tiempo que le había perdido la pista. Si ya era vieja cuando yo era niño, me dije, ¿cómo podía estar viva?

La mujer avanzaba a paso lento y regular. El perro se detuvo y regresó al lado de su ama, a cuyo alrededor se puso a dar vueltas ladrando y moviendo el rabo. La vieja le habló y el animal redobló su alegría.

Se acercó sonriente. Yo seguía dudando. ¿Era Fermina o no? Sobre el hombro traía un haz de orozuz y en el brazo derecho una cesta de palma con tagarninas y verdolagas.

En las tardes de verano, Fermina montaba a la puerta de su casa un puesto de palitos de orozuz, arropía y otros productos más comunes.

Las bolas de chicle de diferentes tamaños, las pipas de girasol, los cigarrillos de matalahúva y los cigarrillos de sucedáneo de chocolate normalmente rancio eran los artículos que tenían más aceptación entre los chiquillos. En mi caso, era un adicto al orozuz.

Me encantaba el regusto dulzón de esa raíz que había que pelar antes de mascar concienzudamente para sacarle todo el jugo. Los filamentos descoloridos formaban una masa estropajosa que se escupía o se cortaba con una navajita.

Fermina nos tenía convencidos de que esa planta era un dechado de virtudes medicinales. Buena para el estómago, la garganta, la dentadura, el pecho…Indiscutible era que servía para fortalecer las mandíbulas.

 

 

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Nico

 

 

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Sultán

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Tenía las orejas caídas y el pelo corto. Como era demasiado corpulento, andaba bamboleándose. Cuando le daba por trotar, resultaba cómico. Se le tomaba fácilmente cariño y casi nadie resistía la tentación de pasarle la mano por el lomo y darle unas palmadas que el perro recibía con agrado.
No le importaba que se metiesen con él a cuenta de su gordura y de su torpeza. Todo lo aceptaba como si fuera un cumplido.
Al vidente no le gustaban las libertades que se tomaban con su perro, al cual llamaba cachazudo y consentidor.
Las reprensiones no hacían mella en el espíritu del animal. Por ser como era, disfrutaba de una buena alimentación.
Sabía granjearse la simpatía de los demás que, casi siempre, le ofrecían algo que llevarse a la boca.
Él no poseía dotes adivinatorias pero, después de tantos años sirviendo al vidente, se había vuelto más intuitivo.
Su mirada, que muchos tenían por bobalicona, era compasiva.
Su amo, cuando alguien iba a consultarlo, utilizaba un estilo cortante y no hacía concesiones.
Esta actitud, en lugar de ahuyentar a los clientes, los atraía. Mientras más riguroso se mostraba, más crecía su fama.
Hombres y mujeres, aparentemente, estaban deseosos de saber lo que les tenía reservado la diosa Fortuna.
Incluso los rufianes, que por un quítame allá esas pajas blandían el acero, esbozaban una sonrisa infantil y acataban esperanzados o desilusionados la respuesta oracular.
Pero al perro no lo engañaban. Había comprobado que antes o después, dependiendo del grado de reticencia, todos acababan poniendo su alma en manos del vidente.
Esperaban que éste se asomase a esa profundidad, que escrutase ese reino interior, y les contase sus descubrimientos. Esperaban la gran revelación del enigma que cada uno es.

 

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Panchito

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