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Posts Tagged ‘Fermina’

41

Giré la cabeza en el momento en que Moncho y Chencho salían del edificio de dos plantas. Venían sin sombrero, tabardo y zurrón. Su seriedad proclamaba que no eran proclives a las familiaridades.

Se colocaron en su sitio y empuñaron las varas de la camilla. La levantaron y echaron a andar. Les hice entonces una pregunta que tuvo la virtud de detenerlos.

“¿Acaso no has visto tú mismo a dos habitantes?” dijo Moncho mirándome con ironía. Me habían estado vigilando, pensé. Y añadió: “No te hemos espiado. Tenemos otras cosas que hacer. Sabemos que Fermina y el ermitaño pasan por aquí a la caída de la tarde” “Ese me estudió como si yo fuera un fenómeno de feria”.

Me percaté de que el enano se refrenó para no replicar: “¿Y no lo eres?”.

Yo no estaba dispuesto a cortar la conversación tan rápido. “El hecho de haber encontrado a una vieja y a un chiflado no es razón para considerar habitado este pueblo. ¿Dónde están los vecinos?”.

Moncho resopló. Mis palabras habían logrado irritarlo. “Eres un merluzo. En eso no te diferencias de los demás. ¿Esperabas que saliesen a recibirte, que se arremolinasen a tu alrededor? ¿No acabas de decir que te ha fastidiado la actitud del ermitaño? No hay quien os entienda.

“La gente está en su casa, en sus ocupaciones. Nadie va a acudir corriendo, aquí no, por una novedad. Además, tú no eres una novedad. Y puesto que estoy hablando demasiado, añadiré que no envidio el trabajo de los frades”.

Tras la filípica, me condujeron de un tirón ante la puerta claveteada con dos aldabones de bronce. Chencho empujó el postigo y entramos.

El vestíbulo abovedado comunicaba, a través de un pasillo, con el claustro. Las columnas, el zócalo, los bancos y la pavimentación del gran patio interior eran de granito.

La desnudez y la falta de ornamentación sobrecogían. Este riguroso estilo arquitectónico compaginaba con la adustez de mis porteadores. Me pregunté receloso si el carácter de los demás moradores era semejante.

Subimos una escalera ancha con balaustrada de piedra. Atravesamos un corredor con ventanas al patio y llegamos a una vasta sala dividida en compartimentos por cortinas que colgaban de un entramado de barras de madera.

Tan pronto como entramos, un monje alto y membrudo vino a nuestro encuentro. A pesar del hábito austero, no costaba trabajo imaginárselo a caballo, blandiendo una tizona con sus grandes manos.

Se acercó a nosotros con una cálida sonrisa de acogida. Tenía el pelo y la barba entrecanos.

Como quien está a punto de recibir un regalo, exclamó: “¡Otro descalabrado!”.

Y se apresuró a añadir: “No digas nada. Mañana me contarás tu historia. De momento vamos a alojarte”.

Seguido por los enanos, que no habían soltado las parihuelas, anduvimos por entre los cubículos encortinados hasta llegar a uno que estaba desocupado. Chencho y Moncho me pasaron a la cama y me taparon. Luego se fueron a la francesa.

 

 

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40

El que me observaba fijamente tenía poco en común con su homólogo hindú. Era bajo, de piel blanca, delgado pero en absoluto esquelético. Tenía el pelo largo dividido por una raya. Sus ojos ahuevados le daban un aire bobalicón.

Iba casi desnudo, como es de rigor en el mundo del ascetismo. Pero este representante no cubría sus partes pudendas con un pedazo de tela sino con un faldellín de juncos, mastranzo, cálamo y otras plantas propias de los lugares húmedos. A juzgar por su fragancia y lozanía, acababa de tejer la prenda.

Debía de ser un caso atípico. Más que un faquir parecía un pasmarote. Recordé un fragmento del Rigveda que Maluenda había recitado en varias ocasiones:

“Ceñidos por los vientos
los ascetas sostienen
el cielo y la tierra.
Caballeros del viento,
amigos de los dioses,
los ascetas residen
en medio del océano”.

Había tal contraste entre esta semblanza y la figura que tenía a mi lado, mirándome sin parpadear, que me entraron ganas de reír.

Se marchó sin despegar los labios. A pasos lentos, con la cabeza erguida, cruzó la explanada en dirección al monte. Lo vi alejarse con gravedad pese a su ridícula falda de hierba.

Quedé pensando en el comportamiento del anacoreta. No había articulado una palabra de ánimo. No había tenido un gesto de cordialidad. Yo sólo había sido un objeto de curiosidad para sus ojos de besugo.

Me vino a la memoria otra cita, esta del Tao Te King, cara a Maluenda: “El que sabe no habla”. Si esto era así, el ermitaño sobrepasaba en sabiduría a Fermina.

 

 

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38

La vieja puso la cesta en el suelo, apoyada en su pierna, y sacó del haz una vara de orozuz que me ofreció, y que yo no pude coger.

Un nudo en la garganta me impidió dar la debida explicación. Mi actitud se podía interpretar como un rechazo de su obsequio.

Pero la vieja no parecía en absoluto molesta. Cuando se cansó de tener la mano extendida con el palito, la retiró. “No te apures” dijo.

“Me acuerdo bien que te gustaba el orozuz” prosiguió diciendo, “pero crecemos y cambiamos”.

Era Fermina hablando en su tono sentencioso. Los niños la considerábamos un pozo de sabiduría. Menuda y vestida de luto, disfrutaba pontificando ante su audiencia infantil.

A veces se irritaba y nos espantaba como a moscas pegajosas. Pero sus enfados duraban poco tiempo, máxime teniendo en cuenta que nosotros constituíamos el grueso de su clientela. Además, a ella le encantaba disertar y nosotros éramos unos oyentes agradecidos.

Fermina cogió la cesta. Antes de irse dijo: “Aquí estarás bien. Te recuperarás pronto. Los frades hacen milagros”. Y señaló con la cabeza el austero edificio donde habían entrado los enanos. Luego se alejó en compañía del perro.

Los escribanillos daban locas carreras en la laguna sorteando las plantas acuáticas. Se desplazaban a tal velocidad que el choque con un obstáculo parecía inevitable, pero siempre, en el momento justo, daban un quiebro y seguían patinando.

Si sus incontables idas y venidas quedasen trazadas en el agua, el resultado sería un diagrama caótico.

El sol poniente iluminaba los bancales en la ladera del valle. Nunca me había sentido más libre, inmovilizado en unas parihuelas. Nunca había tenido una vivencia de la realidad tan directa y auténtica. ¿Se trataba de percepciones nuevas u olvidadas?

Las aguas del Alfaguara desgranaban sus cantarinas notas en el silencio del atardecer.

Cerré los ojos. Cuando los abrí, aunque no tuviese nada de siniestra, descubrí una aparición de ultratumba.

Paseé la mirada por la residencia de dos plantas con sus dos hileras simétricas de ventanas, por la iglesia con su sobrio campanario, por las casas con soportales sostenidos por pesadas columnas.

Cuando la fijé de nuevo en el individuo que me estaba estudiando con impertinente curiosidad, no pude dudar de su corporeidad.

Durante unos minutos nos examinamos con idéntico descaro. Parecía que no había visto nunca a un accidentado en una camilla. En cuanto a mí, era la primera vez que encontraba a un sujeto de su naturaleza.

 

 

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37

El sol declinaba. Su luz dorada acariciaba los viejos edificios de granito remozando sus carcomidos sillares. Llegamos a una explanada donde me dejaron junto a una laguna con profusión de plantas acuáticas.

Los enanos se alejaron sin dar explicaciones. Se dirigieron a una residencia de dos plantas, con una hilera de ventanas sin rejas en cada una de ellas. Estaba situada en el extremo del pueblo, un tanto apartada. La puerta, grande y maciza, estaba provista de un postigo por donde entraron mis porteadores.

Me sentí el único habitante. No la única criatura, pues la enorme charca era un hervidero de vida. Por su pulida superficie correteaban sin descanso los escribanillos.

A mi izquierda se alzaba un muro semiderruido con grandes boquetes. La hierba crecía lozana a sus pies. Sobre los mampuestos renegridos, la explosión floral de los rosales silvestres constituía un irresistible señuelo para una muchedumbre de insectos broncíneos, purpúreos, azules.

Largos tallos de hiedra escalaban el decrépito muro. Había rodales de helechos donde las arañas tejían sus prodigiosas telas, en las cuales se engastaban las gotitas de agua como los resplandecientes diamantes de una alhaja.

Al volver la cabeza hacia el camino descubrí a un perro cruzado, blanco con manchas de color canela, que marchaba en dirección al pueblo. Detrás, a considerable distancia, venía una vieja.

Su figura me resultaba familiar. Deseché por disparatada la idea que se me ocurrió. ¿Qué hacía Fermina en este recóndito lugar? Estaba además casi seguro de que había muerto. Hacía mucho tiempo que le había perdido la pista. Si ya era vieja cuando yo era niño, me dije, ¿cómo podía estar viva?

La mujer avanzaba a paso lento y regular. El perro se detuvo y regresó al lado de su ama, a cuyo alrededor se puso a dar vueltas ladrando y moviendo el rabo. La vieja le habló y el animal redobló su alegría.

Se acercó sonriente. Yo seguía dudando. ¿Era Fermina o no? Sobre el hombro traía un haz de orozuz y en el brazo derecho una cesta de palma con tagarninas y verdolagas.

En las tardes de verano, Fermina montaba a la puerta de su casa un puesto de palitos de orozuz, arropía y otros productos más comunes.

Las bolas de chicle de diferentes tamaños, las pipas de girasol, los cigarrillos de matalahúva y los cigarrillos de sucedáneo de chocolate normalmente rancio eran los artículos que tenían más aceptación entre los chiquillos. En mi caso, era un adicto al orozuz.

Me encantaba el regusto dulzón de esa raíz que había que pelar antes de mascar concienzudamente para sacarle todo el jugo. Los filamentos descoloridos formaban una masa estropajosa que se escupía o se cortaba con una navajita.

Fermina nos tenía convencidos de que esa planta era un dechado de virtudes medicinales. Buena para el estómago, la garganta, la dentadura, el pecho…Indiscutible era que servía para fortalecer las mandíbulas.

 

 

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