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Posts Tagged ‘Maluenda’

40

El que me observaba fijamente tenía poco en común con su homólogo hindú. Era bajo, de piel blanca, delgado pero en absoluto esquelético. Tenía el pelo largo dividido por una raya. Sus ojos ahuevados le daban un aire bobalicón.

Iba casi desnudo, como es de rigor en el mundo del ascetismo. Pero este representante no cubría sus partes pudendas con un pedazo de tela sino con un faldellín de juncos, mastranzo, cálamo y otras plantas propias de los lugares húmedos. A juzgar por su fragancia y lozanía, acababa de tejer la prenda.

Debía de ser un caso atípico. Más que un faquir parecía un pasmarote. Recordé un fragmento del Rigveda que Maluenda había recitado en varias ocasiones:

“Ceñidos por los vientos
los ascetas sostienen
el cielo y la tierra.
Caballeros del viento,
amigos de los dioses,
los ascetas residen
en medio del océano”.

Había tal contraste entre esta semblanza y la figura que tenía a mi lado, mirándome sin parpadear, que me entraron ganas de reír.

Se marchó sin despegar los labios. A pasos lentos, con la cabeza erguida, cruzó la explanada en dirección al monte. Lo vi alejarse con gravedad pese a su ridícula falda de hierba.

Quedé pensando en el comportamiento del anacoreta. No había articulado una palabra de ánimo. No había tenido un gesto de cordialidad. Yo sólo había sido un objeto de curiosidad para sus ojos de besugo.

Me vino a la memoria otra cita, esta del Tao Te King, cara a Maluenda: “El que sabe no habla”. Si esto era así, el ermitaño sobrepasaba en sabiduría a Fermina.

 

 

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39

Tenía noticia de la existencia de esos personajes. De primera mano además. Pero no es lo mismo una descripción, por muy detallada que sea, que la contemplación en vivo de uno de esos estrafalarios individuos.

Había sido Maluenda, a su regreso del primer viaje a la India, quien con admiración me había hablado de los practicantes del ascetismo.

Su espíritu de renuncia y su firmeza lo habían impresionado. De un caso concreto que conoció en Benarés, se hacía lenguas.

Mi compañero no tuvo reparos en unirse a la multitud congregada por el faquir. Cogió un autobús con pasajeros encaramados en el techo y fue al villorrio donde tenía lugar el evento.

Ni los apretones ni los olores ni las incomodidades del viaje y de la estancia en ese despoblado, que habrían hecho desistir a cualquiera, desalentaron a Maluenda.

Su determinación era tan meritoria como las habilidades del asceta. A su favor tenía, aparte de un genuino interés, los precios económicos de los transportes, de los hoteles y de la manutención. El consumo de la comida local le costó, por cierto, una gastroenteritis.

El asceta era un hombre flaco, con los huesos en relieve, y renegrido por pasar la mayor parte de su tiempo a la intemperie. Tenía una voluminosa y enmarañada cabellera, como si se la hubiese cardado.

Con pintura blanca se había trazado rayas horizontales en la frente y en la nariz. Llevaba un exiguo taparrabos.

El primer día lo invirtió en recoger plantas y ramas espinosas con las que hizo una cama o un nido. Cuando acabó esta tarea, se acostó en los abrojos con las piernas entrecruzadas y un rosario en las manos.

Maluenda regresó a Benarés en otro autobús atestado. Pero como muchos devotos y curiosos, al día siguiente estaba de nuevo en el poblado.

Macilento, con los ojos entornados, el faquir rezaba acurrucado en su cuna trenzada con varas de acacia.

Las espinas de este árbol son aceradas y miden hasta treinta centímetros.

El santón pasaba los días encamado, desgranando las cuentas de su rosario. El sol y el viento los iban requemando, a él y a su lecho vegetal, adoptando ambos el mismo tono negruzco. Ese color uniforme sólo era interrumpido por las marcas del rostro y por el taparrabos.

Ese alarde de mortificación que a mí me daba grima, fascinaba a Maluenda. Un día tras otro se desplazaba al villorrio para ser testigo del portento.

El faquir, un profesional del ascetismo dotado de una voluntad sobrehumana, en ningún momento abandonó su yacija ni dio muestras de desfallecimiento.

Al cabo de dos semanas el número de espectadores disminuyó notablemente. Maluenda espació sus visitas. Y su estancia en la India tocó a su fin sin que el santón hiciera amago de incorporarse.

 

 

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35

Nada de eso venía a cuento ni interesaba a Moncho. Pero mi colega tenía una curiosa afición.

Había momentos en que la vida urbana lo sobrepasaba. El tráfago ciudadano, la monotonía burocrática, el politiqueo para el que no estaba dotado, y otros sinsabores los combatía escapándose al monte.

Cuando no podía más, cogía el coche y enfilaba la carretera de la sierra. Yo daba por descontado que desfogaba andando.

Mientras conversábamos tomando café, tras un cabeceo, lo negó. Ciertamente se emboscaba para recuperar su equilibrio, pero el método no consistía en caminar sino en pasear hasta el lugar elegido.

“¿El lugar elegido?” pregunté intrigado. De Maluenda se podía esperar una campanada. Me miró sopesando la conveniencia de confiarse. “No es un lugar” dijo “sino varios. En verdad, no son lugares sino árboles”.

Pagamos la consumición y volvimos al despacho. Durante el trayecto me reveló que practicaba la magia arbolaria. Como íbamos uno al lado del otro, no vio mi cara de sorpresa. Ignoraba que tal disciplina existiese. Y sin embargo la bibliografía era amplia. Maluenda empezó a citar títulos. Lo interrumpí porque era su historia lo que quería oír.

“No pienses cosas raras” dijo, “todo es más sencillo de lo que imaginas”.

Mi colega tenía localizadas varias encinas centenarias. Aparcaba el coche lo más cerca posible y se acercaba sin prisa, respirando hondo y disfrutando del paisaje. Este paseo lo relajaba y lo ponía en estado de receptividad.

Cuando llegaba al árbol, tocaba su corteza con las manos y la frente. En esta reverente actitud permanecía unos minutos. Luego, apoyando la espalda en el tronco, se sentaba en el suelo y dejaba transcurrir todo el tiempo que fuese necesario.

“¿Necesario para qué?” pregunté. “Necesario para sentir que la encina me ha transmitido una parte de su energía”.

Otras veces entrecerraba los ojos y dejaba correr las horas mientras escuchaba el ruido del viento en las hojas.

De pasada aludió a la decodificación de ese murmullo que era el secreto de la auténtica poesía.

En este punto mi colega cortó su exposición considerando tal vez que se había extralimitado. O porque habíamos llegado a la entrada de la Delegación de Hacienda.

Moncho rio de buena gana. Me sobresalté como si hubiese escuchado una bomba. El golpe de hilaridad lo hacía estremecerse. Pensé mosqueado que no era para tanto. A fin de cuentas no había contado un chiste.

Antes de calmarse del todo farfulló: “Tu amigo…tu amigo es…” “Un excéntrico” completé. Esa fue la palabra que se me vino a la cabeza, la misma que utilizaban en el trabajo para referirse a él.

 

 

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