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Gato vigilante

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A la sombra de un palmito

 

 

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CSC_0057II

Cruzando el salón, emergieron con nitidez algunos retazos de la pesadilla, escenas concretas de mi lucha a brazo partido con el gatazo que, aunque no lo es, aparecía de color negro.

Fue él quien me atacó. Yo me defendí. Y el resultado fue que nos enzarzamos en una pelea sin cuartel en la que yo llevaba las de perder, como se puso de manifiesto al cabo de unos minutos.

Cuando el gato me tiró por los aires como si yo fuera un muñeco con el que estaba jugando, no me cupo duda de que mi suerte estaba echada. Caí al suelo y me puse en pie lo más rápido que pude.

Ahora los dos estábamos frente a frente, mirándonos sin pestañear. Ronroneó como él sabía hacerlo y avanzó una garra con las uñas fuera.

Era tan alto como yo y no tenía pelos. De hecho, su cara era humana. Y la garra que tenía extendida hacia mí era una mano. Se había convertido en mi doble.

Me percaté con horror que ese gato era yo mismo. Su mirada era sombría, sus rasgos angulosos, su piel cetrina.

Esa visión se me hizo insoportable y fue entonces cuando desperté en un deplorable estado anímico.

Por supuesto, no pensaba consentir que mi mujer comprase un gato. No había sitio en la casa para los tres. Si él entraba, yo salía. Así de claro iba a decírselo.

Tampoco pensaba pasar nunca más por delante del jardín del “skinhead”, lo cual me obligaría a dar un rodeo, pero no me importaba.

Esa noche nefasta me tenía reservada una última sorpresa. Me acerqué al frigorífico y cogí el tetrabrik de leche. Llené un vaso y lo calenté en el microondas. Se me antojaron unas galletas.

Fui a cogerlas al armario. ¿Cómo iba a prever que al abrir la puerta me llevaría uno de los mayores sustos de mi vida?

En la parte inferior, en una cesta acolchada, había un gatito de color canela sentado sobre sus cuartos traseros. Más tieso que un ajo, hierático, dueño de sí mismo, con largos y sensitivos bigotes, con caninos que parecían puñales en miniatura, con ojos fosforescentes, el minino tenía un aspecto tan fiero que, suavecito, cerré la puerta del armario como si aquí no hubiese pasado nada.

 

 

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Gatos (I)

CSC_0057A Ernesto Cisneros-Rivera

I

Una horrenda pesadilla fue la causa de que me despertase sobresaltado, con el corazón palpitante. No recordaba haber sentido tanta ansiedad desde hacía mucho tiempo.

Había soñado con el gato del vecino que pesa un montón de kilos y tiene el aspecto de un bulldog. Todo el mundo coincide en que es un animal monstruoso, no sólo por lo gordo sino por lo pagado que está de sí mismo, aunque de esto último la culpa la tiene su amo.

Cada vez que paso por delante de su jardín, el felino, echado siempre sobre la hierba, dormitando o papando moscas, que es como transcurre su vida, se pone en pie y ronronea aviesamente.

Nunca he hecho buenas migas con los gatos, pero hacia ese en concreto, que se cree el rey de la creación, no siento la menor simpatía. La animadversión es mutua y está bien arraigada.

El vecino es también un tipo raro que se recorta las cejas y va pelado a rape como un “skinhead”, a veces con dibujos sobre el cráneo, amante del “hard rock” y del “heavy metal”. No soy el único que se ha quejado porque pone la música demasiado alta. Hay incluso quien ha llamado a la policía municipal para que intervenga y lo obligue a bajar el volumen de ese estrépito infernal.

Y no quiero entrar en el capítulo de su forma de vestir que está en consonancia con los rasgos expuestos.

Mi mujer, que consigue todo lo que se propone, no me ha convencido todavía de que compremos un gato. Y eso que pone empeño. Pero sus dotes de persuasión se han estrellado contra mi firmeza. No quiero ni oír hablar de ese asunto.

Me ha contado en varias ocasiones la historia de un minino que fue abandonado por sus dueños en la otra punta del país, y que recorrió cientos de kilómetros para regresar con quienes se habían deshecho de él sin remordimientos de conciencia. No iba a ceder por un hecho que me resultaba más enervante que conmovedor.

No sospechaba mi mujer cuando se ponía a razonar conmigo que, al hacer extensiva la fidelidad de ese gato a toda su raza, mi rechazo se incrementaba.

Me levanté, pues, con el pulso acelerado y una profunda desazón. Me dirigí a la cocina con la intención de beber un vaso de leche caliente. De esta forma, pensé, me tranquilizaría y podría reconciliar el sueño.

 

 

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Hermano gato

 

 

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El gato - tigreLa exhibición tuvo lugar en la plaza del pueblo. La gente guardaba una prudente distancia. Yo estaba en una esquina y, como el resto de los vecinos, contemplaba con aprensión y curiosidad las manipulaciones del domador.
El gato fue elevándose por los aires hasta alcanzar una altura considerable. El domador, con los brazos extendidos, mantenía flotando al felino en el vacío.
El hombre se quedó inmóvil en esa postura, sin apartar la mirada del gato, al que no parecían gustarle esos manejos.
Mi impresión era que estaba siendo forzado a realizar esas acrobacias aéreas.
El domador puso en movimiento al animal, desplazándolo hacia la esquina en la que me encontraba.
El gato tenía los pelos erizados, tiesos los bigotes que eran de una longitud extraordinaria, los ojos contraídos en una ranura amarillenta y feroz…
A medida que se acercaba iba aumentando su tamaño. O mejor dicho, iba adquiriendo la apariencia de un tigre.
Este fenómeno produjo una gran agitación en el público, que no se tranquilizó hasta comprobar que sólo era un gato enorme.
La piel de su cara estaba atirantada como la tela de una cometa. Este estiramiento reforzaba el efecto de tigre enfurecido.
No me cupo duda de que, si por él fuera, saltaría sobre nosotros y nos sacaría los ojos.
El domador, trazando figuras en el aire, lo bajaba, lo subía, lo llevaba, lo traía. Finalmente, con cuidado, lo metió en una jaula.
Cuando el animal se vio libre de la influencia telepática, se abalanzó sobre los barrotes y los mordió.
Luego, bufando y mostrando sus agudos colmillos, sacó una pata y arañó el vacío repetidamente.
El hombre esbozó una sonrisita y adoptó la pose de brazos y manos extendidos.
Al gato se le puso una espantosa cara de tigre. Haciendo caso omiso de esa reacción, el domador lo volvió a sacar de la jaula para ofrecer una segunda demostración.
Mientras planeaba otra vez por encima de nosotros, me percaté de los ímprobos esfuerzos del gato para escapar al poder que lo sojuzgaba. Sus músculos estaban sometidos a una tensión extrema.
Venciendo la rigidez de sus miembros, logró girar la cabeza. Luego arqueó ligeramente el lomo y recuperó la movilidad de una de las patas…

 
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El gato de la fondista

Era tan viejo como su ama y tan solitario como ella. La diferencia estribaba en que lo segundo él lo era por vocación y ella porque el negocio había caído en picado y en la fonda, como decían en el pueblo, no entraban ni las moscas.
Hacía tiempo que ella había dejado de dirigirle la palabra al minino. De hecho, pasaba a su lado y no lo miraba siquiera.
El ama se había vuelto rezongona y nostálgica. Le gustaba recordar la época en que la fonda era un lugar de encuentro social.
Sus antiguos clientes, a los que había tratado a cuerpo de rey, la habían decepcionado. Todos parecían haberla olvidado. Las atenciones dispensadas habían sido, afirmaba ella, como echarles margaritas a los cerdos.
De esta forma se desahogaba llamándolos “cerdos”. Pero tanto ella como el gato estaban al cabo de que algunos habían muerto y a otros sus achaques no les permitían viajar.
La fondista empinaba el codo más de la cuenta, cosa que el gato, aunque aparentara indiferencia, desaprobaba. En definitiva, habían envejecido juntos y le tenía un afecto felino.
Ya se sabe que los gatos son muy suyos y quieren a su manera, que no siempre es bien entendida.
También le apenaba comprobar cómo crecían las malas hierbas en el patio y cómo en las paredes aparecían manchas de humedad. Pero su rostro impasible no traslucía sus sentimientos.
Tampoco él, que había sido el gato más cortejado del pueblo, debía tener muy buen aspecto. Las vecinas iban a la casa sólo para verlo y él era la causa de rivalidades entre los clientes, que aspiraban a convertirse en su preferido y a los que enfervorizaban sus contados favores.
Todos se maravillaban ante ese animal displicente, con el pelaje listado de pardo y negro, que no consentía que nadie lo acariciara, salvo sus elegidos.
Su ama, además, le había regalado un collar con plaquitas de cobre, a las que sacaba brillo regularmente.
El gato romano bostezó. Estaba echado en un butacón donde pasaba la mayor parte del día.
Arrastrando las babuchas por el suelo, apareció la fondista que, inopinadamente, se quedó observándolo.
Estuvieron así, frente a frente, sosteniéndose la mirada, convertidos en imágenes fijadas para la eternidad, un buen rato.
La vieja suspiró y siguió su camino. El gato no movió un pelo del bigote.
Pero cuando ella se alejó en dirección a la cocina o adondequiera que fuese, sintió un batir de alas. El tiempo, como si hubiese sufrido una detención y quisiera recuperar el retraso, reemprendía su rauda carrera.

 
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