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Posts Tagged ‘el Encapuchado’

28

Edu recordaba que ese subterráneo era adonde lo había conducido el murciélago, aunque el aspecto que ofrecía ahora era diferente. La cabra desapareció en cuanto llegaron. El Encapuchado permaneció a su lado y, ejerciendo de maestro de ceremonias, con un gesto de la mano lo invitó a pasar y a participar del jolgorio.

Había demonios de colores. Los rojos estaban arrodillados y, con pícaro semblante, mirando de reojo a izquierda y derecha, bisbiseaban oraciones y se daban golpes en el pecho. Los amarillos brincaban y alborotaban a más y mejor. Se detenían ante sus devotos congéneres y, agarrándose la barriga con las manos, se tronchaban de risa. Los azules se comportaban como lelos, babeando y emitiendo sonidos inarticulados, señalando con el dedo aquello que les causaba asombro. Los verdes se acercaron a Edu y, agachándose, movían el trasero al tiempo que proferían toda clase de obscenidades.

Entremezclados con los diablos había animales que no les iban a la zaga. Los cerdos, sonrosados y lascivos, gruñían indecencias a quienes se cruzaban con ellos. Los asnos, afectados de priapismo, rebuznaban mostrando sus dientes amarillos. El olor a chotuno de los carneros era insoportable. Bandadas de negros murciélagos revoloteaban y se colgaban boca abajo del techo.

Para remate, aparecieron calderos de tres patas que se desplazaban con cuidado. Estos no corrían ni saltaban como los del taller de Gregor. Iban despacio, temiendo tropezar y caer. Esta cautela estaba justificada. Esos grandes recipientes panzudos estaban llenos de un líquido negro y burbujeante que Edu identificó como agua abisal.

El Encapuchado confirmó ese punto y añadió: “Es la bebida de esta alegre cofradía”.

La confusión, el vocerío y los efluvios pestilentes iban en aumento. Cuando llegaron a su clímax, ese manicomio se calmó de repente.

En un estrado apareció un macho cabrío pisando fuerte y expulsando vapor por sus dilatados orificios nasales. Tenía una cornamenta alta y retorcida, adornada con pámpanos. Iba escoltado por una bruja que, cuando el Gran Cabrón se sentó en el trono, le hizo una reverencia. Luego exhibió un espetón.

Demonios y animales prorrumpieron en gritos de júbilo. Se oyeron hurras, alaridos, rebuznos y berridos.

“Ha llegado la hora del sacrificio” dijo el Encapuchado. “Quiero irme” replicó el muchacho. “¿Así de fácil? Nadie asiste impunemente a un aquelarre” “Yo no he venido por mi voluntad” “Estás aquí. ¿Qué más da cómo hayas venido?”.

Edu, que no aguantaba un minuto más, pactó con el Encapuchado el precio de su partida.

“Yo no quiero carne fresca, como esos” dijo el falso fraile, “me conformo con media pinta de sangre”.

-o-

Seguía diluviando. Edu, despojado de una parte de su energía vital, estaba débil. Se incorporó en la cama. Si no paraba de llover, se produciría una inundación, se desbordarían los ríos, las aguas se tragarían la Isla.

Palpó el corte de la lanceta en el brazo. En sus oídos resonaron la infame algarabía, las provocaciones y las blasfemias. Vio al Gran Cabrón ejerciendo su abominable autoridad sobre sus adoradores. Recordó su perentorio deseo de marcharse.

Había tenido que negociar con el Encapuchado, que pagar un precio. Pero él no quería ser ni compinche ni víctima ni espectador.

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27

La noche se metió en agua. Se oyó el sonido retumbante de un trueno. Edu se detuvo en mitad del pasillo y permaneció a la escucha. El ruido de la lluvia se incrementó. La tormenta estaba en su apogeo.

La luz de varios relámpagos sucesivos iluminó el interior del castillo. Uno de esos fogonazos permitió al muchacho descubrir al Encapuchado vestido con un sayal. Lo acompañaba una cabra.

El siniestro personaje tenía el aspecto de un fraile dominado por la gula, la lujuria y la pereza. Cruzando las manos sobre la panza se detuvo.

La cabra, sin embargo, siguió avanzando. Iba de aquí para allá con la cabeza gacha, como si estuviese buscando comida. Acercaba el hocico a las frías y húmedas baldosas, olisqueando, haciendo extraños movimientos con los labios que encogía dejando al descubierto sus dientes disparejos.

El estúpido aire del animal resultaba enervante. Comprobando cada dos por tres la ausencia de hierba, llegó a la altura de Edu. Lo miró entornando los ojos e hizo una mueca espantosa.

“Se está riendo” dijo el Encapuchado, “le haces gracia”.

Esa silenciosa risa intranquilizó al muchacho. Cuando quiso reemprender su camino, el barbón se opuso mostrándole su cornamenta. El aprendiz trató de esquivarlo, pero no lo consiguió. Quiso engañarlo haciendo una maniobra en falso, pero tropezó y estuvo a punto de caer.

Esta vez fue el Encapuchado quien soltó una carcajada. “Te ha puesto una zancadilla”.

En efecto, eso era lo que había ocurrido. La taimada cabra lo tenía sometido a un férreo marcaje.

“Sólo quiere jugar contigo” “Pero yo no quiero jugar con ella”. Esta declaración le valió un topetazo. “Se ha molestado” señaló el falso monje.

Hubo nuevos relámpagos seguidos de horrísonos truenos. El temporal no remitía. La atmósfera electrizada propiciaba un ambiente fantasmagórico.

De entre la juntura de las losas, como un humo invisible, surgieron cuchicheos y jadeos, gritos contenidos y susurros.

La cabra, alzando las patas delanteras, se puso a bailar. Hacía ridículas piruetas, giraba sobre sí misma, se ponía a trotar en el mismo sitio, movía sensualmente los cuartos traseros.

Ese espectáculo deprimió a Edu. El Encapuchado le preguntó: “¿No te gusta?”. Y añadió: “Ven con nosotros. No te arrepentirás”.

El rumiante cesó de contonearse. Tenía la lengua fuera, una lengua larga y sonrosada que le colgaba un palmo. El Encapuchado acarició al animal.

Un relámpago más intenso permitió al muchacho vislumbrar el rostro de su adversario. Tenía los párpados caídos, la boca carnosa, la nariz protuberante. Cuando extendió otra vez la mano para frotar el lomo de la cabra, Edu observó que un vello largo y espeso le cubría el dorso y la muñeca.

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22

De vez en cuando, en una esquina o al final de un pasillo, Edu veía a las larvas. El muchacho tenía la impresión de que el castillo era de su propiedad.

Eran de costumbres nocturnas. Se paseaban sigilosamente, antes de que el sueño se adueñase de los habitantes de Haitink.

Se alejaban ondulando sus cuerpos inarticulados, lisos, sin anillos, con una cachaza que causaba asombro. Ciertamente no temían nada, al contrario que Edu, a quien el espectáculo de esos protoseres surgidos de la nada descorazonaba.

En ocasiones se agrupaban en un rincón, apelotonándose como si les faltara espacio. Allí amontonadas parecían conspirar, sólo que no emitían ningún sonido, limitándose a retorcerse con movimientos espasmódicos para evitar resbalar o caer y quedar descolgadas del conciliábulo.

Una noche, a la vuelta de la Biblioteca, Edu no vio a las orugas por ninguna parte.
Iba despacio esperando encontrarlas en cualquier momento, pero habían hecho mutis.

El silencio era apabullante. Se detuvo y aplicó el oído, pero no oyó ninguna tos, ningún crujido o chirrido. Miró el tramo mal iluminado que se extendía ante él, y la aprensión hizo mella en su ánimo.

Advirtió la presencia de alguien agazapado en la oscuridad. El miedo lo atenazaba. Seguramente se trataba del Encapuchado.

A su espalda detectó otro peligro. Se volvió y descubrió a cuatro galopines con el rostro embadurnado de hollín.

Había caído en una trampa. No tenía escapatoria. Adondequiera que se dirigiese, tendría que enfrentarse a un enemigo.

A pesar de sus caras tiznadas, reconoció a Roque, Kim y Folo que tenían cuerdas en las manos, y a Mako que llevaba una mordaza.

La intención de los Zapadores era transparente. Querían llevárselo prisionero. Atrapado entre dos fuegos, Edu, inmóvil como una estatua, permaneció a la expectativa.

Sus cuatro agresores se pararon en seco y luego retrocedieron varios pasos. Edu no comprendía lo que estaba pasando.

Por último, como si hubiesen visto al diablo, salieron corriendo. Al mirar al otro lado, Edu averiguó la causa de esa espantada.

El Encapuchado había puesto en fuga a Roque y los suyos. Con la cabeza gacha y los brazos cruzados avanzaba por mitad del pasillo.

Plantándose ante Edu dijo: “Eres mío, no de ellos”.

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18

El Roble dijo a los muchachos que podían hacerle una pregunta. Él no era tan viejo ni tan sabio como el Tejo de Dewe, pero a lo largo de su dilatada vida había aprendido un par de cosas.

Edu vio la oportunidad de desentrañar el misterio de la criatura achaparrada, del que no había hablado a nadie, al menos abiertamente. Tal vez el Roble podría ayudarlo. Eso significaba que tendría que exponer su secreto. Esa perspectiva le desagradaba. Se le representaba que era como pregonar una debilidad, como mostrar una falta vergonzosa. Pero recordó que la ocasión la pintan calva.

Contó que un encapuchado lo abordaba en mitad de la noche o en lugares solitarios. A veces se despertaba y lo encontraba al pie de la cama. No sabía quién era, aunque sí qué quería. Nunca le había visto la cara por más que lo había intentado.

Las hojas del Roble retemblaron como si el árbol hubiese resoplado, como si hubiese soltado el aire retenido durante un tiempo.

Del grueso tronco surgió una voz ronca que declaró: “Tú eres ese desconocido”.

Edu no daba crédito a sus oídos. Eso era un disparate. Ese engendro con caperuza era alguien ajeno a él, alguien con quien había hablado y luchado, alguien que le exigía sumisión absoluta.

Las ramas del árbol se agitaron. De su ancha copa surgieron murmullos y cuchicheos.

Aunque no se le pasó por la cabeza la idea de que el Roble estuviese bromeando, Edu se resistía a aceptar esa revelación.

“¿Qué he de hacer?” balbució el muchacho. “Darle nombre. Ya le has dado uno. Lo has llamado encapuchado. Pero ese parece haberle gustado. Tienes que descubrir el verdadero. Las sombras guardan siempre un as en la manga. Son enemigas difíciles de derrotar. Se escurren como las anguilas y son astutas como las zorras. Tienes que seguir un itinerario de nombres y de historias.

“Si permanecen anónimas, se afianzan. Llámalas y sus embozos irán cayendo uno tras otro”. Luego el Roble se puso a cavilar en voz alta o eso creyeron los dos amigos, a quienes las digresiones del árbol se les antojaron extravagantes y repetitivas.

Se hizo el silencio. Fue Hemón quien lo rompió. “Yo no he hecho la pregunta que me corresponde”. “Cierto” confirmó el Roble con un apacible movimiento de su follaje, “¿qué quieres saber?”.

“Hemos vislumbrado una cosa de aliento gélido que rebullía. Pensaba que en el bosque de Tuum no había animales” “No los hay” “¿Moran en él otros seres?” “Sí, seres que emergieron del abismo al mismo tiempo que la Isla”.

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12

Lo embargó el pánico. Pensó que se había quedado ciego. Se tocó la cara con las manos. Se pasó los dedos por los ojos.

Un resplandor lejano lo tranquilizó. Una antorcha iluminaba un rincón perdido.

¿Dónde estaba? Al hacerse esta pregunta descubrió un murciélago que batía sus alas membranosas sin moverse del mismo sitio. Parecía suspendido en el espacio, como un ídolo que se ofrece a la adoración.

Cuando hubo captado totalmente la atención del muchacho, se dio media vuelta.

Edu lo siguió por una galería en la que se alternaban los tramos de oscuridad y los círculos de luz de las antorchas.

Por una escalera de caracol bajaron a una cámara que Edu reconoció, aunque nunca había estado allí.

La estancia tenía en el centro una alfombra carmesí sobre la que había alguien. Le pareció un títere descuajaringado, un muñeco de tamaño natural que, cansado de estar de rodillas, se había dejado caer y yacía boca abajo. Esa figura le resultó familiar.

El descenso no había acabado. El murciélago condujo a Edu a un subterráneo donde lo esperaba el Encapuchado en medio de cuerpos descabezados y de flotantes ojos de corneas amarillas.

Había también orejas que, con un ligero vaivén, se desplazaban de un lado a otro.

Al igual que le ocurriera con el heraldo, Edu sintió que se hallaba en presencia de una siniestra deidad.

Olía a estiércol, lo cual produjo náuseas al muchacho. La atmósfera enrarecida le desencadenó asimismo una intensa nostalgia y su mente se pobló de árboles, de arroyos, de nubes.

La querencia era tan fuerte que cerró los párpados.

Cuando los volvió a abrir, estaba tendido en el suelo de su habitación, como si se hubiese caído de la cama.

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10

Cuando se dirigía a su habitación, Edu tuvo otro encuentro con el Encapuchado.

En una esquina vio una sombra al acecho. Siguió caminando, tal vez más despacio, como si no hubiese descubierto al intruso.

Decidió pasar a su lado mirando hacia adelante, como si no hubiese nadie.

El Encapuchado, en actitud desafiante, se colocó en medio. Edu no tuvo más remedio que detenerse.

No cruzaron palabras, pero el muchacho entendió el mensaje. Esa criatura achaparrada se erguía ante él como una Esfinge devoradora de incautos viajeros. Ese sería su destino si no descifraba el enigma que representaba.

Durante esos minutos eternos que le produjeron el efecto de la ebriedad, Edu no sólo supo que debía desvelar ese misterio, sino que las explicaciones, como las capuchas, se multiplicarían.

Ese engendro, se dijo, era el personaje de una historia que debía reconstruir, aunque no tenía idea de cómo proceder.

En el desayuno Edu sacó a colación este tema. Habló de una historia sin contornos, sin argumento, una historia nebulosa que exigiría numerosas tentativas.

Antes de que Hemón pudiera replicar nada, ocurrió un incidente que distrajo a ambos amigos.

Al desdoblar su servilleta, un papelito cayó en el plato de Mako, que estaba sentado frente a ellos.

El muchacho de cabeza en forma de pera lo cogió presuroso, lo estrujó e hizo un gesto de pesar.

Por la tarde los aprendices fueron convocados en el patio. Zacharías, el Maestro Zapatero, les pidió que se descalzasen y anduviesen hasta que él tocase la campana.

El cielo empezó a descargar, pero Zacharías permaneció inmutable en su tarea de vigilancia.

Era de noche cuando dio la señal de regresar. Bajo la lluvia, a oscuras, el viejo Maestro los arengó y los citó en ese mismo lugar, desde donde partirían al día siguiente para cruzar el bosque de los Frambuesos.

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2

Una noche en que Edu se despertó con el corazón palpitante y vio a los pies de la cama al Encapuchado, tuvo un acceso de ira.

Si era verdad que estaría a su merced hasta que descubriese su identidad, esa historia acabaría pronto porque iba a desenmascararlo.

La criatura, que actuaba como si conociese las intenciones del muchacho, retrocedió y se colocó en el centro de la habitación, en actitud expectante.

La luz de la vela proyectaba la sombra del Encapuchado sobre la pared, cubriéndola en su totalidad. La razón de esa sombra monstruosa se hallaba en la constitución de quien la arrojaba.

El Encapuchado era bajo y de espaldas anchas. Sus piernas cortas se contraponían a sus largos brazos.

Vestía una túnica saltona, parecida a la hopalanda de los estudiantes, ceñida con un cinturón. Inmóvil aguardó la acometida de Edu.

El muchacho enfurecido se abalanzó sobre él y le quitó la amplia capucha de un manotazo. Debajo había otra que se apresuró a arrancar también.

Tras esta apareció una tercera y luego una cuarta. Cuando llegó a la séptima, la criatura extendió sus brazos y exclamó: “¡Basta!”.

En la cara de Edu se pintaba el desconcierto.

“Así no conseguirás nada. Ni siquiera me he defendido” “¿Quién eres? ¿Un genio, un demonio? ¿Qué quieres de mí?”

“Te quiero a ti. Acabas de tener una prueba de mi poder. Sométete voluntariamente, haz cuanto te ordene y tu vida será más fácil”.

“¿Será vida?” “La única posible para ti” “¿Por qué?” “Donosa pregunta. Recuerda que eres un elegido, y que aceptaste venir al castillo de Haitink en vez de quedarte en tu aldea, con los tuyos”.

“Dijiste” replicó el muchacho “que si averiguaba quién eres, quedaría libre” “Así es” confirmó el Encapuchado al tiempo que abría la puerta, “pero esa tarea te supera”.

Ambos permanecieron frente a frente, el Encapuchado saboreando su victoria, el muchacho tratando de sobreponerse a su desolación.

 

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1

El viento racheado hacía ondear las capas de los muchachos alineados en la borda del barco.

La luz gris del amanecer contrastaba con el verdor de los prados que llegaban hasta la orilla del mar.

Atracaron en uno de los puertos pesqueros. Las calles estrechas y curvadas se entrecruzaban como un damero laberíntico.

Ese no era su destino.

Los muchachos debían seguir su viaje hasta el castillo de Haitink, en el interior de la Isla.

Habían sido escogidos por sus aptitudes. Ninguno era consciente de la responsabilidad que había asumido.

Todos estaban orgullosos de haber sido seleccionados. Todos aspiraban a convertirse en Maestros.

Durante la travesía, a pesar de los mareos, Edu no se arrepintió del paso que estaba dando.

Cuando le rompía el sudor frío y se ponía a vomitar, el objetivo marcado le infundía coraje.

¿No era ese un precio irrisorio por ser él mismo en cualquier circunstancia, por comprender la vida, por contribuir a la buena marcha de los asuntos humanos?

No le arredraban las pruebas que debía superar, ni los estudios ni el esfuerzo físico. Eso constituía un acicate.

Durante su tercera noche en Haitink se despertó sobresaltado, con la sensación de que había alguien.

Encendió la vela y vio a una criatura encapuchada.

“¿No me conoces?” “Descúbrete y te lo diré”.

La criatura, en un tono colérico, replicó: “¿Cómo te atreves a pedirme eso?”.

El muchacho, más que miedo, sentía curiosidad por saber quién había entrado en su habitación a esa hora intempestiva.

Como si le estuviese leyendo el pensamiento, el Encapuchado dijo: “¿Acaso no eres tú quien me ha abierto la puerta?”.

Edu negó tal cosa.

“Estoy aquí porque tú me has llamado” “Eso no es verdad” “Tan verdad como que serás mi servidor si no averiguas quién soy”.

 

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