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Posts Tagged ‘maestros’

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El viento racheado hacía ondear las capas de los muchachos alineados en la borda del barco.

La luz gris del amanecer contrastaba con el verdor de los prados que llegaban hasta la orilla del mar.

Atracaron en uno de los puertos pesqueros. Las calles estrechas y curvadas se entrecruzaban como un damero laberíntico.

Ese no era su destino.

Los muchachos debían seguir su viaje hasta el castillo de Haitink, en el interior de la Isla.

Habían sido escogidos por sus aptitudes. Ninguno era consciente de la responsabilidad que había asumido.

Todos estaban orgullosos de haber sido seleccionados. Todos aspiraban a convertirse en Maestros.

Durante la travesía, a pesar de los mareos, Edu no se arrepintió del paso que estaba dando.

Cuando le rompía el sudor frío y se ponía a vomitar, el objetivo marcado le infundía coraje.

¿No era ese un precio irrisorio por ser él mismo en cualquier circunstancia, por comprender la vida, por contribuir a la buena marcha de los asuntos humanos?

No le arredraban las pruebas que debía superar, ni los estudios ni el esfuerzo físico. Eso constituía un acicate.

Durante su tercera noche en Haitink se despertó sobresaltado, con la sensación de que había alguien.

Encendió la vela y vio a una criatura encapuchada.

“¿No me conoces?” “Descúbrete y te lo diré”.

La criatura, en un tono colérico, replicó: “¿Cómo te atreves a pedirme eso?”.

El muchacho, más que miedo, sentía curiosidad por saber quién había entrado en su habitación a esa hora intempestiva.

Como si le estuviese leyendo el pensamiento, el Encapuchado dijo: “¿Acaso no eres tú quien me ha abierto la puerta?”.

Edu negó tal cosa.

“Estoy aquí porque tú me has llamado” “Eso no es verdad” “Tan verdad como que serás mi servidor si no averiguas quién soy”.

 

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No sé por dónde empezar. ¿Lugar y fecha de nacimiento? Todos nacemos en alguna parte. Hay gente que se jacta de haber visto la luz primera en tal o cual sitio, lo cual me parece ridículo porque esa contingencia no constituye ningún mérito. En lo que a mí concierne, no voy a alegar esos datos.

Baste con indicar que no soy ni demasiado joven ni demasiado viejo. No peco de entusiasmo ni de radicalidad. Mi escepticismo, que se ha afianzado con el tiempo, me salva de caer en esas tentaciones.

Durante mi infancia fui feliz, aunque sólo guardo recuerdos deshilvanados: un saxofón que me regalaron mis padres, el corral de mi abuela donde las gallinas no paraban de escarbar, los días de lluvia, los paseos por el campo…

La felicidad es un mito que forjamos a la medida de nuestros deseos. A nivel práctico se define negativamente. Por la ausencia de grandes desgracias y de grotescos conflictos me he permitido calificar mi infancia de venturosa.

En la escuela me enteré pronto de a qué son había que bailar. La gente es vanidosa y los maestros no son la excepción.

Si uno era rastreramente pelotillero, no hacía carrera. Antes bien, le llovían los palos. Pero si uno era fino y se trabajaba la modestia y cierta ingenuidad, no había maestro que se resistiese.

Ruego disculpe esta divagación. El ejercicio de la adulación es indigno aun cuando la condición humana lo potencie. Confieso, avergonzado, que no se me daba mal. A mis ojos era una cuestión de supervivencia.

Teniendo en cuenta que yo no era tonto y podía salir adelante por mis propios medios, no debería haber recurrido a esas malas artes.

Desprenderme de ese hábito vicioso me ha llevado años. Todavía hoy me descubro a veces esbozando una sonrisa candorosa.

En lo que respecta a los estudios secundarios, como se puede comprobar por mi historial académico, fui mejorando de curso en curso hasta convertirme en un alumno brillante. De esta forma todos estábamos contentos, en especial mis padres.

Al poder alardear de mí ante sus amistades, nunca me negaban lo que les pedía. Yo no era un chico caprichoso ni les pasaba factura por mis buenas notas. Por lo general, eran ellos quienes me preguntaban qué quería. Mis peticiones eran razonables.

Es corriente citar a los profesores que más contribuyeron en la formación y orientación del candidato con su ejemplo, con su estímulo, con su capacidad para abrir nuevos horizontes…

Se pensará que es soberbia pero, por más que me devano los sesos, apenas consigo recordar el nombre de dos o tres. No está en mi ánimo enjuiciar su labor, pero ninguno dejó en mí huella perdurable.

Esta constatación me entristece porque revela una carencia por mi parte. Es imposible que todos los profesores fuesen unas mediocridades.

Otro tanto podría decir de mi paso por la Facultad de Derecho.

 

 

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II
En la acera, sentados sobre el duro cemento,
jugábamos, reíamos.

Por un fugaz momento no existían los padres
que volvían borrachos, y luego se enfadaban
sin que nadie supiera el porqué de su enojo.

No existía la escuela con sus maestros crueles.
No existían las madres con su poder inmenso.

Ni siquiera existían las vecinas chillonas
que nos amenazaban
con fríos cubos de agua, porque nuestro bullicio
las sacaba de quicio.

Sus delicados nervios soportar no podían
a unos pocos chiquillos sentados en la acera,
olvidados de todos, especialmente de ellas.

Mas la realidad era que a todos molestábamos.
¿Acaso no veíamos que estábamos en medio?
Entonces nos mandaban a jugar a otro sitio,
más allá, más abajo.

Nosotros en enjambre salíamos zumbando,
posándonos de nuevo cerca de una ventana.
Y una voz destemplada se escuchaba al momento
mandándonos más lejos.

Entre risas, protestas, otro sitio buscábamos,
un lugar imposible donde no molestásemos.

Al final acabábamos
al abrigo de tapias, sentados sobre piedras,
en el campo, extramuros.

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