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Posts Tagged ‘Michael el Maestro de Caballería’

25

Edu se detuvo ante el guardián que custodiaba la puerta del jardín. Tenía encasquetado un yelmo y vestía una cota de malla hasta los tobillos. Llevaba las manos enfundadas en guanteletes. Con la derecha enarbolaba una espada y con la izquierda sujetaba por el borde superior un escudo alargado.

El muchacho sangraba por el arañazo. Ni él ni el guardián hicieron alusión a ese percance. Transcurridos varios minutos se oyó una voz ronca y lejana. A través de las aberturas del sólido yelmo no se advertía más que negrura.

“¿Cuál es la búsqueda que nunca acaba?”. Edu, deduciendo la respuesta del discurso de Michael, dijo: “La del caballero”.

“¿Qué idea debe presidir su vida?” “La idea de servicio”.

“¿Cuál es tu misión inmediata?” “Encontrar a mi amigo Hemón”.

El guardián dejó el paso expedito.

-o-

Ante el Maestro de Caballería y sus compañeros, Edu contó que la visión del jardín lo encandiló. Estaba acostumbrado al verdor de la Isla. No esperaba esa explosión de blancura.

Cuando reaccionó, se dirigió a una rosaleda que resplandecía como el nácar y acarició los pétalos irisados para cerciorarse de que no eran un sueño.

Había largas varas de inmaculados gladiolos. Los claveles, las camelias y los crisantemos competían en albor.

Ante una cascada de níveas lilas que exhalaban una delicada fragancia, el muchacho perdió la noción del tiempo.

La bronca voz del vigilante lo sacó de su embeleso. De mala gana abandonó el “hortus conclusus” con parterres nevados de ásteres y pérgolas iluminadas por los racimos de glicinias.

Una vez acabado su relato, Michael lo mandó a la enfermería del castillo.

Allí, Seneyén, el Maestro Herbolario, le preguntó por qué no tenía puesta la camisa de lino. La herida del brazo no era un simple rasguño sino el surco de una uña puntiaguda con riesgo alto de infección.

Edu confesó que le habían robado las dos camisas. “¿Estás seguro?” replicó Seneyén frunciendo el ceño. El muchacho asintió.

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23

La noticia voló por el castillo de Haitink. Hemón, el muchacho bajito y engreído, había desaparecido. Nadie lo había visto marcharse. Era, por lo demás, sumamente improbable que hubiese tomado la decisión de abandonar su aprendizaje.

Sus resultados en las pruebas desarrolladas hasta ese momento eran satisfactorios. Que se supiera, no tenía problemas personales. No había razones que explicasen esa extraña ausencia.

Mortimer, el Gran Maestro, abrió una investigación. Edu, al igual que los otros, fue interrogado.

Se organizó la búsqueda en la que participaron todos los moradores de Haitink: maestros, estudiantes y sirvientes.

Michael, el Maestro de Caballería, estaba preparando la quinta prueba que, según resolvió Mortimer, debía realizarse en la fecha prevista.

Se dio una batida infructuosa por el interior y los alrededores del castillo. A continuación, el Gran Maestro convocó una reunión en la Sala Abovedada para elaborar un plan minucioso, creándose patrullas a las que se asignaron sectores concretos para su rastreo sistemático.

Edu formaba parte del equipo encabezado por Michael, al que correspondió la inspección de las murallas.

En la mente del muchacho apuntaban ciertas sospechas que no se atrevía a compartir con nadie, no porque su hipótesis fuese disparatada sino porque carecía de pruebas. Sólo era un presentimiento basado en sus propios temores. Por eso se abstuvo de hablar.

Cuando otros compañeros, que sabían de su amistad con Hemón, le preguntaron si no tenía idea de lo que había pasado, él negó. Dijo que estaba tan sorprendido y preocupado como los demás. Declaró que estuvieron juntos en la Biblioteca el día anterior por la tarde. Luego se separaron. Cada uno se fue a su habitación. Esa fue la última vez que lo vio.

La patrulla de Michael recorrió el cerco amurallado, registrando la barbacana y los baluartes. Todos los recovecos y cavidades estaban vacíos.

Al anochecer suspendieron la búsqueda. Hemón no estaba en el castillo. Las torres, las diferentes dependencias, los subterráneos habían sido objeto de meticulosas exploraciones. En ninguno de esos lugares se hallaba el muchacho.

Congregados junto a la estatua del patio, Mortimer anunció que a la mañana siguiente visitarían los puertos pesqueros, donde intentarían averiguar si Hemón se había refugiado con la intención de embarcarse y regresar a su isla. Podía tratarse, según el Gran Maestro, de una huida achacable a la nostalgia del terruño. Esta explicación sonaba poco convincente.

Cuando los otros se fueron, Edu permaneció al lado del pedestal que sostenía al Prócer con su amplia hopalanda.

Tanto Hemón como él estaban intrigados por el relieve que decoraba la base de ese monumento. Había en sus cuatro caras figuras cubiertas de alas y de ojos, en cuya composición se había esmerado el artista, dotándola de misterio, gracia y equilibrio.

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