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Posts Tagged ‘Leocadia’

                                 II
Las historias de su prima eran situaciones límites cuyo desenlace natural no podía ser otro que la catástrofe.
Manolita comprobó, sin embargo, que esos terribles trances se sucedían con regularidad sin que el desastre se produjese. Esta constatación la desconcertó primero y la escamó después.
No es que ella desease tal cosa (al contrario, ese pensamiento la acongojaba), pero el mundo de su prima no se acababa, no saltaba por lo aires, que sería lo lógico, sino que seguía girando y girando como en la canción de Gigliola Cinquetti.
Y la próxima vez que se veían, Leocadia no hacía la menor alusión a lo último que le había contado. Si Manolita, ingenuamente, se lo recordaba, la otra, para quien ese asunto era ya agua pasada, la miraba como si Manolita se hubiese convertido en un orangután.
Le costó asimilar esta lección, pero dejó de creer en su prima Leocadia y en todas las que eran como ella. Incluso llegó a la conclusión de que las “primas Leocadia” constituían una categoría de personas que englobaba a un amplio segmento social.
Y era tan tonta que a veces se arrepentía de haber adoptado esa postura, pues se planteaba que un día su prima le contaría un problema serio, y ella permanecería tan indiferente como quien oye llover.
Pero había escuchado tan a menudo el cuento del lobo que, cuando apareciese de verdad, devoraría a su prima sin que a ella, aun pudiendo, se le ocurriese intervenir.
Se lo merecía. Si no que se la comiese entera, al menos que le diese un buen par de mordiscos para que aprendiese a ser menos protagonista y más comedida.
Manolita estaba cansada de atolladeros, berenjenales y conflictos insolubles que se disolvían de la noche a la mañana. Ese guirigay le daba igual.
En el fondo de su corazón le dolían ese endurecimiento de su carácter, ese escepticismo tan ajeno a su forma de ser, ese caparazón de que se había revestido.
Pero ya no había ni desazón ni perplejidad, las dos cartas que su prima jugaba y que le reportaban siempre el triunfo.
Aparentemente Manolita seguía escuchando. Su educación y su naturaleza le vedaban mostrarse descortés. La grosería o cualquier otra manifestación inadecuada estaban reñidas con su personalidad.
Así pues, seguía siendo una oreja complaciente pero, como tenemos dos, lo cierto era que por una le entraba y por otra le salía lo que le contaban las “primas Leocadia”.

 

 

 

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                                 I
Manolita era consciente de que no sabía venderse ni dramatizar. Como les ocurre a las tartanas, la adelantaban sin dificultad por todos lados dejándola tan atrás que ella misma se veía empequeñecida y lejana.
Por más que se había empeñado en superar esa desventaja, nunca lo había conseguido. A la vista de los patéticos resultados, se había rendido a la evidencia de que se trataba de un fallo constitucional, sin solución.
Tras sus infructuosos y deprimentes intentos de cambiar, de ser otra mujer más dinámica y arrolladora, había aceptado la que de verdad era jurándose que no volvería a las andadas. Se había comprometido a lo que sin duda es uno de los objetivos más difíciles de alcanzar en la vida: respetarse.
Lo anterior conllevaba que no debían importarle los adelantamientos, algunos de los cuales parecían atropellos.
Ella no estaba dotada para las filigranas verbales ni para la teatralización. Gesticular era impropio de su temperamento y la cansaba. Cuando hablaba mucho y seguido, le dolía la garganta por el sobreesfuerzo.
Ella no era ni por asomo como su prima Leocadia: una apisonadora humana. Si a Manolita se le ocurría abrir la boca para contar un tropiezo o desventura, en la primera pausa que hacía para tomar aliento, su prima le arrebataba la palabra y dictaminaba que eso era imaginaciones suyas a las que haría bien en no dar importancia.
Y con su supuesto gracejo añadía que no se mirase tanto el ombligo. Esto le decía ella que no sólo se miraba el suyo constantemente, sino que además lo tenía de un tamaño monstruoso.
Como con la mayoría de la gente, con Leocadia no se podía hablar, sólo se podía escuchar. Pero las cosas habían cambiado mucho. Ya no era como antes que, cada vez que le contaba una historia, la ponía al borde del colapso.
Lo que le sucedía a Leocadia era el no va más. Al menos eso era lo que pensaba Manolita al contemplar su propia vida y, quiera que no, comparar. La de su prima oscilaba entre las novelas de capa y espada y las tragedias griegas. La suya parecía la primera tentativa de un escritor de escaso talento.
Alcanzar las cotas de dramatismo y enfatización de su pariente era para Manolita una hazaña equivalente a escalar el Everest. Es decir, una imposibilidad total y absoluta. Ciertamente esa proeza la pasmaba. Incluso podía sufrir una indisposición, marearse ante ese despliegue de recursos escénicos y caerse redonda.
Y después estaban el ahogo y la preocupación que las historias de su prima le causaban. Tras escucharlas con el corazón encogido, se quedaba pensando que de ésa no saldría, que las fuerzas, la salud o los medios económicos para remontar esa empinada cuesta le fallarían.

 

 

 

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