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Posts Tagged ‘títulos’

Tras cada título se agazapaba una historia. Este recurso, en cuya eficacia confiaba, se convirtió en un arma de doble filo.
Me tranquilizaba y me liberaba encontrar el epígrafe adecuado, pero esa frase lacónica, a veces una sola palabra, en la que inyectaba un proyecto o una idea, empezaba a hincharse, exigiendo mimos y cuidados cual preñada primeriza, reclamando que velase por ella hasta el momento en que la criatura estuviese en el mundo.
Persiguiendo el objetivo opuesto me estaba creando nuevas ataduras.
Traté de solucionar este problema. No estaba dispuesto a ceder. Lo que pedía de mí era una dedicación exclusiva.
Para colmo, otro imponderable entró en liza, complicando el hallazgo de una salida satisfactoria.
Un día, con la mayor naturalidad, el proceso que yo tenía por unidireccional se invirtió. Este descubrimiento me dejó perplejo.
Siempre había ido del gesto cansino, de la mueca de disgusto, de la mirada somnolienta o de la reacción airada al marbete donde se indicaba la nota distintiva o la simple anotación del hecho.
Ahora comprobaba que una fortuita concatenación de palabras tenía el mismo poder de sugestión y captación de mi voluntad.
Ateniéndome solamente a las consecuencias, ambas clases de elementos no se diferenciaban.
Recordé una antigua afición que tal vez pudiera serme útil en esta coyuntura.
La lectura de los catálogos de libros constituía un ejercicio que siempre me había resultado placentero.
Esas listas en las que se consignaban el nombre del autor, el título de la obra, el número de páginas, el precio y un resumen o un extracto saciaban mi curiosidad. Casi nunca compraba el libro sobre el que, a partir de los datos expuestos, había dejado volar mi imaginación.
Podía utilizar este mismo método. Para ahorrar tiempo y esfuerzo ¿no sería suficiente hacer, al modo de las editoriales, una simple presentación? ¿No podía compendiar lo que evocaba un título en algunas líneas o, a lo sumo, en una página?

 

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Desde que me levantaba de la cama hasta que me volvía a meter en ella, estaba expuesto a darme de bruces con un ademán, con una circunstancia e incluso con una inflexión de voz que me tiranizaban.
Tan desestabilizadores eran los descensos en picado como las ascensiones al séptimo cielo que un acto anodino podía desencadenar. Subir o bajar dependía, por cierto, de sutiles matices.
Un mohín de disgusto o un parpadeo de asombro bastaba para poner en marcha el mecanismo. El desastre, de uno u otro signo, sobrevenía indefectiblemente.
Este desarreglo era una fuente inagotable de problemas. Si alguien de modales desenvueltos captaba mi atención, mi actitud daba lugar a malentendidos. Lo que no era más que un involuntario ejercicio de observación pasaba por desmedida curiosidad o por descortesía.
Me dije que tenía que disimular, que corregir mi comportamiento y ajustarlo al de la mayoría.
Aprendí a mirar por el rabillo del ojo al borracho acodado en el mostrador del bar mientras yo mantenía una conversación. A manifestar interés mientras tomaba nota mental de los tics y de las muletillas de mi interlocutor. A hablar mientras asistía al espectáculo de unos dedos que se cruzaban y descruzaban como si tuvieran vida propia. A reír mientras contemplaba a una mujer de negro regando una maceta de claveles reventones.
Mis propósitos de enmienda fallaban y me quedaba como un pasmarote al paso de un retaco con ínfulas de gran señor.
En cuanto al impacto de una mueca de hastío o de una palabra hiriente, seguía siendo el mismo.
No tenía control sobre esos gestos que condensaban el desprecio, la mezquindad, el cansancio, la deferencia, la bondad, la estulticia, la timidez, el engreimiento…
Su exigüidad no afectaba a su eficacia. Un discreto remilgo era el último eslabón de una cadena. Una tosecita forzada abría las puertas de un calabozo. Un juramento entre dientes era el golpe de gracia.
Para liberarme de esa servidumbre me puse a etiquetar ademanes, a rotular situaciones, a registrar escuetamente en mi memoria una reacción, a buscar el título adecuado.

 

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