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Posts Tagged ‘Juan Ramón Jiménez’

A Lu de finbarsgift,
en el apogeo de la primavera.


Abril venía, lleno
todo de flores amarillas:
amarillo el arroyo,
amarillo el vallado, la colina,
el cementerio de los niños,
el huerto aquel donde el amor vivía.

El sol unjía de amarillo el mundo,
con sus luces caídas;
¡ay, por los lirios áureos,
el agua de oro, tibia;
las amarillas mariposas
sobre las rosas amarillas!

Guirnaldas amarillas escalaban
los árboles; el día
era una gracia perfumada de oro,
en un dorado despertar de vida.
Entre los huesos de los muertos,
abría Dios sus manos amarillas.

 

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Se cita este poema de Francis Jammes como una de las fuentes de inspiración de “Platero y yo”. Es probable que Juan Ramón Jiménez lo conociera, pero esta referencia parece traída por los pelos.

Ambas composiciones se caracterizan por su extraordinaria sensibilidad hacia los animales y hacia la naturaleza. La diferencia más notable quizá sea que en el escritor francés alienta una profunda religiosidad, cuya aparente sencillez no debe llamar a engaño. En el español prevalece el planteamiento estético sublimado al extremo, lo cual no significa que su elegía andaluza no esté recorrida de cabo a rabo por una visión trascendente de la realidad. Esta es, por lo demás, la marca de fábrica de la verdadera poesía, que es la que abre puertas al infinito.

Esta es una de las catorce oraciones que Jammes dirigió a Dios para hacerle una petición, salvo las tres en que lo alaba, en que le ofrece simples palabras y en que confiesa su ignorancia.

En esta plegaria el poeta expresa su deseo de llegar al Paraíso en compañía de los burros, y expone las razones de ese peculiar ruego.

En el centro de la obra de este autor se halla su tierra natal (el Bearne y el País Vasco donde pasó la mayor parte de su vida), como Moguer en la de Juan Ramón Jiménez.

Jammes, por cierto, no sólo en este devocionario sino también en “Del Ángelus del alba al Ángelus de la tarde” rinde al hermano burro un conmovedor homenaje.

Cuando tenga que ir, Dios mío, hacia ti,
(…)
cogeré mi bastón y en marcha me pondré,
y diré a los burros: Amigos míos, yo soy
Francis Jammes que voy al Paraíso,
pues en el país de Dios el infierno no existe.
Les diré: Amigos tiernos del cielo azul, venid,
pobres bestias queridas que con vuestras orejas
espantáis las moscas, los golpes, las abejas…

Que aparezca ante ti en medio de esas bestias
a las que quiero tanto porque bajan la testa
dulcemente, y se paran juntando sus pezuñas
de manera tan dulce que lástima inspiran.
Llegaré precedido por sus miles de orejas,
por los que transportaron en sus flancos serones,
por los que remolcaron carromatos de circo
o carros de chatarra y fúnebres carrozas,
por los que en sus espaldas llevan grandes bidones,
por las burras preñadas como odres, que andan mal,
por aquellos a quienes ponen pantaloncitos
a causa de las llagas azules, supurantes
que les hacen las moscas agrupadas en círculos.
Dios mío, haz que venga con ellos hasta ti.
Haz que en esa quietud nos conduzcan los ángeles
hacia arroyos frondosos donde lisas cerezas
como la riente carne de las muchachas tiemblan,
y haz que, asomado donde moran las almas,
en las divinas aguas sea igual que los burros
reflejando su humilde y apacible pobreza
en la limpidez del amor eterno.

 

 

Traducción de Antonio Pavón Leal

 

 

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Sobre la poesía, que era apreciada por don Juan, escribe Castaneda lo siguiente:

“Reconoció que los poetas estaban profundamente afectados por el vínculo con el espíritu, pero que se daban cuenta de ello de manera intuitiva y no de manera deliberada y pragmática como hacen los brujos”.

A continuación el nagual cogió un libro de poemas de Juan Ramón Jiménez, se lo tendió a su interlocutor y le pidió que le leyera uno. La composición perteneciente a “Jardines lejanos” es esta:

¿Soy yo quien anda, esta noche,
por mi cuarto, o el mendigo
que rondaba mi jardín,
al caer la tarde…?
Miro
en torno y hallo que todo
es lo mismo y no es lo mismo…
¿La ventana estaba abierta?
¿Y no me había dormido?
¿El jardín no estaba verde
de luna…?… El cielo era limpio
y azul… y hay nubes y viento
y el jardín está sombrío…
Creo que mi barba era
negra… Yo estaba vestido
de gris… Y mi barba es blanca
y estoy enlutado… ¿Es mío
este andar? ¿Tiene esta voz,
que ahora suena en mí, los ritmos
de la voz que yo tenía?
¿Soy yo, o soy el mendigo
que rondaba mi jardín,
al caer la tarde…?
Miro
en torno… Hay nubes y viento…
El jardín está sombrío…
… Y voy y vengo… ¿Es que yo
no me había ya dormido?
Mi barba está blanca… Y todo
es lo mismo y no es lo mismo…

Y esta es la interpretación de don Juan Matus:

“Creo que el poeta siente la presión de la vejez y el ansia que eso produce. Pero eso es sólo una parte. La otra parte, la que me interesa, es que el poeta, aunque no mueve nunca su punto de encaje, intuye que algo increíble está en juego. Intuye con gran precisión que existe un factor innominado, imponente por su misma simplicidad, que determina nuestro destino”.

A propósito de una composición de José Gorostiza añade el nagual:

“Siento que este hombre está viendo la esencia de las cosas y yo veo con él. No me interesa de qué trata el poema. Sólo me interesan los sentimientos que el anhelo del poeta me brinda. Siento su anhelo y lo tomo prestado y tomo prestada la belleza. Y me maravillo ante el hecho de que el poeta, como un verdadero guerrero, la derroche en los que la reciben, en los que la aprecian, reteniendo para sí tan sólo su anhelo. Esa sacudida, ese impacto de la belleza, es el acecho”.

La lectura y la escucha de poemas tienen una facultad que es una de las razones principales por las que a don Juan le gusta la poesía. Y es que el monólogo interno se apaga, los rumores que nos habitan cesan, y su lugar es ocupado por un silencio donde resuenan ecos del infinito, un silencio iluminado por la belleza.

 

 

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¿A cuántos no habrá seducido este antropólogo que hacía literatura? Sus tres primeros libros (“Las enseñanzas de Don Juan”, “Una realidad aparte” y “Viaje a Ixtlán”) fueron un éxito. Muchos fuimos los que los leímos con avidez, hechizados por lo que allí se contaba, y unos pocos incluso dieron el siguiente paso y se marcharon a México en busca de un brujo yaqui que los iniciara en los misterios toltecas.

La realidad no suele coincidir con nuestros fantaseos. Uno de esos aventureros volvió escaldado de su incursión en el desierto de Sonora. El brujo que encontró no lo trató bien, y la comida nacional, demasiado picante para su paladar, no fue de su agrado. Resumiendo, de ese curso en técnicas chamánicas volvió defraudado y con la salud resentida.

Pero lo que no decepciona son los libros de Castaneda. Los tres primeros se gozan como apasionantes novelas. El que presentamos es más sesudo. Los diálogos de don Juan y Carlos versan sobre multitud de temas, que van desde la teoría de la libertad total (el guerrero impecable) al “intento” que es “una fuerza inconmensurable e indescriptible”.

Don Juan Matus es un nagual que tiene respuesta para todo sin caer en la pedantería. Por esa razón resultan tan atractivos sus discursos. Uno se siente tentado, como ese conocido que se fue a México, a asumirlos, a sumergirse en esa otra realidad más fascinante en la que la simple palabra “ver” significa una cosa muy distinta a la acostumbrada.

“Es posible lograr que el punto de encaje se desplace de su posición habitual en la superficie de la bola luminosa, ya sea hacia su interior o hacia otra posición en su superficie o hacia fuera de ella. Dado que la brillantez del punto de encaje es suficiente, en sí misma, para iluminar cualquier campo de energía con el cual entra en contacto, el punto, al moverse hacia una nueva posición, de inmediato hace resplandecer diferentes campos de energía, haciéndolos de este modo perceptibles. Al acto de percibir de esa manera se le llama ver”.

Tampoco el “acecho” es lo que parece aunque se pueda establecer una relación con la definición que de dicho vocablo da el diccionario. El “acecho” es un arte que el nagual explica de esta manera:

“El principio primerísimo del acecho es que un guerrero se acecha a sí mismo –dijo mirándome a la cara-. Se acecha a sí mismo sin tener compasión, con astucia, paciencia y simpáticamente.

Se me hizo chistoso y quise reír, pero no me dio tiempo. En pocas palabras definió el acecho como el arte de usar la conducta de un modo original, con propósitos específicos. Dijo que la conducta normal, en el mundo cotidiano, es rutinaria. Cualquier conducta que rompe con la rutina causa un efecto desacostumbrado en nuestro ser total. Ese efecto desacostumbrado es el que buscan los brujos, porque es acumulativo. Y su acumulación es lo que hace de un brujo un acechador”.

Esta exposición posee un indudable encanto. Es una invitación a convertirse en un acechador y darle una patada a nuestra predecible vida.

Y ese es el tono que utiliza don Juan para abordar lo humano y lo divino. El libro es un compendio de ítems donde no sólo se redefinen las palabras (ver, acecho, punto de encaje, ensueño), sino donde se teoriza (los centros abstractos, el conocimiento silencioso) y se habla del pasado, la muerte, la angustia, la otredad, los ritos, el mal, la imagen que uno tiene de sí mismo…Y las reflexiones son siempre interesantes.

 

 

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Los habares mandan al pueblo mensajes de fragancia tierna,

cual en una libre adolescencia candorosa y desnuda. JRJ

 

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Homenaje a JRJ

Tarea inacabable
La de pulir
La gema de la tarde

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