Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘Dostoievski’

329.-En el Menón Platón pone en boca de Sócrates el famoso aforismo: “Nadie hace el mal voluntariamente”. Es por ignorancia que cometemos malas acciones. La sabiduría nos abre los ojos. Quien sabe, no obra en contra de los demás porque eso equivale a obrar en contra suya. Nadie se lesiona conscientemente, salvo los ignorantes.

Parece derivarse de este planteamiento que, en el fondo, todos los hombres desean el bien, pero algunos lo buscan erróneamente, lo cual se explica por la falta de conocimiento. Buscamos lo que nos conviene y lo que nos conviene es el bien.

La experiencia demuestra, no obstante, que el mal es un fin en sí mismo, y también que sus perniciosas consecuencias recaen sobre terceras personas y no sobre el agente que ni sufre daño ni es más infeliz. Teniendo en cuenta esta evidencia, Platón corrigió su teoría en el diálogo “Las Leyes”.

A un profundo nivel filosófico la tesis platónica es seguramente cierta, pero desde un punto de vista práctico, a un nivel existencial inmediato, no es más que una especulación (por ello ha sido calificada de intelectualismo moral) desmentida por la realidad cotidiana. Por esta razón ese planteamiento puede ser visto como un simple escamoteo del mal, al igual que hace también san Agustín por diferentes motivos.

El robo de peras enfrentó al doctor de la Iglesia católica a esa apabullante realidad del mal por el mal. Esas peras que ni comió ni vendió están en la base de su proceso de conversión. La gratuidad del mal (a la que Hannah Arendt añadirá más tarde la banalidad) lo trastornó y lo apartó de él, haciendo de san Agustín un referente para las generaciones venideras.

El mal es ante todo desobediencia y transgresión. El hombre antepone ciegamente sus deseos e intereses coyunturales, privándose así de lo que en verdad lo beneficia. El pecado es esa obstinación en preferirse a sí mismo en lugar de a Dios, que es el “summum bonum”. El mal es, en justa correspondencia, “privatio boni”.

330.-El mal y el sufrimiento ocupan un lugar central en la obra de Dostoievski. Uno y otro son para el autor ruso la piedra de toque en la que se mide el hombre. Son también dos experiencias inevitables que conllevan, como ya demostrara Sidarta Gautama cuando salió de su palacio e hizo su descubrimiento, un posicionamiento neto en la vida.

Si la fe resiste esa confrontación, saldrá fortalecida y podrá hablarse de victoria. Pero las pruebas a que se ve sometida son duras. Lo normal es que la partida quede en tablas o que se adopten actitudes nihilistas, ateas o escépticas.

Desde “Crimen y castigo” a “Los hermanos Karamazov”, pasando por “Los endemoniados”, el tema del mal es tratado en profundidad. En la segunda de las novelas mencionadas, abrumado y sobrepasado por su presencia, Iván Karamazov declara que no comprende por qué el mundo es así. Pero esta deprimente constatación no le impide añadir que él es un hombre de fe. Su único deseo es comprender por qué las cosas son así.

Ese deseo anida en el corazón de la mayoría de los seres humanos y constituye la base de las religiones. En palabras de san Agustín: “Creo para comprender y comprendo para creer”.

Read Full Post »

147.-“Crimen y castigo” versus “Match Point”. ¿Qué tiene que ver la novela de Dostoievski con la película de Allen en la que todo depende de qué lado de la red caiga la pelota?

La admiración que suscitó esta cinta es uno de los grandes misterios de la posmodernidad. Ya hay que tener ganas de coger el rábano por las hojas para establecer una relación o paralelismo entre ambas creaciones. Aparte del asesinato de dos mujeres (una de ellas porque pasaba por allí en ese momento), cualquier semejanza es un acto de forzamiento.

El drama ruso, en el que su protagonista no descansa hasta dar con sus huesos en Siberia, se parece al británico (la película fue rodada y producida en el Reino Unido) como un huevo a una castaña.

Raskolnikov, al que uno se imagina con la barbita bicorne del estudiante que ilustra la portada de la novela en Alianza Editorial, no es ni siquiera el primo lejano de Chris Wilton, el profesor de tenis con una nebulosa o ausente conciencia del mal.

148.-Los personajes masculinos de la literatura rusa pasan una buena parte de su vida tumbados en un sofá.

149.-No hay que arrepentirse de haber leído libros o visto películas que no valen la pena. El tiempo lo perdemos de muchas formas. Pero sí es lamentable ver películas o leer libros ponzoñosos, cuyo objetivo es resecar la vida y derogar la esperanza. En realidad esas producciones no muestran la vaciedad y el sinsentido del mundo sino los de su autor.

150.-Para los gnósticos la materia no es el peldaño más bajo de una escala gigantesca que conduce al empíreo. Para ellos la materia es la sede del mal. Si a este dato sumamos la imperfección del mundo, la conclusión subsiguiente es que sobre esa base no se puede construir nada. Ellos afirman que la materia y el mundo sólo pueden ser obra de un malvado demiurgo.

151.- La conciencia nació cuando los primeros organismos vivos empezaron a distinguir la luz de la oscuridad. Al principio fue sólo una percepción difusa que poco a poco se fue precisando. Un conjunto de células fue sensible a las radiaciones luminosas y empezó a diferenciar el día de la noche. Ahí está el origen del ojo, ese órgano de una prodigiosa complejidad.

La luz que favorecía la vida era buena. La oscuridad que exponía al peligro era mala. Esta distinción básica es el fundamento de la moral.

152.-Cinco niñas cogidas por la cintura, en la playa, mirando embelesadas el mar al atardecer. Ahí es cuando el Universo toma conciencia de sí mismo a través del ser humano. Esa contemplación gozosa es el objetivo y la justificación de la Creación.

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

Recordó la primera vez que tomó un dry-martini en el hotel Knickernoker. Le aburrían las polémicas sobre las proporciones idóneas del cóctel. Una parte de vermut y dos de ginebra. Una y cinco. Una y siete.
Se levantó del sillón y se sirvió una copa de ginebra, sin vermut y sin esa tontada de la aceituna. Dio un trago aspirando el aroma a bayas de enebro y se sentó.
Alejado de la política y de sus amigos y de sus conmilitones y de sus enconados detractores, tenía tiempo sobrado de pensar.
Dio otro trago mientras contemplaba el secreter, un valioso mueble del siglo XVIII, con infinidad de cajones y escondrijos, donde había documentos y cartas con los que podía poner en un brete a más de uno. Había planeado escribir un libro.
¿Valía la pena teniendo en cuenta que había sustituido sus impecables trajes, sus camisas blancas y sus corbatas de seda por un cárdigan y unos pantalones de franela?
Había roto con su mentor no por divergencias tácticas o por un choque de ambiciones sino por cuestiones teóricas.
Percy no aceptaba que el mal fuese interpretado como una banalidad. Le escandalizaba su justificación como un daño colateral de la ignorancia. Su experiencia le demostraba que el mal es una entidad.
No podía negar que sentía la tentación de hacer algunos ajustes de cuentas.
Apurando la ginebra se dijo: “La tentación de convertirme en otro eslabón de esa cadena infernal”.
Miró el secreter con su tablero extendido. Y luego las botellas de ginebra y de Martini en una bandeja.
Tras echarse otra copa, se dirigió a la biblioteca y cogió un libro, el primero que se le vino a la mano, uno de Dostoievski.

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Read Full Post »