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Posts Tagged ‘Gregor el Maestro Calderero’

8

Los siete Maestros se reunieron en la Biblioteca para hablar sobre lo ocurrido en el Taller de Calderería. Sólo el Maestro Zapatero, el de más edad, recordaba algo parecido.

Cuando ingresó en el castillo de Haitink, uno de sus compañeros sufrió el mismo percance. Zacharías explicó que el aspirante fue expulsado. Su permanencia implicaba un riesgo seguro de desestabilización.

Sentados a la larga mesa situada entre uno de los testeros y las estanterías, los Maestros rebulleron en sus sillas. Mortimer se mantuvo impasible.

“Aquellos eran otros tiempos. A nosotros nos corresponde sopesar el caso de Roque y tomar una decisión” dijo.

El Maestro Calderero tomó la palabra: “Los aprendices deben superar siete pruebas. Hay que esperar a conocer los resultados de las cuatro primeras para imponer una sanción”.

Le replicaron que el asunto era grave. Incluso cuestionaron su imparcialidad, ya que el incidente había tenido lugar en su taller durante la prueba que él organizaba.

Zacharías, que era el responsable de la siguiente, exigió que Roque abandonara el castillo.

El Maestro Zapatero, en el papel de fiscal, y el Maestro Calderero, en el de defensor, polarizaron el debate.

Tras escucharlos, el Gran Maestro expuso: “El veredicto de las aguas abisales ha sido categórico. Ese muchacho está contaminado.

“Todos lo están, pero en mucho menor grado, por supuesto. Si Gregor no hubiese intervenido, se habría producido un desastre.

“Tuvo que volcar el caldero para que las aguas soltaran a su presa. A nadie se le escapa la gravedad de este hecho.

“Las razones aducidas por Gregor son dignas de consideración. Si ese joven poseído por el mal vuelve a su isla, sembrará el dolor.

“La cuestión es si debemos dar a Roque otra oportunidad. Que cada cual en conciencia emita su voto”.

La consulta se hizo a mano alzada. Cuatro Maestros votaron a favor y tres en contra.

Roque, a quien quedaban todavía tiznones en el cuerpo, no fue expulsado.

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7

Los muchachos fueron metiéndose en la caldera que los vomitaba más o menos de prisa. En sus caras se pintaba el miedo que les producía el agua borboteante. Miedo que se convertía en pavor cuando el baño se alargaba más de la cuenta.

No hubo aprendiz que permaneciese más de cinco minutos en la marmita hasta que le llegó el turno a Roque.

Desde el escabel, antes de zambullirse, miró a su alrededor con jactancia. Él no estaba azorado.

Dio un salto y se hundió en el agua que empezó a bullir ruidosamente. En su agitada superficie se formaron olas que se estrellaban contra el muchacho manchándolo de negro.

Sus ojos se vaciaron y por las dos aberturas se vislumbraba su interior surcado de tinieblas. Incluso algunos creyeron ver diablillos rojos armados de tridentes.

En el taller se organizó un formidable revuelo. Las cadenas que colgaban de las paredes interiores de la chimenea, retemblaban. Las herramientas, atacadas del mal de San Vito, bailaban.

Las asas de una de las calderas se convirtieron en manos que empezaron a aplaudir. Los muchachos se replegaron instintivamente.

Una segunda caldera colgada de un gancho se dejó caer con estruendo y empezó a dar volteretas hasta quedar completamente abollada.

Una tercera con patas se puso a correr de aquí para allá chocando con lo que encontraba a su paso.

Los cacharros del taller fueron cobrando vida y uniéndose a la fiesta. Ollas, alcuzas, peroles formaron un semicírculo frente a la chimenea, peleándose entre sí para ponerse en primera fila. Ninguno quería perderse el espectáculo.

Gregor, cuyas venillas varicosas resaltaban violáceas en su prominente nariz, empuñó su vara e intervino.

Apartando sin contemplaciones los cacharros que alborotaban a más y mejor, sin dudarlo un momento, le arrancó una de las patas de un bastonazo a la caldera, que perdió el equilibrio y vertió su contenido en el hogar.

Los ayudantes, que se habían puesto guantes y delantales de cuero, rescataron a Roque.

Las aguas del color de la tinta se espesaban a medida que se alejaban. Cuando detuvieron su avance, empezaron a burbujear primero y a humear a continuación.

Por último, ese alquitrán acabó descomponiéndose en un fiemo pestilente.

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6

El Taller de Calderería semejaba un navío desde cuya proa capitaneaba Gregor, el Maestro Calderero. Los aprendices eran los marineros que faenaban en cubierta.

Con su gruesa nariz surcada de venillas varicosas, Gregor imponía respeto.

Sus ayudantes habían colocado una enorme caldera con tres patas debajo de la campana de la chimenea, y ahora avivaban el fuego con un fuelle.

Los muchachos no sabían si ese recipiente de cobre tan grande como una tina estaba lleno o vacío. A ninguno de ellos se le ocurrió preguntar ni asomarse.

Así pues, todos estaban como la caldera de abultada panza: sobre ascuas.

Algunos hacían gala de una seguridad admirable. Esta actitud tenía la nefasta consecuencia de incrementar la ansiedad de los más aprensivos. Entre esos gallitos destacaba Roque, un mozalbete de la misma isla que Edu.

De cejas espesas y gesto desdeñoso, contemplaba los preparativos con indiferencia.

Gregor habló por fin. Dentro de la caldera había agua abisal obtenida por medios mágicos. Lógicamente, añadió, nadie podía descender a las profundidades oceánicas para aprovisionarse de esa agua negra y densa.

La marmita estaba a su mitad. Eso era suficiente para la prueba en la que se determinaba la verdadera naturaleza de los aspirantes a Maestros.

Un ayudante anunció: “El agua está a punto”.

Se oía un gorgoteo que hizo mella en el ánimo de los muchachos. Algunos palidecieron, otros apretaron las mandíbulas.

Gregor explicó que la prueba consistía en entrar en la caldera.

“Las aguas abisales hierven pero no queman”.

El Maestro llamó al primer aprendiz de cuyo rostro había desaparecido todo rastro de color. Un ayudante lo condujo al escabel al que debía subir para saltar al interior de la gigantesca vasija cuya base iluminaban siniestramente los carbones palpitantes.

El Taller de Calderería, como los estudiantes recordaron en ese momento, tenía por mal nombre “la Cocina de los Diablos”.

Si todo iba bien, el agua, como si se hubiese tragado un hueso que le cortaba la respiración, expulsaría al intruso a renglón seguido.

Pero si el candidato tenía más zonas oscuras que luminosas, el agua lo retendría. Sus sombras se entremezclarían con las tinieblas abismales, se reconocerían unas y otras confundiéndose en un infernal hermanamiento.

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