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Posts Tagged ‘la caldera’

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Los muchachos fueron metiéndose en la caldera que los vomitaba más o menos de prisa. En sus caras se pintaba el miedo que les producía el agua borboteante. Miedo que se convertía en pavor cuando el baño se alargaba más de la cuenta.

No hubo aprendiz que permaneciese más de cinco minutos en la marmita hasta que le llegó el turno a Roque.

Desde el escabel, antes de zambullirse, miró a su alrededor con jactancia. Él no estaba azorado.

Dio un salto y se hundió en el agua que empezó a bullir ruidosamente. En su agitada superficie se formaron olas que se estrellaban contra el muchacho manchándolo de negro.

Sus ojos se vaciaron y por las dos aberturas se vislumbraba su interior surcado de tinieblas. Incluso algunos creyeron ver diablillos rojos armados de tridentes.

En el taller se organizó un formidable revuelo. Las cadenas que colgaban de las paredes interiores de la chimenea, retemblaban. Las herramientas, atacadas del mal de San Vito, bailaban.

Las asas de una de las calderas se convirtieron en manos que empezaron a aplaudir. Los muchachos se replegaron instintivamente.

Una segunda caldera colgada de un gancho se dejó caer con estruendo y empezó a dar volteretas hasta quedar completamente abollada.

Una tercera con patas se puso a correr de aquí para allá chocando con lo que encontraba a su paso.

Los cacharros del taller fueron cobrando vida y uniéndose a la fiesta. Ollas, alcuzas, peroles formaron un semicírculo frente a la chimenea, peleándose entre sí para ponerse en primera fila. Ninguno quería perderse el espectáculo.

Gregor, cuyas venillas varicosas resaltaban violáceas en su prominente nariz, empuñó su vara e intervino.

Apartando sin contemplaciones los cacharros que alborotaban a más y mejor, sin dudarlo un momento, le arrancó una de las patas de un bastonazo a la caldera, que perdió el equilibrio y vertió su contenido en el hogar.

Los ayudantes, que se habían puesto guantes y delantales de cuero, rescataron a Roque.

Las aguas del color de la tinta se espesaban a medida que se alejaban. Cuando detuvieron su avance, empezaron a burbujear primero y a humear a continuación.

Por último, ese alquitrán acabó descomponiéndose en un fiemo pestilente.

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